Carlos Arniches. Del Madrid Castizo.

mayo 2, 2017

Carlos Arniches, Del Madrid Castizo
Cátedra, 1981. 168 páginas.

A pesar del éxito del que disfrutó en su momento la posteridad no se ha portado muy bien con Carlos Arniches. Con razón, creo yo, porque es un autor algo menor, con una visión del mundo un tanto reaccionaria y cuya prosa no ha envejecido tan bien como las de otros contemporáneos suyos.

Pero eso no es razón para negarle reconocimiento: tenía un ojo excelente para el retrato, se ocupó de describir unas clases bajas a las que poca gente hacía caso y tenía un verdadero talento para los juegos de palabras -algo que ahora ha jugado en su contra.

Los sainetes que aquí se recogen son de una calidad excelente. Valle-Inclán decía que era uno de sus autores preferidos y en estas páginas se puede detectar que hubo influencia, aunque la prosa de don Ramón pertenece a una esfera muy diferente.
Pero Arniches en ocasiones también roza la perfección, el parnaso de las obras merecedoras de ser recordadas. Valga como ejemplo La pareja científica, del que dejo un fragmento y que es para quitarse el sombrero.

Muy bueno.


El Sardina.—Hombre, ésas son cosas de la juventud.
Seña Angustias.—Cosas de cafres… Si tuvíás tú un hijo con joroba, ¿te gustaría que se rieran de él? ¿No te morirías de pena? Pues ca vez que veas a un lisiao, piensa que te está oyendo su madre.
Primitivo.—Amos, Angustias, no te pongas macabra.
Seña Angustias.— ¡Oye: eso de macabra se lo dices a tu suegra!
Primitivo.-— ¡No es ningún insulto, señor!
Seña Angustias.—Por si acaso.
Señor Bonifacio.—Y luego, ya de hombres, ¿a qué le llamáis vosotros diversión? Pos a ver destripar caballos en los toros; a marcharse en patrulla armando bronca por los bailes de los merenderos; a acosar por las calles a mujeres indefensas con pellizcos y gorrinerías; a escandalizar en los cines y a insultar a las cupletistas. ¿Y eso es alegría, y eso es chirigota, y eso es gracia?… Eso es barbarismo, animalismo y bestialismo. Y hasta que los hijos del pueblo madrileño no dejen de tomar a diversión todo lo que sea el mal de otro…, hasta que la gente no se divierta con el dolor de los demás, sino con la alegría suya…, la risa del pueblo será una cosa repugnante y despreciable. Bonifacio Menéndez, ris, ras, rubricao.
Seña Angustias.—Chócate, Boni, que has estao super
Primitivo.—Bueno, bueno… (Él y El Sardina te levantan.) Esta Cuaresma te vas a las Carboneras u, te poes un bonete, te encaramas al pulpito, y el padre Cal-pena 2 es un gorrión a tu lao.
Señor Bonifacio.—Pero ¿es que no os he convencido?…
El Sardina.— i Qué nos vas a convencer! … Lo que tiene es que yo no te desenvuelvo ahora mismo dos teorías pa pelarte al rape, porque nos están esperando, que si no…
Primitivo.—Es verdá, chiquillo; no m’acordaba. (Mirando el reloj.) Anda, que son las cuatro y media.
Señor Bonifacio.—Pero ¿ande vais tan corriendo?
El Sardina.—Al solar de Vítor el Mengue, que ha organizao unas carreras de cojos que va a ser morirse de risa.
Señor Bonifacio.—(Con asombro.) ¡Carreras de cojos! …
Primitivo.—Na, que ha comprometió al cojo Tranca, a Natalio el Patapalo y a dos u tres cojos más, y hacen carreras pa batir el recor de las dos vueltas con muletas y sin ellas. El premio son doce docenas de pájaros fritos y seis frascos de morapio que sufraga Indalecio el de la Corrala.
Ei. Sardina.—¿Por qué no te vienes?… Verás qué risa.
Señor Bonifacio.—(Sonriendo.) Hombre, mira: ves, eso tiene gracia… ¡Carreras de cojos!… Y dices que pájaros fritos… (Vacila.)
Primitivo.—Tira p’alante. Verás qué tarde pasamos. (Se levanta.)
Señor Bonifacio.—Oye, Angustias, mira: yo voy a acercarme con éstos… No tardo.


