Lafcadio Hearn. Fantasmas de la China y del Japón.

febrero 12, 2018

Lafcadio Hearn, Fantasmas de la China y del Japón
Espuela de plata, 2011. 204 páginas.

Recopilación de relatos de china y japón (el libro es una especie de selección de tres compilaciones del autor). Algunos tienen el sabor típico de los cuentos populares de tradición oral, con sus pruebas de superación sus números mágicos. Otros tocan temas más sobrenaturales (sobre todo los de Japón).

Algunos -pocos- no me han parecido gran cosa, pero el resto están muy bien y hay algunos realmente memorables. El conjunto merece la pena.

Recomendable.

MUJINA

En la carretera de Akasaka, cerca de Tokio, existe una costa llamada «Kü-no-kuni-zaka«, o sea, «la costa de la provincia de Kü». Bordéala un antiquísimo y profundo barranco cuyas verdegueantes pendientes trepan hacia los jardines y los altos muros de un palacio imperial.
Mucho antes de la era de los farolillos y de los «jiníishkas» esta zona quedaba absolutamente desierta desde el anochecer… Los caminantes que se retrasaban preferían hacer un gran rodeo antes que trepar solos después de la puesta del sol la costa de la provincia de Kü.
Huían de la costa atemorizados por un «mujina» que se paseaba por ella…
El último hombre que vio al «mujina» fue un viejo mercader del barrio de Kyóbashi, muerto hace unos treinta años.
He aquí el relato de la aventura, según él mismo me la refirió:
Una noche, en tanto subía la costa de la provincia de Kü, percibió a una joven agachada cerca del barranco… La joven estaba sola
y parecía llorar amargamente. Al viejo mercader se le ocurrió que quizá la joven estaría allí con el propósito de suicidarse. Compadecido, se detuvo para socorrerla, en caso de ser necesario. Se acercó y vio que la desconocida era grácil, menuda, y estaba ricamente vestida; observó asimismo que sus cabellos estaban peinados como los de una señorita de «familia distinguida».
—O-Jóchu23 -exclamó el viejo-. ¡No lloréis así!… Decidme cuál es vuestra pena… ¡Me encantaría ayudaros!
El viejo sentía realmente lo que decía, porque era hombre de buen corazón.
La joven continuó su llanto, ocultando el rostro con una de sus amplias mangas.
—¡O-Jóchu! —insistió el viejo dulcemente—. Escuchadme, os suplico… Este lugar no es adecuado para que una joven esté sola en él, y menos de noche. No lloréis más; decidme qué os sucede. Quizá pueda ayudaros.
La joven se levantó lentamente… Estaba de espaldas, y seguía con el rostro oculto… Gemía y lloraba alternativamente.
Entonces el viejo extendió la diestra, apoyándola en el hombro de la joven, en tanto le decía por tercera vez:
—¡O-Jóchu! Escuchadme un momento…
Entonces la distinguida joven se volvió bruscamente.
Dejó caer la manga y se acarició el rostro con la mano…
¡El viejo vio que la joven no tenía nariz, ni boca, ni ojos!…
¡Y se escapó, aullando de espanto!…
¡Huyó hasta el extremo de la costa oscura y desierta que se extendía ante él!… ¡Corría sin detenerse, sin atreverse a mirar atrás!…
Por fin, vio a lo lejos un farolillo que brillaba… Su luz era el pábilo encendido de un vendedor ambulante que había establecido su tienda al margen de la carretera. Después de lo que acababa de suceder, hasta el más humilde* de los hombres era bienvenido para el viejo. Jadeante llegó adonde el pobre vendedor y se dejó caer a sus pies, clamando:
—¡Ah!… ¡Ah!… ¡Ah!… ¡Ah!… ¡Ah!…
—¡«Koré»!… ¡«Koré»! -dijo bruscamente el vendedor ambulante-. ¿Pero qué tenéis? ¿Os han maltratado?
—¡No!… No me han hecho nada… -balbuceó el viejo…— Pero… ¡Ah!… ¡Ah!… ¡Ah!…
—¿Os han asustado?… -insistió el vendedor con un acento burlón-. ¿Habéis tropezado con algún ladrón?
—¡No!… Pero… cerca del barranco vi… ¡Oh!… vi a una mujer que me hizo ver … ¡Ah!… nunca… podré deciros lo que me hizo ver…
—¡Eh! ¿Os hizo ver algo así?… -exclamó el vendedor.
Y se acarició la cara, que de inmediato se transformó en una especie de huevo.
Al mismo tiempo se apagó la luz.

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