Ángel Ramón Larrosa. Esta mañana ha salido el sol.

diciembre 1, 2017

Ángel Ramón Larrosa, Esta mañana ha salido el sol

El compañero de tantas veladas cuentísticas, de tantas improvisaciones de letras y de tanta literatura en vivo ha decidido atrapar esos textos volátiles en una cajita de papel. Aquí nos encontraremos con una tierra acabada, donde el protagonista va caminando sin rumbo y escribiendo los recuerdos de un mundo desaparecido.

Mitad colección de relatos, mitad relato de una búsqueda de la esperanza donde ya no está se mueve en una prosa poética cargada de imágenes de gran belleza.

Mi cuento preferido es el titulado Un trillo del que dejo, como es habitual, el comienzo. Ahora que sus cuentos le han cogido gusto al aterrizaje en papel, esperamos continuación.

Mi abuelo está sentado sobre el trillo, tiene a mi padre de diez en su regazo. El pequeño se siente importante porque lleva las riendas del mulo, aunque es mi abuelo quien, sutilmente, dirige al animal. Mi padre hizo lo mismo conmigo y mis hermanos, realmente creíamos que nosotros conducíamos el Renault Cuatro.
Dan vueltas y vueltas a la era, esta ha sido la primera siega después de la guerra y los segadores están contentos. No en exceso, pero sí que ha sido lo suficientemente fructífera para felicitarse. En el campo se oyen cantos alegres. Las hoces afiladas silban al ritmo de las canciones. A la masía, de cuando en cuando, llega un carro cargado de mies.
Mi abuelo piensa en cómo escatimar parte de la harina a las autoridades, sabe que tras moler el trigo vendrán a requisársela. Mi padre es feliz. Sujeta fuerte el ramal y jalea ostentosamente al mulo.
Yo les veo, conozco el sitio. También me senté en ese trillo cuando ya era un instrumento inútil. También monté a lomos del mulo de mi abuelo cuando los dos ya eran viejos. También di vueltas a la era pero yo lo hice en bicicleta.
Lo que nunca hice fue jugar con Anselmo, el amigo de mi padre.
El padre de Anselmo está segando. Su potente voz llega hasta mi padre y mi abuelo. Entona una jota que habla de una paloma que vuela y se aleja. Su hijo se encarga de acarrear botijos, de recoger los vacíos y llevar los llenos, ve a mi padre y le envidia, está cansado de tanto ir y venir, quiere escaparse, perderse, desaparecer un rato. Llama a su amigo, el que da vueltas en el trillo: «¡Toñito!» Mi abuelo para el mulo y permite que su hijo se apeé. «Ves» le dice.

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