Meetup literario: fin de temporada.

Julio 19, 2017

Después de un año de reuniones en las que hemos hablado de literatura, nos hemos recomendado libbros y hemos escrito más de cien relatos, el meetup cierra (casi) la temporada.

El sábado pasado hicimos una cena de despedida hasta la temporada siguiente. Asistimos trece personas y se leyeron los relatos anónimos cuyo tema era Un polvo memorable. Después nos fuimos de copas y unos pocos valientes aguantaron hasta las seis de la mañana.

En septiembre volvemos a la carga, indicaremos fechas en el Meetup y por esta página. Les dejo con los relatos que se leyeron y les esperamos a la vuelta de vacaciones.

Un polvo memorable

Todo era muy romántico. Estábamos en una cala preciosa, escondida. La luna, casi llena, iluminaba nuestros cuerpos desnudos. Acabábamos de salir del mar, y, todavía mojados, empezamos con los preliminares. Un momento precioso.

La toalla era demasiado pequeña y rodamos por la arena, entre risas. Como dice el cliché, dimos rienda suelta a nuestra pasión. Y ahí, ahí empezó todo.

La arena se había metido por todas partes. Incluyendo la zona genital. El frote era, a veces molesto, a veces doloroso. Y además la sal que llevábamos encima, que parecía que teníamos la piel de papel de lija.

Ninguno de los dos dijimos nada, supongo que por no romper la magia del momento. Pero estuve toda la semana con escozor. Lo tengo siempre en la memoria y es un consejo que os doy gratis: cuidado con follar en la playa.


Covacha baja: aventuras de un explorador moderno
Mis recuerdos me transportan a aquella vasta región del Sur. Una erizada vegetación, muy frondosa, protege el lugar.
Cualquier explorador como yo, sabe que esta región esconde uno de los secretos de la vida, el monte de venus. Pero no todos saben llegar hasta aquí.
¿Cómo se puede llegar al lugar si la vegetación tan frondosa tapa todo cuanto rodea?
Hay un truco. Cuando el viento sopla en estas latitudes espolvorea en el ambiente un rico olor a mar, recuerda a los animales marinos recién pescados. Esa es la senda a seguir…
El camino se estrecha y debo separar la maleza con las manos, en cualquier momento encontraré el promontorio sagrado. Sin embargo, la sed aumenta, pues a medida que avanzamos aumenta la temperatura.
¡Ahí está! ¡Clitordiam, el promontorio sagrado! Me paro y me amorro a la pequeña protuberancia. En ella, hay pequeñas gotas del maná de los dioses, suficiente alimento para continuar la búsqueda. Inspiro y comienzo a lamer esas pequeñas gotas adosadas al promontorio. La tierra tiembla. Es buena señal.
En ese momento, la cueva se abre ante mis ojos, rezuma un olor marino, un antiguo olor a vida.
«He llegado. Estoy… en covacha baja».


Soy virgen. No tengo ningún polvo que rememorar. Pero si tengo suerte con esto de los meetups ya os lo contaré en la próxima.


¿Sabíais que una mujer puede tener varios orgasmos seguidos? ¿Sí? Pues yo, cuando joven, era tan tonta que no lo sabía. Con mi novio lograba llegar una vez sí, una no. Mis amigas más o menos igual. Menos una, cuyo nombre no comentaré, que me explicó que ella no sólo siempre llegaba, sino que lo hacía más de una vez.
Yo eso lo quería probar. Mi novio descartado, que no todo valemos para lo mismo. Busqué la ocasión perfecta, puse velitas, luz tenue… y lo logré. Esa noche me corrí cuatro o cinco veces. Las piernas me temblaban, no me podía poner de pie. Una gozada.
Ese fue un polvo memorable, aunque lo tuviera que echar conmigo misma.


