Charles G. Finney. El circo del dr Lao.

febrero 6, 2018

Charles G Finney, El circo del dr Lao
Berenice, 2006. 160 páginas.
Tit. Or. The circus of Dr. Lao. Trad. Mario Jurado.

Hay una corriente dentro de la literatura fantástica que a menudo se etiqueta como ‘weird’ o extraña. Historias que se apartan de lo real pero no caen dentro de lo establecido (fantasmas, sucesos sobrenaturales, ciencia ficción…). Nos revelan universos misteriosos que no pueden existir. Autores como Cunqueiro o el realismo mágico entrarían dentro de esta categoría. Entre los autores de Estados Unidos pienso en Kelly Link o Saunders.

En una fecha tan temprana como 1935 Finney escribió sobre un extraño circo que llega a un pueblo vulgar de Arizona. Trae un cargamento de maravillas: magos que son capaces de crear tortugas de verdad y resucitar a los muertos, adivinadores del futuro, una sirena, la Medusa y un sin fin de maravillas más. Incluyendo una extraña criatura que no se sabe si es un oso o un ruso. Todas auténticas.

El dueño del circo es un misterioso Dr. Lao, un chino que a veces tiene la elocuencia de Shakespeare y otras se expresa como un ignorante extranjero. El pueblo asistirá a un carrusel de emociones del que saldrá -probablemente- igual que ha entrado.

Novela de culto, secreto pasado de lector en lector, es una maravilla, un prodigio de imaginación que merecería más difusión que la que tiene. No dejen de pasar la oportunidad de leer este libro, les aseguro que no se arrepentirán.

Ella nadaba tranquilamente en su tanque de agua salada. El movimiento de su cola de pez provocaba burbujas que ascendían y formaban espuma cercando sus senos menudos; algunos jirones de espuma se le prendían en su asalvajada melena rubia. Su cola de pez, verdosa y suavemente escamada, se arqueaba en el agua, y estaba rematada por una aleta en forma de abanico que mostraba coloraciones rosas como las de las truchas. Ella entonaba una canción que era la cadencia de las olas de mar adentro, donde había sido capturada, y los pececillos rojos que nadaban con ella en el tanque habían detenido el nervioso movimiento de sus aletas y la escuchaban. Ella se rió de los pececillos y los agitó con sus finas manos. Los peces se le acercaron y se agruparon curiosos en torno a sus hombros y nadaron por entre los mechones de su cabello suspendidos en el agua. Era tan grácil como un pez, tan bella como una joven, pero más extraña que ambos; y los dos inspectores de emigración estaban estupefactos porque no llevaba puesto ningún tipo de traje de baño.
-La encontramos en el Golfo de Pei-Chihli -dijo el Doctor Lao-. Allí, en las olas sucias de barro. Estaban así porque había llovido mucho en tierra firme y los ríos habían arrastrado muchos sedimentos al mar. Y tras encontrarla, dimos también con la serpiente marina, y también la capturamos. Fue un día muy afortunado. Pero ella a veces echa de menos las olas de su gran océano. No me resulta agradable tenerla encerrada en ese tanque de agua, pero no sé de otro lugar donde tenerla. Creo que la dejaré libre algún día, cuando estemos de gira por la costa. Sí, al amanecer, cuando no haya nadie, la llevaré de vuelta al mar. Me introduciré hasta la cintura en el mar con ella en mis brazos, la pondré en el agua con suavidad, y la dejaré marchar. Y me quedaré allí, viendo como se aleja nadando, como un viejo que ya ha perdido el juicio, metido en el mar hasta la cintura, lamentándome por la belleza que he dejado marchar, lamentándome por la belleza que he visto y he tocado, pero que nunca he logrado comprender; y, si alguien me viese allí, al amanecer, en el agua, seguramente creería que no soy más que un loco. Pero ¿y si
tras nadar alejándose un rato se volviese y me saludara? ¿Y si me enviara un beso? ¡Oh, Dios, si la hubiese visto antes, cuando yo todavía era joven! La contemplación de su belleza podría haber cambiado mi vida por completo. La belleza puede lograr eso, ¿no es así?
»Sí, eso haré: la llevaré al mar y la dejaré en libertad. Y me quedaré allí mirando cómo se aleja con la marea. Me pregunto si se girará y me saludará. ¿Cree usted que lo hará, señor?
-Pues… la verdad, ne tengo ni idea -dijo el inspector estatal de emigración Número Dos.
-¿Qué le da de comer, doctor? -dijo el inspector Número Uno.
-Marisco -contestó el doctor-. Vayamos ahora a ver la esfinge.


