Alberto Olmos. A bordo del naufragio.

Julio 26, 2017

Alberto Olmos, A bordo del naufragio
Anagrama, 1998. 174 páginas.

Un joven universitario arrastra su angustia de perdedor por las calles de Madrid. La huída el pueblo no ha resultado ser lo que esperaba.

Esta novela fue finalista del premio Herralde perdiendo frente a lo que probablemente sea una de las grandes obras del siglo XX, Los detectives salvajes. Mucho contra lo que competir.

Alberto Olmos escribe muy bien, incluso entonces cuando era joven. Pero no es suficiente para sostener una historia que no lleva a ningún sitio. Los soliloquios de esta vida gris apenas en ocasiones despiertan interés. La novela El síndrome de Ulises tenía una prosa mucho peor y los personajes acartonados, pero por lo menos el protagonista follaba. Aquí no se hace ni unas pajas.

En la contraportada nos dice que está lejos de la juventud crápula, y a la mitad del libro te gustaría que no fuera así. Me dio una pereza infinita acabarlo. Pero ojo, que el autor tiene libros que están muy bien.

¿Qué vas a hacer? Puedes hojear libros, qué otra cosa si no. Eres el gusano de las bibliotecas. Entras en ellas como en una manzana, dispuesto a comértelas por dentro. Y nunca quedas saciado. Lo curioso es que no hay gente que más odies que los que se pasan la vida leyendo libros. Pessoa, ese nombre aparece en tu cerebro. Tienes que leer algo de Pessoa. No sabes con exactitud quién es. Ni siquiera sabes de qué país ha salido. (Es lo malo del autodidactismo: las lagunas.) Le supones portugués, porque eso de que la suma y conjunto de la literatura portuguesa apenas es literatura y casi nunca portuguesa y de que cuando no es auténtica basura, debería serlo, para ser algo al menos, sólo tiene gracia dicho por un portugués. Buscas en los carteles la literatura portuguesa, pero no la encuentras. Hay alemana, italiana, colombiana…, pero no portuguesa. Lo cierto es que Portugal está aquí al lado y, sin embargo, sabes más de China que de él. Escoges varios libros de la estantería que tienes más cerca y te sientas a hojearlos. Te arrimas uno a la cara y lo hueles. Te gusta oler los libros. Te gusta tocar los libros. No puedes concebir una novela cuyo formato no sea el libro. Te gustaría ver a alguien olfateando un texto en una pantalla o escribiendo dedicatorias en un cd-rom. La tecnología y el progreso están bien, pero que estén bien no significa que tengan que joderlo todo. Tú crees que hay que dejar algo de suciedad en los rincones. La informática es tan limpia que te da ganas de vomitar. De hecho, en estos momentos no te encuentras demasiado bien. Pero no le vas a echar la culpa a la informática. No hay ni un solo ordenador en diez metros a la redonda. La cosa viene de atrás. Como si una náusea vital fuera escondiéndose en los pliegues de tu alma esperando el día apropiado. Quizá hoy sea el día apropiado. ¿A qué te
refieres? No lo sabes. En realidad no sabes nada. Lanzas ideas y citas a voleo porque no puedes dejar de hacerlo, pero eso está lejos, muy lejos, de ser un discurso coherente y constructivo. Te da igual. La coherencia es para los tipos coherentes y la construcción para los tipos constructivos. Lo único que has construido en tu vida fue una cabana en el pajar de tu abuelo, y te la tiraron al tercer día. Entonces decidiste no fabricar nada fuera de tu cabeza, así nadie podría destruirlo (sí, eras un ingenuo). No hay nada en tu cabeza, ninguna construcción, ningún andamiaje de ideas, ningún conglomerado de conceptos. A menos que consideremos como tal la gran mentira que es tu vida. También es verdad que mentirse a uno mismo tiene su mérito, necesita un esfuerzo constante, algo de creatividad; pero como todo el mundo lo hace, al final volvemos a lo mismo: que eres un mierda. Puedes profundizar en la siguiente cuestión: ¿qué clase de mierda soy? Pero es una estupidez. El caso es que eres un mierda y que haya mierdas mucho peores que tú no te libra de ser un mierda. Estás en una biblioteca medio vacía, es decir, que eres un mierda del tipo rata de biblioteca. Eso es lamentable, muy lamentable. Si fueras un mierda del tipo pastillero o del tipo aprobador-conformista-que-toma-sólo-cerveza, estarías mejor considerado que como rata de biblioteca. Y, para acabar de crucificarte, tenemos que aun siendo un rata de biblioteca eres incapaz de encontrar un libro de Pessoa. Te levantas e inicias una nueva búsqueda. Te das de bruces con el muro de la literatura española. No tienes un concepto muy alto de las letras nacionales. No te gusta El Quijote, no te gusta El Buscón, no te gusta Juan Ramón Jiménez. Quizá tu antipatriotismo es pura irreverencia, infantilismo, deseo de trasgredir, de ser iconoclasta.

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