Para Antonio había llegado su momento preferido de la primavera, cuando se cogía una semana de vacaciones. Hacía tres años que se metía en el viejo barco de su padre y navegaba hacia un puerto de algún pueblecito perdido y apenas conocido, de esos que no están llenos de turistas. Haciendo de su barco su acomodo de día y de noche, dedicaba esa semana a pasear por el pueblo y a conocer las zonas cercanas, los bosques, las cautas, algunas ermitas olvidadas y cualquier paraje en que su alma reposaba y podía leer, pasear, pensar, ensimismarse. Uno de sus ratos más placenteros era cuando regresaba al barco y se ponía a preparar la cena, con una buena música de fondo y una copa de un vino local, barato pero auténtico y sin pretensiones. La noche del martes, como una noche más, se dispuso a salir a dar una vuelta por el humilde muelle y acabar luego tomando un trago en la taberna del pueblo en donde se reunían los mayores del lugar y algún que otro turista, y explicaban anécdotas y rumores. Esa noche había allí una pareja de mediana edad: reían entre ellos y de las historias de los ancianos. Ella lo saludó espontáneamente y le dijo que lo había visto antes en el muelle, saliendo de su barquito. AAntonio quizá le pareció algo burlón el modo de mencionar su barco, pero después comprendió que, junto a la goleta de la pareja, el suyo parecía de papel. Una copa de champán, champán era la bebida que le ofreció la pareja al entrar en su velero. Se sentó junto a ellos en un sofá de terciopelo rojo y no vio el momento de levantarse, para despedirse, no vio llegado ese momento o quizá se quedó adormecido por el champán. Entonces la mujer se desperezó y se desplomó en la cama contigua, se roció con perfume y encendió una vela de incienso y canela. Antonio quería irse, pero el hombre se mostraba cordial, sosegado, muy relajado, acogedor. Siguieron durante unos minutos con el champán y ia música, sin hablar casi. Cuando Antonio voivió ei cueiio se encontró a la mujer rodeada de cuatro chicas jóvenes, serviles, sonrientes. Complacidas, estaban masajeándole los pies, las manos y los pechos con un crema untuosa de efecto brillante. Antonio apenas se sintió intimidado, ya que la pareja transformaba la escena en algo doméstico, cotidiano. El goce de la mujer iba en aumento cuando el hombre y Antonio se acercaron a ella y la acariciaron. Una de las jóvenes complacientes estaba lamiendo la vulva de la mujer y hasta allí descendieron el hombre y Antonio, como quien baja al Averno. Un volcán candente se estaba encendiendo entre los muslos de la mujer, que seguía gozando con los masajes en las extremidades. El hombre hizo un gesto con el que parecía invitar a Antonio a un lugar agradable y hermoso. Antonio se puso frente al paisaje íntimo y, con determinación, hundió su sexo en aquella hendidura rosada y salibante que se lo tragó y lo presionó. Luego hizo lo mismo por la otra entrada, que encontró dispuesta y acogedora. Después se alternó con el hombre, también decidido a entrar en el jugoso local. En el momento en que reptaba un dulce calor en el interior de Antonio, una de las jóvenes serviles y complacientes colocó su miembro justo encima de la copa de champán, en donde el esperma se derramó en un baile burbujeante de brillos. Poco a poco, la mujer se recostó, agarrró la copa con la mano sudorosa y se la bebió arrebatadamente y con furia. Antonio hizo un ademán de levantarse, pero una de las complacientes jóvenes se dedicaba a masajearle los pies, mientras la otra le amasaba las manos con una crema que desprendía un fuerte olor a fresa. Pensó en la vida como un camino, pensó en el tópico de los amores en los puertos, pensó en el cielo y en el infierno y en los volcanes, pero no pudo pensar mucho más porque… otra vez la vista se le estaba nublando.


