Vicente Valero. El arte de la fuga.

junio 30, 2017

Vicente Valero, El arte de la fuga
Periférica, 2015. 104 páginas.

Tres relatos con diferentes poetas como protagonistas. La muerte de San Juan de la Cruz, exhudando santidad. La peregrinación de Hölderlin a pie de Burdeos a Stuttgart y la noche en que Pessoa inventó a su primer heterónimo.

Poético es también el lenguaje que usa el autor para describirnos las escenas y, aunque no es mi estilo, es muy destacable la calidad del lenguaje. Deja muy buen sabor de boca.

El cirujano de Úbeda era un hombre joven y alto y se llamaba Ambrosio de Villarreal. Era temido por todos pero no tanto por su carácter enjuto y a veces desabrido como por sus cuchillas bien afiladas. Cómo vino a parar a esta ciudad nadie lo sabía con certeza, parece ser que había estado también en Granada y en Linares, y mucho antes en Valencia, donde pudo haber aprendido el oficio. Vivía cerca de la misión carmelitana, sobre la muralla de levante, desde donde podía verse el barrio de los gitanos y, a lo lejos, el macizo de la sierra de Cazorla. Tuvo amores, quizás, con una mora de ojos grandes y de esto también se hablaba en Úbeda. Lo que más temían sus vecinos, y se comprende, era tener que ponerse en sus manos, y los supersticiosos evitaban incluso cruzarse con él por las estrechas calles árabes. Tres días después de la llegada de Juan, cuando éste ya apenas podía levantarse de la cama, fue llamado al
convento para que observara aquellas llagas feas, aquella pierna inflamada, aquellas pústulas febriles. El cirujano acudió y se encontró en la celdilla oscura a un hombre alegre rodeado de hermanos más alegres aún y cantarines, pero no se sorprendió mucho pues sabía que los descalzos tenían fama de distraídos. El enfermo le sonrió y le pidió disculpas por haberlo hecho venir. Ambrosio de Villarreal contempló aquellas heridas e inflamaciones con la ayuda de una candela mientras los frailes esperaban en silencio. Se dio cuenta de que en el empeine del pie derecho había cinco llagas en forma de cruz pero no dijo nada. Miró a los ojos del enfermo pero éste sonreía aún, estaba como alelado por la calentura. Debía de dolerle mucho, pensaba el cirujano, pero tampoco dijo nada. El hermano Bernardo de la Virgen empezó a cantar pero el padre Crisóstomo, que acababa de entrar en la celda y estaba disgustado por todo lo que allí podía verse y escucharse, le ordenó que se callara. La llama de la candela se apagó y Ambrosio de Villarreal dijo que habría que sajar.

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