J. Jefferson Farjeon. Misterio en blanco.

octubre 13, 2017

J Jefferson Farjeon, Misterio en blanco
Siruela, 2016. 242 páginas.
Tit. Or. Mistery in white. Trad. Alejandro Palomas.

Tras quedar bloqueado un tren por la nieve, unos pasajeros deciden salir y probar suerte caminando. Pero el tiempo empeora y a duras penas consiguen llegar a una casa donde no hay nadie aunque las chimeneas están encendidas y el servicio puesto ¿Qué ha pasado?

Novela de resolución de crímenes aunque estos no estén a la vista y tarden en plantearse ante los ojos de los inesperados protagonistas. Algo de fenómenos paranormales y un detective improvisado conseguirán resolver el caso.

No ha envejecido mal a pesar de los años transcurridos, pero no va más allá del mero entretenimiento. Me ha gustado el fragmento que incluyo, desvaríos de una mente febril.

Curioso.

Le confería una soledad fantasmagórica, cuando lo que él necesitaba era compañía humana. Lo llevaba «fuera de las cosas».
—¡No voy a quedarme aquí! —masculló—. Estoy bien, solo tengo un poco de calor, pero estoy bien. ¡Vuelvo abajo!
Se sentó en la cama. Las siluetas de las cosas temblaron. Apartó las sábanas a un lado y también las sábanas parecieron desdibujarse, como lo hizo la mano que las apartó. Sacó un pie de la cama.
De un modo u otro, consiguió salir de ella y de un modo u otro se las ingenió para llegar a gatas hasta la puerta. Allí se detuvo y el espacio se abalanzó sobre él. Intentó agarrarse a unos puntos de apoyo que no existían. El suelo se elevó. Se encontró de pronto tumbado en él. De un modo u otro, volvió a gatas hasta la cama…
—¿A qué viene tanto retraso? —le preguntó su tía.
Iban a lomos de sendos elefantes desde la estación a la casa de ella.
—Es por culpa de la nieve —respondió Thomson.
—Todos ponen siempre excusas cuando no se portan bien conmigo —replicó su tía.
—Pero es que de verdad ha sido por culpa de la nieve —respondió Thomson—. El tren no ha podido seguir.
—Aquí no hay nieve. Mira, hace sol. No pienso dejar ni un penique en herencia a quien no se porte bien conmigo.
—No creerás que vengo a verte por tu dinero, ¿verdad?
—Pues supuesto, ese es el motivo. Así es con todo el mundo. Tú crees que no sé lo que tienes en mente siempre, pero te equivocas. Nunca te he interesado de verdad y te aterra que lo descubra. Pues bien, ya lo he descubierto, y ahora no recibirás nada. Se lo dejaré todo a mis elefantes.
Llegaron a la casa y desmontaron. Los elefantes entraron en dos grandes casetas. Al tiempo que su tía sacaba una gran llave del bolsillo, dijo:
—Iba a darte veinte mil libras por Navidad, pero ahora te daré solo una corbata. Podrías haberte casado con veinte mil libras. ¿Tienes idea de cuánto te has retrasado? Una semana. Ya estamos en el año que viene. ¿Qué te dirán en la oficina?
La tía de Thomson abrió la puerta y él entró a su oficina. Su tía se convirtió en su jefe, que lo miraba, ceñudo.
—¿Por qué se ha retrasado tanto? —preguntó el jefe.
—Por culpa de la nieve, señor —respondió Thomson.
—Bien, que no vuelva a ocurrir —replicó el jefe—. De lo contrario, estará despedido. Hoy vienen los auditores. ¿Y si no tiene los libros a punto cuando vengan? ¿Qué ocurrirá? Nos matarán a todos.
Thomson se dirigió a su mesa. Era una mesa de cocina. Abrió el cajón en el que guardaba el cuchillo del pan con el que sacaba punta al lápiz, pero no lo encontró en su sitio.
—¡Lo sabía! —gritó el jefe a su espalda—. ¡Se lo han llevado los auditores! ¡Deprisa!
Encima de la mesa había un enorme montón de libros. Thomson tenía que revisarlos todos, de lo contrario le clavarían el cuchillo en la espalda. Abrió el primero y empezó a añadir cifras: «Siete, nueve, dieciséis, veintitrés, cuatro, ocho, treinta y dos, cuarenta y uno…», pero cuando quiso anotar el total vio que el lápiz no tenía punta. ¡Y los auditores tenían su cuchillo!
Corrió por la habitación, intentando encontrar otro lápiz. Buscó por todas partes. En las tazas, en las teteras, en vagones de tren, en las casetas de los elefantes. ¡Tenía que encontrar uno antes de que llegaran los auditores! Volvió por fin a la mesa de la cocina, metió desesperadamente el dedo en un bote de tinta e intentó escribir el total usando la uña a modo de plumín El resultado fue un borrón, que fue ganando tamaño hasta que cubrió toda la hoja. Bañado en sudor, puesto que la habitación era como un horno, rompió el papel en pedazos y lo arrojó a una papelera.
«No te preocupes», se dijo. «Mientras no busquen en la papelera puedes estar tranquilo».
En ese momento se abrió la puerta. Thomson se quedó muv quieto. Sabía que era el auditor y no quería que lo viera. Todavía no había anotado el total.

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