Teníamos el piso para nosotros solos y aprovechamos la oportunidad. Nos encerramos en la habitación porque teníamos muchas muchas ganas. Recién habíamos empezado la relación y nos buscábamos como animales en celo. Disfrutábamos de nuestros cuerpos, también ese día. Ahora arriba, ahora abajo. Gozando como bestias, gritando como locos. Dame más, toma. Así, así, no te pares. Explosión de placer. Sí sí SIIIIIIIIIIII.
Nada más acabar, aplausos y gritos ¡Bravo! ¡Muy bien! ¡Otra, otra! Mientras estábamos a lo nuestro los compañeros de piso habían vuelto: iban a un concierto que se había suspendido. Menuda pillada. Yo no quería ni salir. MIra si han pasado años, y todavía me acuerdo. Lo peor es que seguro que ellos también.


Las primeras veces son especiales. La primera vez que hice manitas me subió electricidad por los dedos. Los primeros labios que se besan tienen un sabor a rayo de sol que no vuelve a repetirse. Mi primer orgasmo en solitario fue tan sorprendente y espectacular que todavía pienso que todos los que he tenido después son un pálido eco de un placer que no volveré a sentir.

Estábamos en casa, y podíamos haber ido a la cama, pero nos pilló el calentón en el cuarto de baño. Lo hicimos sobre la taza del váter. La sensación fue nueva, sorprendente. ¿Por la posición? ¿Por el momento? No lo sé. Pero fue un polvo increíble.

No he vuelto a tener la misma sensación, aunque he repetido el lugar en varias ocasiones, incluyendo el baño de una discoteca en otro polvo digno de mención que os explicaré si la ocasión se repite. Pero no lo he hecho con la misma persona, mi pareja de entonces está en la distancia y el olvido y veo imposible proponer repetir la experiencia.

Me consuelo pensando que fue, como las otras, una primera vez. He dejado de repetir esa postura, y me he lanzado a probar cosas nuevas. Si vuelvo a tener una sensación semejante, seréis los primeros en saberlo.


No se había depilado, pero si no cedía pensaría que era una estrecha o que no tenía interés en él. Tampoco era normal que sus padres salieran de casa un viernes por la noche, así que abrió la puerta en cuanto él le dijo por el móvil que estaba afuera. José no perdió tiempo en saludarla. Entró, le levantó la falda, la empujó contra la pared, le apartó las bragas y le metió los dedos en la vagina. María se retorcía gimiendo, estirando la mano hacia el equipo de música. Detuvo a José y puso el volumen tan alto como pudo, antes de que el mando se le cayera al suelo. Él la empujó contra la pared, se desabrochó el pantalón, la cogió por las nalgas y le metió el pene. María temía que sus padres volvieran antes de tiempo, pero no podía parar y comprobar si la llave estaba en la cerradura para impedir que nadie la abriera desde el otro lado. Seguía gritando. José la empujó contra la mesa, le levantó la camiseta y le chupó los pezones mientras ella suplicaba que volviera a metérsela. María lo apartó, se agachó y se metió el pene en la boca. José estaba en pleno éxtasis, sacó el pene de su boca, la apartó, la empujó contra la mesa y se lo metió desde atrás en la vagina mientras ella miraba por la ventana y veía a su vecino moviendo los brazos y girando el índice alrededor del oído.


¿Recordar? ¿Y por qué alguien querría recordar algo tan sucio? Bastante desgracia es tener que soportar el apetito animal, contrario a las leyes divinas, que debemos satisfacer con vergüenza y premura. Pero ¿recordar? ¡Olvidar, indecentes pervertidos! ¡Olvidar! Olvidar que hemos pecado. Olvidar esos cuerpos turgentes, esos senos desnudos, el calor de un sexo húmedo envolviendo la dureza de un miembro. ¡Hostias! ¡Ya me he corrido! ¡Otro pecado a la lista! ¡Maldición para el meetup y sus consignas!