-Entonces, ¿qué sentido tiene estar viva si no voy a ser rica, si no voy a casarme de nuevo y no voy a conocer a ningún otro hombre?
-No lo sé -confesó el adivinador-. Yo sólo leo futuros. No los evalúo.
-Está bien, ya le he pagado, así que léame el futuro.
-Mañana será como hoy, y pasado mañana como antesdeayer -le dijo Apolonio-. Veo los días que le quedan de vida como una tranquila y tediosa acumulación de horas. No viajará a ninguno parte. No tendrá ninguno pensamiento nuevo. No experimentará ninguna pasión nueva. Se hará más vieja, pero no por ello más sabia. Más estirada, pero no por ello más digna. No tiene hijos y no los tendrá. De aquella gracia que tenía en su juventud, de aquella extraña simplicidad que atrajo a algunos hombres hacia usted, ya nada queda, y no recuperará nunca ni la una ni a los otros. La gente le hablará y le visitará por pena, no porque usted tenga nada que ofrecerle. ¿Se ha fijado alguna vez en esas plantas de maíz que se han secado, muertas aunque todavía no hayan sido cortadas, sobre las que los pájaros se posan sin fijarse siquiera en qué es lo que le sirve de apoyo? Eso está usted. No alcanzo a comprender qué puesto ocupa usted en la economía de la vida. Un ser vivo debe crear o destruir de acuerdo con su capacidad y su capricho, pero usted no hace ni una cosa ni la otra. Usted vive y sueña con las cosas estupendas que le gustaría que le ocurrieran pero que nunca ocurren; y usted se pregunta vagamente por qué las vidas jóvenes que conoce y que usted censura por faltas que están sólo en su imaginación no la escuchan y salen corriendo en cuanto aparece. Cuando usted muera, será enterrada y olvidada, y eso está todo. Los de la funeraria la pondrán en un ataúd a prueba de gusanos, sellando de ese modo también para siempre el barro de su inutilidad. Y, realmente, para el bien o el mal, para la creación y destrucción que ha ocasionado, daría igual que usted no hubiese existido. No veo la fin de una vida como la suya. Sólo veo en ella una espantosa y vulgar desperdicio.
-Vaya, y eso que dijo que no opinaba sobre las vidas -contestó con brusquedad la señora Cassan.
-No estoy opinando; sólo estoy cavilando. Porque, veamos, usted sueña que algún día descubrirá petróleo en los veinte acres de tierra que tiene en Nuevo México. No hay petróleo allí. Usted sueña con un moreno, alto y guapo hombre que se sentirá atraído por usted. No habrá ningún alto, moreno y guapo hombre, ni tampoco de ningún otro tipo. Y a pesar de lo que le digo, usted seguirá soñando; soñando durante su insignificante sucesión de horas, cosiendo, sentada en la mecedora, cotilleando, soñando despierta; y el mundo giro y giro y giro. Nacen nuevos niños, crecen, se hacen mayores, engendran, envejecen y mueren; y usted sigue cosiendo, y meciéndose, y cotilleando y viviendo. Usted tiene su voz en el gobierno, y si mucho gente votara lo mismo que usted, podrían cambiar la faz de la planeta. Hay algo terrible en esa idea. Sí, pero su individual opinión sobre cualquier tema de este mundo no tiene el menor valor. No, no consigo averiguar la razón de su existencia.
-No le he pagado para que la averigüe. Sólo léame el futuro y con eso tendré bastante.

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