Ignacio Padilla. El androide y las quimeras.

octubre 12, 2017

Ignacio Padilla, El androide y las quimeras
Páginas de espuma, 2008. 118 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

I. El androide en nueve tiempos
Las furias de Menlo Park
Romanza de la niña y el pterodáctilo
Las tres Alicias
Pacto de caballeros
Las entrañas del Turco
Guía de ruso para principiantes
Antes del hambre de las hienas
Viaje al centro de una chistera
Of Mice and Girls

II. Quimeras de tres orillas
Galatea en Brighton
Miranda en Chalons
Circe en Galápagos

Que forman parte de un proyecto más grande del autor llamado Micropedia. La primera parte son cuentos relacionados con la ciencia y basados libremente en acontecimientos y personajes reales. La segunda parte habla de situaciones que combinan dos elementos extraños.

Todos los relatos son muy sólidos, perfectamente ambientados y de prosa impecable. A mí pese a su innegable calidad no me han llamado excesivamente la atención. Quizás uno de mis preferidos sea el último, Circe en Galápagos, historia de una isla donde se fue a vivir una alemana con un séquito de jóvenes y las elucubraciones que provocó esa presencia en los aledaños.

Recomendable.

Pero había también en aquel libro ilustraciones del propio Lewis Carroll. Dibujos de trazo torpe si se les comparaba con los históricos grabados de sir John Tenniel. Fue precisamente uno de esos bocetos lo que estableció mi primer contacto con la otra Alicia: en la parte superior de lo que parecía una carta, Lewis Carroll había trazado media docena de imágenes alusivas a su obra, entre las cuales llamó mi atención un minúsculo conejo negro que, seguido de cerca por una suerte de Alicia contrahecha, ascendía a un punto oscuro en el margen superior de la hoja, un círculo que en algo sugería la inversión aérea de la guarida del conejo blanco en Alicia en el País de las Maravillas. Junto al dibujo era posible leer la coda de una frase del escritor, algo referente a un eclipse. En el pie de foto, Wilcock decía muy poco y se limitaba a explicar que aquel era un dibujo del reverendo Dodgson en una de sus últimas cartas al editor Macmillan, fechada el 25 de diciembre de 1897. El contenido de la carta no figuraba en el libro.
Si bien el biógrafo de Lewis Carroll evitaba ahondar en los orígenes del conejo negro y la Alicia contrahecha, no tuve que pensarlo mucho para columbrar que aquel podía ser un dibujo significativo. Me pareció evidente que el escritor había intentado decir algo con él, quizá romper o invertir ingenuamente los planteamientos del primer capítulo de Alicia en el País de las Maravillas, o quizá de toda su obra. Pensé en un Lewis Carroll decadente, enfermo, enloquecido, abrumado acaso por la duplicidad de sus nombres, sus interminables juegos de ajedrez, sus fotografías de niñas aduendadas y sus
reinas que corrían para no moverse o gemían antes de herirse. Pensé, en suma, en un Dodgson seguramente decepcionado de Alicia, no sólo de la que él mismo había creado, sino de todas aquellas niñas que le habían movido a crearla y que inevitablemente habían crecido para abandonarlo a su suerte.
Creo haber dicho ya que fue entonces cuando la idea de una tercera versión de Alicia -un boceto, un manuscrito, un libro entero- comenzó a parecerme posible. Había algunos antecedentes al respecto, escasas referencias, casi todas recogidas en la desigual compilación de Robert Anderson, Theories about Alice as seen through the Rabbit’s Hole. En 1936, al celebrarse en Oxford el nacimiento del reverendo Charles Lutwig Dodgson, Hans Heller negó con más énfasis que buenos argumentos que el escritor hubiese escrito una tercera versión de Alicia, y no fue sino hasta 1958 cuando John Lewis se refirió brevemente al conejo negro como una posible señal de senilidad y arrepentimiento autodestructi-vo del artista. Como sea, en ningún momento se dijo nada del eclipse mencionado por el escritor junto a sus precarias ilustraciones.
Veinte años más tarde, la doctora Pat Narinyan publicó en los anales carrollianos un artículo intitulado Further insights, donde al fin hacía referencia a un eclipse total de sol como detonante, en el invierno de 1897, de los últimos desvarios de Carroll. «Sabemos -escribió la estudiosa- que Charles Dodgson profesaba una particular aversión hacia los eclipses. Tales fenómenos, según confiesa él mismo en sus diarios de Guildford, eran para él una especie de castigo divino por su soberbia, una respuesta celestial a sus transgresiones matemáticas y a su concepción arbitrariamente binaria del universo. Si tomamos en cuenta que en diciembre de 1897 Carroll-Dodgson había perdido la lucidez, es muy probable que el eclipse lo transformase de tal modo que lo obligó a intentar la reescritura de una tercera y delirante versión de Alicia.»

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