Hay gente que cuando le preguntas por su primera vez, su respuesta se pierde en recuerdos borrosos debido normalmente a los efluvios vaporosos del alcohol, o sencillamente por el olvido que conlleva el paso del tiempo. En mi caso, no creo que suceda nunca ese olvido, de hecho fue tan extraño todo, que el recuerdo se ha grabado en mi mente creo a perpetuidad. Y visto desde la actualidad, me parece que todo lo que sucedió aquella noche fue tan insólito, que hasta tiene un punto de comicidad por lo absurdo que ahora me parece.

Lo contaré un poco por encima, que para recrearme en los detalles sexuales sería mejor entrar en el formato relato que no el de mis recuerdos, pese a que ya sé la decepción de todos los que me escuchéis ahora.

Por aquel entonces yo era adolescente y mi pareja tenía unos cuantos años más que yo. Un amigo de mi pareja había montado una exposición de arte en un local hacía ya unos cuantos días, y mi pareja me dijo de ir a verla. Cuando llegamos nos encontramos algo bastante extraño: el lugar era una especie de discoteca que estaba en algún rincón del barrio del Born, en su interior sonaba música industrial, y recuerdo que las paredes del local estaban recubiertas de planchas de metal. Del techo colgaban unas cuerdas que sujetaban los cuadros con los que el artista había montado la exposición.

El local tenía también una barra de bar, pero como aún no era demasiado tarde, el sitio estaba prácticamente vacío o al menos yo lo recuerdo así. Imagino que unas horas más tarde un mundillo de artistas bohemios, hipsters o punks, aparecerían por ahí para tomar alguna copa o bailar, pero como ya digo era media tarde y a aquella hora allí no había nadie.

Nos besamos como ya habíamos hecho otras veces, y buscando un rincón donde desatar nuestras caricias, vimos que en un lado de la sala había unas escaleras que por la opaca barandilla de metal quedaban sus escalones algo escondidos a las miradas de extraños. Así que a lo tonto a lo tonto fuimos subiéndolas sin saber a dónde nos llevarían, sencillamente buscando cada vez más intimidad.

Y aquí viene el detalle extraño, al subir las escaleras nos encontramos sorpresivamente con una especie de sala en la que el mueble principal era una gran cama que tenía forma de corazón de color fucsia. La explicación que yo le doy es que seguramente la habrían utilizado para hacer algún tipo de performance, u otra posibilidad es que sencillamente aquella sala estuviera preparada para que en ella se desarrollaran algún tipo de juegos sexuales de alto voltaje. Realmente el misterio de lo que hacía allá aquella extraña cama siempre me quedará.

En lo que a mí respecta es que en aquella penumbra (ya que solo llegaba algo de luz de la discoteca de abajo) y con la música industrial resonando a todo volumen nos acostamos sobre el pavimento e hicimos allí el amor; con furia y con ternura ¿Y por qué no nos acostamos sobre la cama? Pues no sabría decir exactamente el por qué. Creo que la pasión hizo que no llegáramos hasta ella, y creo que también los dos vimos que la cama estaba allí más simbólicamente, que no como algo que nos perteneciera y que pudiéramos utilizar.

Y así es como yo perdí la virginidad.


Todos. Los recuerdo todos. Antes lo apuntaba en una libreta, ahora uso el excel. Mucho mejor, donde va a parar. Puedo hacer gráficos y estadísticas. Apunto el nombre de la pareja, el lugar, número de orgasmos (míos), tiempo empleado, originalidad y una valoración global. También comentarios cuando la ocasión lo merece. Una postura nueva,uso de drogas recreativas, un lugar exótico.

He revisado la tabla y memorables (entendiendo como tales los que tienen una puntuación de 9 o más, o con comentarios extensos) tengo 37. Es difícil escoger uno de ellos. Me decanto por el número 74 del global (cuarto de la lista de 37). Valoración global, un 9.7 -excelente- la pareja no la voy a decir, claro. Una hora y doce minutos de coito. Drogas empleadas, una variedad de marihuana que curiosamente era afrodisíaca. Lugar, subidos a un árbol, lo que provocó una serie de posturas originales que veo difícil repetir si no es en la cima de otro árbol. Número de orgasmos: tres.

