Pola Oloixarac. Las constelaciones oscuras.

julio 25, 2017

Pola Oloixarac, Las constelaciones oscuras
Mondadori, 2016. 240 páginas.

Historia que mezcla hackers, virus, asociaciones gubernamentales secretas, extraños insertos decimonónicos que nos hablan de extraños seres mitad animales, mitad plantas, visiones de un futuro donde la biología y la informática se darán la mano…

Tenía ganas de ver por donde evolucionaba la autora después de Las teorías salvajes, que me gustó pero no me acabó de convencerme. Y lo que opinaba entonces sigo opinando ahora: páginas memorables, buena prosa, pero la estructura no me acaba de convencer. Viendo que la historia se repite puede ser que estemos en la post-narración y yo no me haya enterado.

Sobre los conceptos de qué se hablan en el libro y la posibilidad de ciertas interacciones biologicocomputacionales pues habría mucho que hablar. Algunas cosas tienen sentido pero otras ninguno.

Los libros de esta autora me siguen pareciendo interesantes.

Otro grupo de testosterona eran los alpinistas, esquiadores, escaladores, convocados por el paraíso resurgente de bosques húmedos y ríos serpenteantes de truchas, lagos interminables y bosques de coniferas. Aunque pertenecían a grupos diferentes que se intersectaba poco, el atuendo montañés, el aire patagónico de hombres rurales, los volvía muy parecidos. Según su teoría personal, los grupos de testosterona concentrada terminaban disolviendo los rasgos exteriores de hombría; pasaba en el fútbol y en la compañías. En su universo de trabajo, esto se volvía evidente en nerds que desarrollaban voces finitas y acentuadas formas mamarias; pero todavía quedaban algunos compañeritos por revisar.
Piera conectó el time lapse del video de inducción. Dejó a un costado el té y abrió la pantalla de Darknet, a la que había adiestrado para que no guardara ninguna trayectoria de su conducta. Puso cinta sobre la cámara de skype por si había alguien espiando (ocurría seguido) y puso YouSuXXX. Se
colocó los anteojos especiales y cerró los ojos. Dos dragones de Komodo de piel negra y rayas tornasoladas acometían a una rubia muy flaca, completamente desnuda excepto por las zapatillas blancas. Piera hizo algunos gestos en el aire; la rubia se paró y sonrío a los dragones. Los dragones se acercaron lentamente, por momentos tenían caras y manos humanas. En el centro de la acción, la rubia había prácticamente perdido la conciencia, el pelo pegoteado de sudor; las serpientes negras se escondían en ella, hambrientas, saliendo para tomar aire. Piera empezó a masturbarse frotando un tubo de desodorante sobre la tela suave de su ropa interior. Al rato, los dragones empezaron a ralentizar los movimientos, y se turnaron para exprimir las serpientes en su pequeño ano; tembloroso de jugos, luego empezaron a escurrirlo. Jugos blancos bajaban desde el agujero por la cama hasta tocar la alfombra. Distraída, Piera identificó la presencia del moneyshot, y por tanto el fin cercano; puso el cursor desde el principio. Un documento había llamado su atención.


En el contexto del Proyecto, tanto Estromatoliton como la plaga de ratas adquirían una suerte de equilibrio emocional, una meseta de triunfo que no se condecía con lo que sabía o pensaba que sabía de Max. ¿Había cambiado para siempre? ¿Había dejado de ser un general del caos para volverse un soldado del capi-tal, uno más? ¿El también?
Estuvieron callados unos minutos; en el otro extremo de la terraza tomaban fotografías con un Stártmcket, el instrumento orbital para seguir las estrellas en el espacio, dibujando los mapas del cielo que hacían las ratas antes de morir.
—Cada vez sabemos más de las cosas, las manipulamos mejor —dijo Max, como retomando una conversación que nunca terminaba—. Y cada vez nos son más extrañas. Se alejan —hizo un gesto vago hacia el valle atravesado por los haces verdes—. Llegas al punto máximo de tu ciudad neuronal, y no estás en ninguna parte. Dios no puede saber lo que hacemos, porque lo creamos nosotros. El código es humano puro, no participa de una realidad platónica de la matemática. Dios no sabe lo que hacemos —tiró una bellota lejos.
—Hay que verlas como las constelaciones oscuras, como llamaban los incas a su sistema de cielos, que definían en términos de los intervalos de oscuridad entre las estrellas, las formas interiores de unos perímetros brillantes. Lo que arma el espacio significativo no es el contorno, no son los puntos brillantes, no es la presencia de luz, la luz es el ruido en las constelaciones oscuras. Los que significan son los espacios negros entre los puntos. Cada vez sabemos más, tenemos más información, pero desde el punto de vista de las constelaciones oscuras, desde el fondo perdemos de vista el contorno.
Cassio lo miró dar una bocanada lenta y profunda.
—Vivimos en una época tan poseída por los demonios que sólo podemos practicar la bondad y la justicia en la más profunda clandestinidad —murmuró Max—. Descendimos tanto a la oscuridad que ya no se separa de nosotros. No hay luces afuera del sistema. La clandestinidad es el único sistema.

2 comentarios

  • ericz julio 25, 2017en7:01 pm

    Yo no me animo todavía con esta autora. Sospecho que voy a pensar parecido.

  • Palimp septiembre 4, 2017en9:39 am

    Creo que su escritura merece la pena, pero está llena de altibajos.

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