Esther García Llovet. Coda.

febrero 16, 2018

Esther García Llovet, Coda
Lengua de trapo, 2003. 158 páginas.

Alrededor de un autobús abandonado en un maizal, sobrevolado de vez en cuando por una bandada de cuervos y rondado por una jauría de perros se van entrelazando varias historias que transcurren en los márgenes de la realidad. Un accidente de avión, una fotógrafa contratada por una misteriosa organización, una increíble apuesta sobre un coche…

Con una prosa muy sugerente, oscura y cinematográfica la autora nos pinta un universo a mitad de camino entre los hermanos Cohen y David Lynch. Algunos relatos, como el de la fotógrafa, son magníficos. Otros caen un poco más en los tópicos de los fuera de la ley, pero todos tienen una singular capacidad de sumergirnos en ese extrañamiento.

Bastante bueno, una autora a seguir.

Y finalmente he vuelto a la ciudad, después de todo, y como si fuera otra. La ciudad y yo, como si fuéramos otras. Al cabo de tanto tiempo. A otro barrio, dócil. Sin testigos. Un barrio tranquilo «como el castaño de Indias en el patio», alguien me dijo. No veo a nadie. No conozco a nadie. Sigo siendo fotógrafa.
Hoy tenía que acabar un trabajo que empecé ayer, un encargo sobre los medios de transporte internos del aeropuerto nacional. Microbuses de pasajeros, carros de cate-ring, grúas, camiones, contenedores, todos esos vehículos que culebrean por las pistas y bajo las panzas de los aviones entre piezas de repuesto, ingenieros y equipajes perdidos que nunca volverán a sus dueños. He llegado a primera hora de la tarde, en el autobús del aeropuerto, con tiempo de sobra para aprovechar el pase que me permite el acceso a todas las áreas y zonas restringidas. Quería comprar tabaco en las tiendas libres de impuestos y me he dirigido a la terminal de internacionales, ahora conectada al bloque central del aeropuerto por una interminable cinta transportadora que circunda todo el lateral del edificio. Me precedía una pareja, una pareja joven. Les oía hablar en voz baja. A él le habían retrasado el vuelo, un vuelo de larga distancia, y ahora ahí iban esos dos, esa pareja, estos dos que estaban preparados para las lágrimas intensas de una despedida rápida y final en la aduana y que ahora arrastraban, penosamente, la despedida, en el carrito de la maleta con la pesadez y el cansancio de una sobrecarga de pena. Una pareja reincidente. Los he dejado atrás. Los he dejado atrás apretando el paso y al final del pasillo me he encontrado en el hall de recepción de internacionales con una sorpresa que no esperaba y que no conocía de otras visitas al aeropuerto.
Allí, bajo una bóveda de cristal iluminada con focos desde el cielo raso he descubierto una enorme maqueta a escala del aeropuerto. De una extensión poco frecuente. Me he acercado despacio, casi con reverencia. Una reproducción perfecta, con materiales reales, metal, pintura y vidrio, de unos siete metros por cada lado, emplazada sobre una base de mármol. Nada faltaba. Los aviones, las revistas en los kioscos de prensa, el hombre que para con la mano el primer taxi de la fila de taxis en la salida. Las azafatas con sus equipajes compactos, las máquinas de bebidas. Grabado en el mármol del pedestal, «Flower & Stone», el nombre de los arquitectos. Aviones, parejas, maletas perdidas. La gente durmiendo en los bancos, los limpiadores con sus largas mopas. Una réplica minuciosa del aeropuerto tal como se vería desde el aire, desde cien metros o quizás ciento cincuenta metros antes del aterrizaje, sentado en el asiento C18, cuando se está pensando ya en quién nos espera al llegar a tierra y en la hora local y en si hará frío ahí fuera. Y sobre el techo de aluminio, en una esquina, he descubierto un brillante punto rojo del tamaño de una moneda. «Usted está aquí». Una circunferencia indudable. De un rojo muy vivo. Usted está aquí, en este aeropuerto de esta ciudad, no en ningún otro aeropuerto de ninguna otra ciudad. Y en este momento. Este punto rojo le contiene y le detiene con esposas a la espalda. Finalmente y después de tanto tiempo. Finalmente alguien me ha señalado con el dedo, a vista de pájaro antes de tomar tierra, desde el asiento C18, me ha señalado como un sujeto identificable en esa marca roja y yo también contemplo esa señal que es inequívoca y sólida como mis codos sobre el cristal, y durante los siguientes minutos, que pueden haber sido treinta o cuarenta minutos, observo y me observo desde el aire en ese punto que no es otra cosa que un resumen indiscutible de la propia historia: «Usted está aquí».

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