Yasutaka Tsutsui. Hombres salmonela en el planeta porno.

julio 27, 2017

Yasutaka Tsutsui, Hombres salmonela en el planeta porno
Atalanta, 2010. 184 páginas.
Trad. Jesús Carlos Álvarez Crespo.

Incluye los siguientes relatos:

El bonsái Dabadaba
Rumores sobre mí
El límite de la felicidad
El mundo se inclina
El último fumador
Hombres salmonela en el planeta Porno

Un libro con semejante título por fuerza llama la atención. El autor es muy conocido es Japón y sus cuentos han servido de guiones a varias películas -algunas las conocía. Se incluye una entrevista al final que proporciona información interesante.

Sólo un cuento no me ha gustado, El mundo se inclina, tanto por la historia como por cierto olorcillo machista. El resto no tiene desperdicio, aunque mi preferido es el primero. Un bonsai provoca sueños eróticos en quien lo tienen en la habitación y estos se irán intrincando con la realidad hasta llegar a un desenlace digno de Borges. El límite de la felicidad es capaz de dejarte mal cuerpo. En Rumores sobre mí un don nadie acapara la atención de los medios de comunicación. En El último fumador la presión sobre los fumadores llega a extremos de violencia -y no va muy desencaminado. El que cierra el volumen, sobre unos científicos que investigan un planeta donde todas las especies provocan placeres e incitan al sexo es un desparrame de inicio a fin.

Muy recomendable.

El día señalado, me quedé de piedra al entrar en el vagón número cuatro de fumadores del tren bala Hikari.4 Los asientos estaban hechos unos zorros y las ventanillas cubiertas de hollín. Algunas estaban resquebrajadas, para más inri, y se mantenían en su sitio con la ayuda de pequeños trozos de cinta aislante. El suelo estaba cubierto de basura, y el techo tenía una espesa capa de telarañas. En este asqueroso vagón había siete u ocho fumadores. A través de los altavoces se podían oír los tenebrosos acordes del Concierto para piano en la menor de Grieg.
Los ceniceros que había junto a los asientos estaban atestados de colillas, y era obvio que no habían visto un aspirador desde hacía mucho tiempo. En las puertas que había en ambos extremos del vagón colgaban unos carteles que rezaban: «Prohibido el paso a otros vagones». El lavabo al final del vagón era un simple agujero en el suelo que daba a una tina. Al mirar por el agujero pude ver un montón de excrementos. En el lavabo no había grifos. Sólo una taza de hojalata encadenada a la pared con una bomba de agua manual. Me quedé tan patidifuso que decidí cancelar mi compromiso y bajarme en la siguiente estación. De allí volví a casa en taxi. Al fin y al cabo, si las cosas ya estaban tan mal, ¿quién sabe lo que me podía esperar en la fiesta o en el hotel?
Los estanqueros urbanos pronto fueron condenados al ostracismo por las comunidades a las que servían. Uno tras otro, mis suministradores locales cerraron sus negocios, obligándome a andar distancias cada vez mayores para hacer las compras. Al final, sólo quedó un estanco en mi barrio.
-¿No me diga que usted también tira la toalla? -le dije al vejete para asegurarme, y añadí-: pero si lo hace, ¿podría traerme a casa lo que le quede?
Y eso es lo que hizo exactamente esa misma noche.
-Me retiro -dijo, a la vez que me entregaba el lote. Parece que estaba esperando la oportunidad de cerrar. Cuando dije lo
4. Los modelos más famosos del tren bala japonés o sbinkansen son el llamado Kodatna («eco»), el Nozomi («deseo, anhelo») y el que aparece en este cuento, llikari, que significa «luz, fulgor». La primera línea se inauguró el 1 de octubre de 1964 con motivo de las Olimpiadas de Tokio.
que dije, no perdió la oportunidad, recopiló sus existencias y cerró la tienda.
La discriminación contra los fumadores se hizo extrema. En Occidente ya habían logrado prohibir fumar por completo. Nosotros, en Japón, nos quedamos rezagados, como de costumbre. Se seguía vendiendo tabaco y la gente seguía fumando. Los no fumadores lo consideraban una humillación y empezaron a tratar a los fumadores como seres infrahumanos. Algunas personas que fumaban abiertamente eran apaleadas en las calles.
Existe cierta teoría que asegura que la nobleza del alma humana siempre evita que este tipo de locura se vaya de las manos. Siento disentir. Puede que las opiniones varíen sobre lo que significa «escaparse de las manos». Pero si echamos una mirada retrospectiva a la historia humana, encontraremos innumerables ejemplos de esa locura que simplemente condujo a mayores formas de extremismo, como es el caso de los linchamientos o asesinatos en masa.
La discriminación hacia los fumadores creció rápidamente al nivel de la caza de brujas. Pero era difícil de controlar, precisamente porque los discnminadores no consideraban que sus acciones fueran una locura. La crueldad humana no es nunca tan extrema como cuando se comete en nombre de una causa elevada, sea ésta la religión, la justicia o el bien. En nombre de esta moderna religión de la «salud», y aun enarbolan-do la bandera de la justicia y el bien, la escalada de la discriminación contra los fumadores pronto llegó al asesinato. Un conocido fumador compulsivo fue destrozado en la calle y a plena luz del día por una banda de diecisiete o dieciocho amas de casa histéricas que estaban en un centro comercial y dos policías. La víctima se había negado a dejar de fumar a pesar de las repetidas solicitudes que había recibido. Se decía que, mientras moría, la nicotina y el alquitrán le chorreaban por los agujeros que le habían provocado las balas y los cuchillos de cocina.

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