Natalia Carrero. Una habitación impropia.

enero 19, 2018

Natalia Carrero, Una habitación impropia
Mondadori, 2011. 216 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Manual de la poliadicta
Lo que pidas se te dará
Inutilidad de la rabia ciega
La barba de mamá
Yo no voy a estar

En mi opinión en orden descendente de calidad. La autora nos habla de mujeres que se enfrentan a una vida cotidiana que las supera, a la muerte de los sueños, a decisiones que sacuden tu vida como la de tener un aborto, que sobrellevan como pueden su angustia existencial.

No todas las páginas tienen el mismo brillo y hay ocasiones en las que parece que los relatos hacen agua. Pero hay muchos más aciertos que fallos, momentos de terrible belleza y en general la autora consigue meterte de lleno en un mundo oscuro y triste.

Bueno.

Sueño por escrito en este cuaderno con un título que ya no encaja con nada que le digo esto a Carlos, que le enseño la ca-jita verde una tarde de éstas. La abrimos juntos. Raúl también está por ahí, gateando, y sopla un fuerte viento que levanta todos nuestros rizos y también los de Pedro…
Quiero citar ahora a toda Adrienne Rich, cuyos libros estaban en la última caja que quedaba por abrir. Sus palabras no tienen pérdida.
Es la voz que justo necesitaba oír, la de la poeta, sin poesía. La de su día a día, viviendo con su prole. Dice en Nacemos de mujer, escrito en 1976, traducción de Ana Becciu.
Necesidad de una disciplina más inflexible para mi vida.
Reconozco la inutilidad de la rabia ciega.
La utilidad de la capacidad de reconstrucción. (Inserta ahora Norberta.)
Utilizo mejor, para el trabajo y la soledad, las horas en que los niños están en ¡a escuela.
Limitar las compañías.
No renunciar a mi propio estilo de vida.
Menos gasto.
Ser más y más dura en los poemas.
La mujer dice que no ocurre nada, invita a cenar en platos cuadrados y ovalados, da de beber licores que ofuscan positivamente, que liberan.
En cuanto puedo entono bien a Carlos y hago de él un animal ardiente porque de vez en cuando necesito el deshielo, y cuando lo tengo a mis pies, de rodillas, trabajando su lengua en las zonas más fáciles de descongelar, por donde todos emprenderíamos la tarea, entonces para mí es la hora de la liberación y por fin puedo decirlo todo (cómo odio a nuestros hijos, ya conviene que lo sepas; por todo aquello que a raíz de ellos ha sucedido y por todo lo que en adelante pueda suceder), de tal modo que a él le suena a gran mentira, a verdad imposible de encajar en la realidad, incluso a ocurrencia de la graciosa de Norberta.
Los dos reímos como locos.
Sí, yo como una loca con mayor enjundia.
Hasta que irrumpe el recuerdo de mi hermana y mi mandíbula se detiene. Lo demás sigue encendido, arde hasta consumarse frente a la chimenea.
—Para que lo sepas, ayer mientras lo hacíamos yo no estaba escribiendo ni soñando una novela en voz alta. —Qué divertida eres, por eso te quiero.
Me sorprende mucho su respuesta. Me temo que es porque entre nosotros todavía perdura algún tipo de amor, no existe el odio.

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