Sergio Algora. A los hombres de buena voluntad.

noviembre 21, 2017

Sergio Algora, A los hombres de buena voluntad
Xórdica, 2006. 158 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Tú ya sabes y nosotros también
El hombre de la maternidad
Un casco de motorista gris metalizado
Nombres con origen poco profundo
La fruta y las pieles
El presente de las amazonas
El inmortal
Casa partida en dos
La niña
Limbo
Vacaciones en Italia
En espera de un merecido reconocimiento
Os vamos a dar optimismo
¿Por qué tenemos que comprender?
Otro cuento sobre hombres lobo
El príncipe azul
El último mono
El río y el mago
El gran karaoke

Llenos de poesía y lirismo, de tramas surrealistas, muy influidas por escritores como Boris Vian los personajes se mueven por paisajes cotidianos pero dibujados a la acuarela con colores inventados.

Los cuatro primeros son muy buenos y el segundo El hombre de la maternidad -que incluye elementos autobiográficos- buenísimo. Pero el resto tienen una calidad muy desigual y hay algunos bastante malos. Como he leído en otra reseña todos tienen algo -una frase, un adjetivo- que los salva, y por esas frases o esos relatos el libro merece la pena. Aunque me sepa mal criticar a los muertos es una lástima que haya tanta paja y tan poco grano.

Aquel hombre tendría unos cuarenta años y unas cincuenta maneras de seducir y matar con la mirada. Era alto y guapo y había ido a visitar a su joven y guapa mujer que acababa de parir, y yo era un jodido cotilla que se quedaba colgado con cualquier historia de la que luego hacía otra historia para hacer más llevaderas aquellas noches vacías, insufribles y eternas en el hospital. Bajé la vista y me puse a leer mi libro, intentando olvidar la escena.
Pero me resultaba imposible. En aquel cotidiano acto del cepillado yo había visto algo oscuro y mágico. Era más en la manera, en el modo en que le había cogido su muñeca y luego había procedido a peinarla como un verdugo retirado o un autómata enamorado de su dueña. El cepillo bajando por esa larga cabellera negra, separando las largas caídas de pelo, como el garfio de un tullido las separaría, mientras los ojos de la chica miraban sin mirar el infinito, sucio y empañado por mi aliento, de los cristales de la sala de visita.
Decidí vigilar esa ventana siempre que pudiera. Tampoco tenía nada mejor que hacer.
Unas décimas de fiebre, que me habían detectado, iban a prolongar mi estancia en el hospital, pues dada la gravedad de mi operación, el cirujano que se hacía cargo de mi caso no quería correr absurdos riesgos mandándome precipitadamente a casa.
Conté a mis amigos la misteriosa sesión de peluquería
que había presenciado y, aunque la escucharon con atención, la cosa acabó en cachondeo generalizado, risas y bromas. Anabel, Esti (su hermana), Mariángeles y Ángel eran los que más tiempo pasaban conmigo los fines de semana. Yo intentaba que no se aburrieran contándoles de manera distorsionada la vida cotidiana en el hospital; les relataba las manías de mi compañero de celda y las miserias que me veía obligado a compartir con sus familiares.
Aunque me encontraba bastante bien, lo cierto era que anímicamente estaba bastante tocado y el catéter que tenía metido en la yugular para suministrarme antibióticos me molestaba mucho. Me impedía encontrar una postura cómoda en la que descansar y rae obligaba a andar de aquí para allá con la bolsa del gotero colgando. Tenía que tomar varias pastillas para poder dormir.
Estaba fatigado y triste, pues había pensado que mi recuperación iba a ser más rápida y todavía llevaba todo el pecho grapado, seguía teniendo fiebre y el gotero era mi hermano siamés. Así que no es de extrañar que cuando conté a Anabel y Esti mi segundo avistamiento de El hombre de la maternidad, ellas lo escucharan con suma atención, pero pensando que yo ya no sabía qué inventar para mantener mi cabeza alejada del dolor diario.

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