Patti Smith. Éramos unos niños.

marzo 6, 2018

Patti Smith, Éramos unos niños
Lumen

Tenía muchas ganas de leer estas memorias de Patti Smith, que abarcan los años en los que convivió con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, cuando todavía ninguno de los dos eran artistas de fama mundial, y ni siquiera habían encontrado su camino. Robert era pintor -todavía no había empezado con las fotografías- y Patti era poeta.

En el libro nos cuenta cómo era la vida en el famoso Hotel Chelsea, su relación con el mundillo de entonces, cómo se introdujo en el mundo de la música, sus amores y las fascinantes historias de un mundo que estaba en plena ebullición.

Uno disfruta con esa perspectiva privilegiada y sufre con las penalidades de estos dos jóvenes artistas. La muerte de Robert, al final del libro, se narra con una ternura que te emociona vivamente.

Como defecto, el estilo. Me sorprende que una escritora como Patti tenga este estilo tan deslavazado, que se me hacía costoso de seguir. Puede ser un problema de la traducción quizás. Lo que está claro -y por otro lado se agradece- que no se ha utilizado a un negro literario para pasar a limpio recuerdos.

Pese a esto, muy recomendable.

Otra reseña: Éramos unos niños

Hacía calor en Nueva York, pero yo seguía llevando mi gabardina. Me daba confianza cuando recorría las calles en busca de empleo; mi único currículo era una breve temporada en una imprenta, unos estudios incompletos y un uniforme de camarera perfectamente almidonado. Conseguí empleo en un pequeño restaurante italiano de Times Square que se llamaba Joe’s. Cuando se me cayó una bandeja de ternera a la parmesana sobre el traje de tweed de un cliente a las tres horas de haberme incorporado, me exoneraron de mis obligaciones. Sabiendo que jamás lograría ser camarera, dejé el uniforme (solo ligeramente manchado) con los zapatos a juego en unos aseos públicos. Me los había regalado mi madre, uniforme blanco y zapatos blancos: en ellos había depositado sus esperanzas de bienestar para mí. Ahora eran como lirios marchitos, abandonados en un lavabo blanco.
Cuando me interné en el denso ambiente psicodélico de Saint Mark’s Place, no estaba preparada para la revolución que ya se había iniciado. Había un inquietante clima de vaga paranoia, un trasfondo de rumores, fragmentos de conversación que anticipaban la futura revolución. Me quedaba allí sentada, intentando entenderlo todo, con el aire cargado de humo de marihuana, lo cual puede explicar mis nebulosos recuerdos. Deambulaba por una tupida telaraña de conciencia cultural que no sabía que existía.
Había vivido en el mundo de mis libros, la mayoría escritos en el siglo XIX. Aunque estaba dispuesta a dormir en bancos, metros y cementerios mientras no encontrara trabajo, no estaba preparada para el hambre constante que me atormentaba. Yo era una muchacha flaca que lo quemaba todo enseguida y tenía un apetito voraz. El romanticismo no podía colmar mi necesidad de alimento. Hasta Baudelaire tenía que comer. Sus cartas contenían muchos lamentos desesperados por faltarle la carne y la cerveza negra.
Necesitaba un trabajo. Fue un alivio cuando me contrataron como cajera en una de las sucursales de la librería Brentano’s. Habría preferido trabajar en el departamento de poesía a tener que registrar las ventas de joyería y artesanía étnica, pero me gustaba mirar las baratijas de países lejanos: pulseras bereberes, collares de conchas afganos y un Buda incrustado de joyas. Mi objeto favorito era un modesto collar de Persia: dos placas de metal barnizadas unidas por recios hilos negros y plateados, como un escapulario muy viejo y exótico. Costaba dieciocho dólares, lo cual me parecía mucho dinero. Cuando había poco trabajo, lo sacaba del estuche, reseguía la caligrafía grabada en su superficie violeta e imaginaba historias sobre sus orígenes.

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