Yasutaka Tsutsui. Estoy desnudo.

septiembre 14, 2017

Yasutaka Tsutsui, Estoy desnudo
Atalanta, 2009. 200 páginas.
Trad. Jesús Carlos Álvarez Crespo.

Incluye los siguientes relatos:

Estoy desnudo
Líneas Aéreas Gorohachi
El peor contacto posible
Maneras de morir
Articulaciones
El día de la pérdida
La ley del talión
La embestida del autobús loco

Ya comenté en otra entrada la agradable sorpresa que había sido el descubrimiento de este autor. En este caso la selección es todavía más afortunada, porque son los que Tsutsui considera sus mejores relatos. Y buenos son.

Estamos ante las antípodas de escritores como Murakami. Nada de personajes lánguidos y ambientes poéticos. Aquí hay humor negro, salvaje, irreverencia, situaciones imposibles. En un amplio espectro. Estoy desnudo nos cuenta las aventuras de un hombre que, tras una serie de desafortunados accidentes vaga desnudo por unas calles cada vez más frías. Gags basados en lo ridículo de la situación. Sin embargo en La ley del talión asistimos con horror a un incremento de violencia entre un preso escapado de la cárcel y un ciudadano anónimo que decide no ser una víctima.

En El peor contacto posible se nos presentan a unos extraterrestres que se comportan de una manera completamente irracional, y en Articulaciones es el complicado lenguaje de otra civilización lo que provoca unos malentendidos hilarantes.

Imaginación desbordante, situaciones muy originales, divertidas que hacen de este libro uno de los mejores que he leído este año. No es de extrañar que existan muchas películas y obras de teatro basadas en sus cuentos.


En los alrededores no había más que edificios con restaurantes y, a juzgar por las lámparas de cristal, tan sólo permanecían abiertos algunos bares de los sótanos y entresuelos. Únicamente se oían voces de gente borracha y, de fondo, el follón que armaban los cantos desafinados de un karaoke, pero cerca de la entrada estaba desierto. Habrá un váter, pensé. Entré corriendo en el entresuelo y descubrí uno en una esquina, al fondo de un pasillo estrecho y largo. Me metí precipitadamente en un lavabo de grandes dimensiones. Estaba sucio, pero era mucho mejor que el del parque. Además, incluso había papel higiénico de repuesto. Con ese abundante papel me sequé todo y, después de hacer mis necesidades, empecé a enrollármelo alrededor del cuerpo. Como no podía permitir que se me cayera, hice algunos nudos y me enrollé hasta la cara, las manos y los pies, para lo cual gasté dos rollos enteros de papel. En ese ínterin, vinieron dos o tres clientes del bar y tocaron a la puerta, pero yo los ignoré golpeando la puerta desde dentro con
los nudillos.
Me imaginaba perfectamente la pinta que debía de tener: un misterioso hombre-momia. Estaba claro que si me veía la policía, sospecharían de mí y me darían el alto. Como mínimo me imputarían un delito menor, pero ande yo caliente, ríase la gente. Pensé que fuera habría ya muy poco trajín, así que salí corriendo del lavabo y me propuse ir corriendo a toda velocidad, de un tirón, hasta los edificios de la zona de oficinas donde estaba mi empresa.
Una joven que salía achispada del bar se topó de cara conmigo en el pasillo que daba al váter. En la pared había colgado Un farol de color azul y, al verme con el aspecto de hombre-inomi.i iluminado por esa luz, se le heló la sangre. Yo debí de D< inri c.ira de pavor. La joven se puso a cantar un aria con voz espantada y se desmayó. Se derrumbó y se estrelló la frente contra el suelo de hormigón. Su cuerpo se quedó hecho trizas. Salí precipitadamente a la calle preocupado por si ella pudiera haber sufrido una contusión cerebral. Pero yo no era de los que piensan mucho en los demás. En cuanto empecé a correr por las callejuelas, se puso a llover. Como es de suponer, el papel higiénico está pensado para que se disuelva con el agua, así que poco después la superficie enrollada en varias capas que llevaba encima se empezó a escurrir viscosamente como si fuera un lodo residual de color blanco. Había elegido una calle oscura en la que no había restaurantes ni bares, pero el caso es que me iba topando esporádicamente con algunas personas. Un hombre joven que debía de haber estado haciendo horas extras salió por la puerta de atrás del edificio, abrió el paraguas y, al salir a la calle, estuvo a punto de darse un encontronazo conmigo. El tipo, que parecía muy apocado, se me quedó mirando unos momentos con rencor y, sin decir ni pío, se cayó de bruces en un charco. Con eso me pude hacer una idea de la pinta que debía de tener. La verdad es que quería hacerme con la ropa y el paraguas de ese joven, pero me percaté de que empezaban a salir sus compañeros de trabajo, de modo que sólo pensé en huir inmediatamente. Mientras seguía corriendo en medio de aquella persistente lluvia helada, se me empezó a nublar la vista. Me entró dolor de cabeza y notaba que la temperatura de mi cuerpo iba en aumento. Sin duda estoy enfermo, pensé. Seguro que he pillado una pulmonía. Aun así, debía seguir corriendo. Mis fuerzas estaban llegando al límite. Pronto la lluvia empezó a mezclarse con auténtico hielo. Sólo me quedaban algunos fragmentos de papel higiénico adheridos a alguna que otra parte del cuerpo, y la fría aguanieve me caía directamente. Perdí el equilibrio varias veces. A lo lejos, como una silueta negra, se divisaba el conglomerado de edificios de la zona de oficinas.

2 comentarios

  • Sílvia septiembre 14, 2017en8:34 am

    Sort que has dit que no eran languidos. Me l’apunto per llegir.

  • Palimp octubre 2, 2017en11:48 am

    Son muy gamberros 🙂

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