Sí, creo que si no es el más memorable, poco le falta. Además, no nos caímos, lo que le da un plus en el apartado de equilibrismos que, por desgracia, no tengo como columna en el excel. Los ordenadores, por mucho que avancen, no van a ser capaces de catalogarlo todo.


Me desprendo de mi camiseta, lo primero, pasándola por encima de la cabeza y tirándola a! suelo. Me acaricio el sujetador negro con algo de encaje y paso las manos por mi cintura, acariciándola y desabrochándome los téjanos. Me libero de ellos con facilidad y me quedo en ropa interior. Abro el agua de la ducha, caliente, muy caliente, noto que los poros de mi cuerpo se abren al paso del vapor del agua.
Cierro los ojos ante el espejo y los abro para fijarme en mí; me acaricio mi largo pelo rubio con placer, pasando las manos por mí cuello suave y sorteando el sujetador, llegando a la goma de las braguitas negras y sonriendo juguetona y sonoramente. Me doy la espalda y me miro; mi piel es pálida y contrasta con el color de la ropa interior que ahora quiero quitarme. Mis manos van delicadamente al cierre del sujetador y con un “elide” lo abren, y sin darme la vuelta, me veo cayéndose los tirantes de la prenda por los hombros y resbalar hacía e! suelo después. Me acaricio los omóplatos, los hombros y pongo las manos en mis pechos, sintiendo un tierno placer. Hace frío y noto que mis pezones están más sensibles de lo normal. Me doy la vuelta y me cojo los pechos, midiéndolos, tocando su firmeza e intentando rozar poco los pezones para evitar dolor; mi sensibilidad es muy alta ahora. Me sonrío y me los acaricio cada vez más rítmicamente, amasándolos, produciéndome un gran placer que me hace cerrar los ojos y suspirar.
Mis dos manos van directas hacia la curva de mi cintura y hacia mis nalgas, acariciándolas suavemente, siguiendo el contorno de mi culo y sintiendo la calidez y la suavidad de mi piel. Mis dedos pasan por debajo del elástico con encaje de las braguitas y las bajan, ayudándose de uno de mis pies. Suspiro, ansiosa de mí misma, y me miro a los ojos, tengo una mirada atrevida, juguetona y excitada en mis ojos de un gris verdoso, y mis labios han enrojecido. Llevo la mano derecha a mi pubis, suave con una fina línea de vello rubio, casi transparente, en su centro, y me lo acaricio mientras la mano izquierda vuelve a mis pechos. Sin pensarlo más, entro en la ducha, levantando una pierna y notando cómo mis nalgas y mis labios vaginales se separan al hacerlo. Un escalofrío de placer me recorre el cuerpo y el sentir el agua caliente en mis pies me abre el apetito aún más. Mi mano derecha se desliza por mi pubis hasta que me recuesto en la pared y cierro los ojos, sintiendo el agua caer por mi espalda y mi rostro; entonces, con mucha lentitud, uso la mano izquierda para separarme los labios y con ¡a derecha me empiezo a acariciar mi sexo, húmedo y caliente, resbaladizo por mi excitación. Es suave y agradable, y sin poderlo evitar, mi mano izquierda se abre paso para que un dedo me penetre lentamente. Ahogo un gemido de placer, siento cómo me lleno con cuidado, y mi mano derecha empieza a tocarme el clítorís con cuidado, por encima para no hacerme daño, presiono evitando frotar y me acaricio con lentitud pero con fuerza. Mis pequeños sollozos empiezan a sonar suaves, rítmicos, de mi boca se escapa una sonrisa maliciosa y mis piernas flaquean. Mi mano izquierda sigue penetrándome con el dedo corazón y cada vez con más fuerza, arrancándome gemidos desde lo más profundo de mi garganta, y el dedo anular me acaricia el orificio trasero, por lo que suelto un gemido largo, penetrándome con él también. Mí mano derecha ha pasado de ser lenta a ser rápida, pero sé que no puedo tener un orgasmo aquí, sé que si llego al climax me caeré porque perderé la fuerza en las piernas, así que, como una exhalación, salgo de la ducha, del baño y me tiro en mi cama, mojada y caliente, y vuelvo a penetrarme ambos orificios con los dos dedos mientras mi mano derecha me hace empezar a gemir con más fuerza.
Noto olas, mi pelvis se alza y mi mano me duele, pero noto inmensas olas de placer que me ahogan, mis ojos se abren y al sentir tanto placer grito, como si me estuvieran arrancando el alma, pero no lo puedo evitar, muerdo la almohada pero es inútil, mis manos arañan la pared de encima de la cama o las sábanas con desesperación, me araño a mí misma dejando en mi cuerpo marcas de arañazos llenos de mis flujos. Aprieto las piernas, conteniendo el placer, y consigo dejar de gritar, ahora gimo y mi cuerpo ha dejado de arquearse, ahora convulsiona pese a que mis fuerzas han quedado reducidas a cero.


