Georges Perec. Que pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio.

octubre 10, 2017

Georges Perec, Que pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio
Alpha Decay, 2009. 88 páginas.
Trad. Mariso Arbués y Hermes Salceda.

Perec nos cuenta una historia simple, sobre las estrategias de un grupo de amigos para evitar que uno de ellos sea reclutado para luchar en la guerra de Argelia. A la vez el autor intenta meter el mayor número de figuras estilísticas disponibles sin que el resultado sea molesto.

Incluye un índice al final de todas estas figuras (ej. crasis, hipálage, marotismo…) que se acaba, misteriosamente, en la letra p.

Curioso divertimento que no está, en mi opinión, a la altura de otras obras del autor como La vida, instrucciones de uso o El secuestro

Pero los demás, en plan trágico:
—Esto, de coser y cantar, nada —dijo el primero.
—De divertido, poco —dijo el segundo.
—De gilipollas, mucho —dijo el tercero.
—Diantre de diantre —dijo el cuarto.
En lesumidas cuentas nuestla implesión final fue más bien desfavolable.
Y convinimos conjuntamente y de común acuerdo que, a todas luces, no era en demasía deseable que el individuo honorablemente conocido con el nombre de Pollak Henri pasase al volante de un vehículo automóvil que ni siquiera le pertenecía, por encima del o los pies de un individuo al que no conocía ni su madre, ni aun con el consentimiento previo y formal de este, dado que:
en primer lugar, podría hacerle daño, incluso mucho daño;
y que:
en segundo lugar, la justicia local casi castiga el estropiemiento o pedotomía voluntaria con el único objeto de no beligerar, tanto en lo que respecta al individuo que a ello se entregase con deleite como en lo que respecta a las personas que ostentoriamente lo ayudasen en su criminal proyecto, o a aquellas que, teniendo conocimiento de causa, no lo hubiesen notificado a las autoridades competentes.
¡Pero, cómo, por todos los cielos! ¿íbamos, nosotros, a dejar a un buen amigo en la estacada? ¿Se diría que nosotros, los colegas de Pollak Henri, éramos incapaces de socorrer precisamente a aquel que, como último recurso, había cometido la imprudencia de di-
rigirse a él, Pollak Henri, nuestro querido compañero, su cabo furriel, y sin embargo amigo, para que acudiese en su ayuda? ¿Se diría que incumplimos ese compromiso implícito asumido por uno de los nuestros —oh funesta incongruencia— en nombre de todos nosotros? ¿Se diría que la flor y nata de la intelligent-sia francesa (o sea nosotros) iba a ser cogida en falta, una vez más?
No, nada de eso llegaría a decirse.
Ya que, de común acuerdo, decidimos, con toda solemnidad, que, todos a una y con sigilo, romperíamos el brazo de Karajorguévich un día en que estaría de permiso, y que después ya contaría él que había resbalado con una piel de plátano en las escalinatas del metro de Opera y que, aunque no tragarían, él se plantaba ante el psiquiatra del regimiento y que, de él, se olvidan por un tiempo, y que a lo mejor los argelinos nos pondrán de verano y que la paz se firma.

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