David Wong. John muere al final.

noviembre 24, 2017

David Wong, John muere al final
Valdemar, 2014. 572 páginas.
Tit. Or. John dies at the end. Trad. Marta Lila Murillo.

Una extraña droga, conocida como salsa de soja, da unos extraordinarios poderes a quienes la consumen, junto con un enorme peligro. Al dar acceso a unas extrañas dimensiones se está facilitando la entrada a un ser maligno que quiere conquistar nuestro universo.

El libro está bien. Incluso algunas de las ideas están más que bien. No las voy a detallar aquí porque serían un spoiler de cuidado pero lo que es el monstruo, las habilidades de los protagonistas, las aventuras que corren e incluso el desencanto final.

Pero… es un libro frankenstein. El autor comenta que iba colgando historias por internet, que a la gente les gustaba y que finalmente escribió el libro. Y creo que se nota que no hay una unidad, un eje que vertebre todo y que le ponga un poco de propósito. El pegamento para unir las piezas en ocasiones parece chicle.

Además el malo malísimo tiene unos poderes increíbles, pero dos pringados consiguen no sólo pararle los pies sino darle alguna que otra paliza. Yo no acabé de creérmelo.

Aún con todo me gustó su lectura, ya digo que hay cosas que merecen la pena.

Molly se aproximó entonces, trotando a mi lado como si todo fuera de maravilla por Perrolandia.
Entonces se percató de un trozo de carne que había cerca de ella y comenzó a masticar jubilosamente un tubo de quince centímetros de diámetro de mortadela boloñesa que hacía las veces del tobillo de la cosa.
-¡¡¡¡AARRRRRGHHHHÜÜ
La criatura me dejó en el suelo. Me puse en pie apresuradamente y bajé las escaleras a toda prisa. El hombre de carne me siguió.
A los pies de la escalera, John le esperaba.
Sujetaba el equipo estéreo.
El monstruo se paró a medio camino por las escaleras, y con su cabeza de pavo ciega miraba el artilugio que John sujetaba en la mano, como si reconociera el peligro.
Oh, cómo debió de aullar y chillar aquel demonio del Antiguo Testamento al ver el arpa del joven David, al ver en funcionamiento una especie de magia antigua que puede penetrar cualquier oscuridad. El horror cárnico andante sabía lo que iba a pasar, que ese mismo poder estaba a punto de ser accionado.
John asintió, como diciendo «Jaque mate».
Apretó la tecla de «play».
El sonido inundó la habitación, una melodía cristalina capaz de elevar cualquier corazón humano y alejar a cualquier demonio.
Era “Here I Go Again” de Whitesnake.
El monstruo se agarró a los costados del pavo, donde deberían haber estado sus orejas, y se desplomó sobre sus rodillas. John blandió el ghetto blaster ante él como un talismán sagrado, subiendo por las escaleras, acercando más y más el sonido a la bestia. Cada centímetro de su piel con vetas de grasa y sus cartílagos se estremeció agónicamente. —¡Toma esto! -gritó John, repentinamente envalentonado-. ¡A estas alturas ya podrías haberle metido un poco más de chicha a tus defensas!
La bestia se agarró el abdomen; dolorida, pensé. Pero entonces se arrancó una lata de fiambre antes de que John pudiera reaccionar y la lanzó contra el equipo estéreo; la lata silbó atravesando el aire como una pelota rápida de Randy Johnson.
Un tiro directo. Chispas y trozos de plástico salieron volando. El estéreo cayó hecho pedazos de las manos de John y rodó pesadamente por las escaleras.
Desarmado, John bajó de un salto al suelo cuando la bestia se puso en pie y le siguió. Agarró a John por el cuello. Lanzó una mano hacia mí, pero logré esquivarla y agarrar el termo de café de la mesa. Regresé corriendo con el termo, desenrosqué la tapa y arrojé el contenido al brazo carnoso que sujetaba a John.
La carnstruosidadgritó. El brazo humeaba y burbujeaba, y luego comenzó a arder con llamaradas. El miembro entonces se carbonizó, se desprendió de la articulación y se desplomó sobre el suelo de madera noble. John estaba libre y cayó sobre sus rodillas jadeando para recobrar el aliento.
La bestia aulló, derrumbándose carnosamente en el suelo. Con el único brazo que le quedaba, me señaló.
—¡Nunca me vencerás, Marconi! He sellado esta casa con mis poderes. ¡No podéis escapar!
Paré, apoyé las manos en la cintura y me acerqué a aquello.
—¿Marconi? ¿Como el Doctor-barra-Padre Albert Marconi? ¿El tipo que presenta Misterios Mágicos en el Discovery Channel?
John se aproximó a la criatura herida y la observó.
-Capullo. Marconi tiene cincuenta años. Tiene el pelo blanco. Y Dave y yo no llegamos a su edad ni sumando las nuestras. Tu néme-sis probablemente estará por ahí impartiendo algún seminario, medio sepultado bajo una pila de su propio dinero.
La cosa giró su pavo hacia mí.
-Te diré lo que vamos a hacer -sugerí—. Si puedo ponerte en contacto con Marconi para que solucionéis vuestras pequeñas diferencias, ¿nos liberarás?

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