Justo Navarro. El espía.

noviembre 3, 2017

Justo Navarro, El espía
Anagrama, 2011. 220 páginas.

Biografía novelada de los días como colaboracionista del poeta Ezra Pound, desde la historia de sus emisiones radiofónicas hasta su detención al acabar la segunda guerra mundial. En las últimas páginas aparece el autor, que está en Italia para acabar una novela y recuperarse de una ruptura y se encontrará con alguien que defiende una historia diferente.

Muy útil para conocer los hechos históricos, pero como ficción normalita. Bien escrito y entretenido, pero ni siquiera la meta ficción del final le ha dado, a mis ojos, un poco de interés.

Se deja leer.

Pound pidió bajarse cuando habían avanzado dos kilómetros. Los pies se despellejaban, desollaban y llagaban contra las botas de esquiador. Bebió más vino, malo. En un huerto unas mujeres le dieron cuatro melocotones. Quiso pagarlos. No importa el dinero, no vale. Le pusieron un plato de menestra. En Rieti pidió en una casa que lo dejaran entrar a dormir en el patio. Sólo había un dormitorio para todos. Pound podía compartirlo. Se comió un huevo. Quiso pagarlo. ¿Qué va a pagar? Siguió su camino, en tren. Un hombre le contó una historia. Puso el hombre una serrería, pero se lo llevaron a la guerra de África, y cuando acabó la guerra montó una tienda de comestibles, poca cosa, pero se lo llevaron a la guerra de Grecia y Albania. Eran 5.000 en una hondonada, entre las colinas, seis meses con los pies helados, y les echaban provisiones con una cuerda desde las peñas, y lo demás es propaganda, dijo el hombre. No recibían correo, sólo un avión después de meses trajo un periódico que hablaba del bombardeo de Genova, donde vivía yo, con mi mujer y mis hijos, dijo, y no hubo más noticias durante otros tres meses. Volvió de Albania y tuvo que sobornar a un ujier para que le pagaran un subsidio. Estas cosas te hunden, professore, dijo el compañero de camino. En Bolonia Pound durmió en un refugio antiaéreo. Cogió un tren a Verona. Funcionaban los trenes al norte, los alemanes controlaban la situación. Tenía que a llegar a Gais, a casa de la familia Marcher, que había criado a su hija. El señor y la señora Marcher ejercían de padres de su hija, la hija de Olga Rudge. Tenía que hablar con su hija, con Mary.
Dolían, escocían y sangraban las ampollas de los pies. El día en Gais era sereno y limpio, pero la señora Marcher no reconoció al mendigo que con botas sucias y extraordinarias entró en la cocina. Grüss Gott, saludó Pound, Buenos días, y la señora Marcher lo reconoció por la voz, como la nodriza de Odiseo reconoció por una cicatriz a su señor perdido. Al enjuagarle los pies según la ley de la hospitalidad, la vieja nodriza tocó la cicatriz en el muslo del forastero polvoriento. Era la cicatriz que se hizo Odiseo cuando aprendía a cazar jabalíes. ¡El señor!, gritó la señora Marcher. Se lavó Pound la cara, el cuello, los brazos y las manos. Era el señor. No quería comer, no podía. Entonces oyeron la bicicleta de Mary, que llegaba. Salió a la puerta la señora Marcher, secándose las manos, estrujándoselas con el delantal. Der Herr ist gekommen! ¡Ha llegado el señor! En la cama, en el piso de arriba, Pound, piernas hinchadas y pies heridos, le contó a Mary la huida de Roma, el viaje. Siguió con un dedo el camino en un mapa. Fui a pie de Roma a Rieti, y en tren hasta el Tirol, confesó en Genova a los agentes Arrizabalaga y Amprim. No quiso bajar a cenar y Mary le subió la cena. Los señores Marcher dieron las buenas noches a Herr Pound. No te vayas, Mary. Le pidió Pound a su hija que escuchara. Le brillaban los ojos. Le pidió que apagara la luz. Estaba casado con una mujer que no era la madre de Mary y con la que vivía en Rapallo. Tenía un hijo en Inglaterra. Eran las tres de la mañana. Había hecho seiscientos kilómetros para decirle a Mary la verdad.

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