La memoria es una puta caprichosa. Una mentirosa que reconstruye los hechos y les aplica un filtro que embellece la realidad. Una app biológica encriptada en los genes. Luego hablas con los amigos de juventud en estas reuniones estúpidas que están tan de moda y constatas que todos recordamos cosas diferentes. También al revés, realza las aristas de cosas que quieres olvidar y no puedes aunque vaya pasando el tiempo. Te vienen a la cabeza ridículos de hace años, que ya han prescrito, pero te ruborizas de la vergüenza. Finalmente también se cansa de joderte la vida, pero cuando ya queda poco para que te mueras.

Cuando era joven quería follar mucho, todo lo que pudiera. Seguro que hubo polvos memorables, pero casi siempre estaba borracho, o drogado, o las dos cosas, o con sueño. Una vez follando con una chica nos quedamos dormidos los dos. Por suerte para ella yo era el que estaba debajo. Algunos recuerdos de esa época no sé si los soñé o pasaron de verdad porque no los distingo por el puto filtro.

Ahora que soy viejo y estoy casado sigo igual, quiero follar todo lo que pueda. He cambiado la incertidumbre y el alcohol por la rutina y la comodidad. Los polvos domésticos también están bien, pero son poco memorables. Si algún día quieres probar algo nuevo tu mujer te pega un grito y te pregunta que quién te ha enseñado esas cosas nuevas. Y tú que las has leído en el Cosmopolitan. Y ella que desde cuando un cultureta como tú anda leyendo el Cosmopolitan. Y celos y cabreo y acabas durmiendo un par de noches en el sofá. Y desde entonces vives con el susto de que un día sea ella la que diga de probar algo nuevo.

A pesar de las caras diferentes, de las posturas, de los momentos, todos los polvos se parecen. O se acabarán pareciendo. Todos los polvos el polvo. Una masa informe de orgasmos sin principio ni final ni destino ni otro propósito que el imperativo biológico de reproducirnos que la ciencia nos ha conseguido evitar. Jódete, naturaleza, ahora nos divertimos gratis.

Mi polvo más memorable todavía ha de venir. Está en el futuro. No quiero creer que me espera una interminable cuesta hacia abajo, con un sexo cada vez más miserable. No, algún día tendré un polvo tan magnífico que lo reconoceré al instante y correré a escribirlo, o aún mejor, lo repetiré delante de una cámara. Para que cuando ya no me funcionen ni la polla ni la memoria pueda tener constancia de que, al menos en una ocasión, conseguí hacer las cosas bien.

Un comentario

  • S. Bonavida Julio 30, 2017en11:08 am

    ¡Qué bien me lo pasé aquella noche y como me reí con todos los relatos! ^^
    Este es el inicio de una buena amistad literaria. ;->
    Abrazos.

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