Magda Szabó. La puerta.

febrero 22, 2018

Magda Szabó, La puerta
Mondadori, 2005. 316 páginas.
Tit. Or. Az ajtó. Trad. Márta Komlósi.

La puerta cuenta la relación entre la propia escritora y su peculiar señora de la limpieza. Nunca será una empleada, ya que en su opinión les hace un favor cuidando de su casa, no acata órdenes y acabarán teniendo una fuerte relación emocional.

Tiene una calidad literaria excelente. El retrato de las dos protagonistas, una Emerenc que desprecia el oficio de escritor porque el mundo se divide en dos partes: los que barren y los que mandan barrer, que tiene una historia detrás, cargada de manías pero fuerte y salvaje. Dos inteligencias de diferente tipo enfrentadas pero con un cariño de fondo que sólo se pone de manifiesto en un par de ocasiones ¡y que ocasiones! Hubo un momento en el libro que casi no me deja dormir.

Es el segundo libro que leo de la autora, y me ha gustado todavía más que el primero. Menos experimental en la narración, pero mucho más potente en la descripción de los sentimientos. Si, como parece, es autobiográfico, puede que el libro lo escribiera para expiar la culpa de las consecuencias de una mala decisión.

Maravilloso.

En una época las calles de nuestro barrio, zona residencial de políticos y sujeta a las medidas de seguridad pertinentes, estaban llenas de policías. Con el paso del tiempo y a medida que esos personajes públicos iban desapareciendo —unos se mudaron, otros fallecieron— la presencia de patrullas por la vía pública disminuyó también y volvió a un nivel normal. Cuando Emerenc empezó a trabajar con nosotros, el único uniformado que se veía pasar era el teniente coronel. Durante mucho tiempo no entendí qué relación mantenían esas dos personas y por qué a ese gallardo oficial no le molestaba la prohibición de entrar en la guarida misteriosa de la mujer; solo más tarde llegué a saber que la conocía y que sí había cruzado el umbral. Aparte de las acusaciones de envenenar palomas y profanar una tumba, habían llegado denuncias de contenido político, lo que había hecho ineludible que la policía comprobara si esa señora ocultaba realmente objetos de gran valor y de origen sospechoso. El teniente coronel, que en la época de los hechos era aún subteniente, fue encargado de ir a su casa acompañado por un agente y un sabueso, y de recorrer una por una las estancias de ese inhóspito hogar oculto a cualquier mirada extraña. Lo único que encontraron fue un gato voluminoso, el tercero de Emerenc desde que vivía allí, que nada más ver asomar al olfateador huyó a los altos del armario de la cocina. Ni emisora, ni fugitivo, ni ningún botín, solo un comedor de una limpieza inmaculada y una habitación donde saltaba a la vista que no vivía nadie, ya que más allá del conjunto de sofá y sillones cubiertos por una funda protectora no había objetos personales. En honor a la verdad, la amistad entre el oficial y Emerenc no empezó con buen pie: una vez terminada La inspección ocular, ya puertas afuera, ella empezó .1 protestar a voces por la ley que la obligaba a dejar pasar a su Vivienda a cualquiera, y que en lugar de inspeccionarla a ella mejor fueran a buscar al maleante que hacía esas denuncias, ademas de resultarle del todo vergonzoso tener todo el tiempo a la policía en su casa. ¿Hasta cuándo la iban a hostigar on el pretexto de unas palomas muertas, o buscando el cadaver de un gato, armas o algún foco infeccioso? Esto había llegado a un límite que era inadmisible e inaguantable. ¡Hasta aquí hemos llegado!
Con los policías impresionados y a la defensiva en plena i (tirada, y con el subteniente haciendo uso de sus mejores do-tes de negociador para tranquilizarla, Emerenc se calentaba más y más y gritaba indignada que mientras todos esos polí-ncos del barrio podían utilizar impunemente, contando con la protección oficial, sus armas reglamentarias para diezmar por puro aburrimiento la población de grajos, a una pobre vieja como ella la perseguían con perros hasta en su casa. Que I )ios les dé su merecido y que los parta un rayo, a ellos, por supuesto, no al pobre perro que no tenía culpa de que lo usaran para hacer maldades, y que quedara claro que su enfado tío iba dirigido al animal sino al subteniente. La serie de humillaciones a las que sometió a las autoridades no terminó ahí: el perro policía, cuya misión era supuestamente descubrir el cadáver no exhumado así como otros objetos provenientes de presuntos delitos, se dejaba, saltándose toda regla de adiestramiento, acariciar la cabeza por la vieja sin dejar de mover nervioso el rabo; lo peor fue que, en vez de realizar su trabajo, se quedó prendado de ella con la mirada turbada de un mamorado. Suponía todo un escándalo: con un aullido desarticulado comunicaba a sus superiores, en su código canino pero con una claridad inconfundible, que lo sentía muchísimo, pero una fuerza irresistible lo obligaba a rendir pleitesía a esa mujer desconocida y sucumbir a sus pies.

Un comentario

  • Lola febrero 22, 2018en4:58 pm

    Ay, cómo me gustó…

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