(Salen a la calle. Los guardias se levantan los cuellos de las capotas. El golfillo, descalzo, sin camisa, mal envuelto en una enorme chaqueta, con las manos cobijadas entre los andrajos del pantalón, camina delante de la pareja, encorvado, aterido, silencioso. Atraviesan calles y más calles. Llegan al fin a la de la Princesa.
Los guardias siguen obsesionados en su conversación anterior.)
Mínguez.—¿De forma que tú no crees en esa cencía pa conocer creminales?
Requena.—Natural que no; ¡ni que fuera de pueblo!
Mínguez.—¿Quieres que hagamos el experimento con este golfo, pa que te convenzas?
Requena.—Bueno. Hazlo, y verás cómo no sacamos náa en claro.
Mínguez. (Al Peque.) Oye, chico.
Peque.—¿Qué quié ** usté?
Mínguez.—Ven aquí.
(Le llevan debajo de una farola. Mínguez le ataraza46 por el pescuezo.)
Peque.—(Aterrado.) Pero, ¿qué me van ustés a hacer?
Mínguez.—A esaminarte la creminalidaz. Saca la mandíbula.
Peque.—Que yo no tengo eso, guardia.
Requena.—No te apures, hombre, que es un examen náa más.
(Le empiezan a tantear la cabeza.)
Peque.—¿Qué me buscan ustés?
Mínguez.—Calla. ¿Tú, a qué te dedicas?*
Peque.—Al afano.

Mínguez.—¿Lo ves? Tiéntale: ocipucio * abultao.
Requena.—Ya lo veo.
Mínguez.—¿Qué has robao hoy?
Peque.—Un impremeable.
Mínguez.—Fíjate en el temporal.
Requena.—Saliente.
Mínguez.—-Ahí lo tienes. Y ahora repara en las narices.
Peque.—Lo de las narices es de un puñetazo que me dio el amo del comercio cuando me agarraron.
Mínguez.—No me refiero a la inflamación, sino a la estruztura m. Este chico es un ejemplar, Requena. Y mí-reslo por donde lo mires se ve la creminalidaz nativa.
Requena.—Bueno, pero aguárdate que le investiguemos de palabra, que yo no me conformo.
Mínguez.—Verás cómo no falla.
Requena.—¿Tú, cómo te llamas, chico?
Peque.—El Peque Rata.
Mínguez.—¿Tienes madre?
Peque.—Sí, señor, y no, señor. Digo que sí porque la tengo y digo que no porque es como si no la tuviese.
Mínguez.—¿Está en la cárcel?
Peque.—Sí, señor.
Requena.—¿Dónde vivíais antes?
Peque.—Pa hacia la Elipa u, en el tejar de Canales, que mi madre cocía ladrillo; pero aluego se ajuntó con uno que le dicen el Che de Valencia, que robó con dos más en un hotel de las Ventas y a mi madre la complicaron, se fue a chironi y me quedé solo.
Mínguez.—¿Y tu padre?
Peque.—Le conozco de vista, pero no le trato.
Requena.—¿Y no tienes a nadie más?
Peque.—Tengo una tía que es lavandera, que le dicen la Manchega, que vive orilla del río, pero son cinco bocas y no tié más que tres lavaos y cuando fui y le dije que si me podía dar algo, fue y me dijo: «A ver qué te voy a dar con esta miseria. Cuando tengas sed, bájate por aquí.»
Requena.—¿A ti no te habían puesto a oficio?
Peque.—Ése, que creo que es mi padre, habló pa que me tomaran de aprendiz en una ebanistería de la cae ^ Hermosilla y me tomaron; pero como no tenía cuido de nadie, bajaba al taller con una ropa que me se veían las carnes. Hasta que un día me dijo el maestro: «Si vienes con esa ropita, pues más me enseñas tú a mí que te pueda yo enseñar». Y era verdá, que como voy pa grande había veces que la maestra me tenía que dar los recaos m de espaldas. Y por eso me aliviaron.
Requena.—¿Y qué hiciste?
Peque.—Me eché con otros a piravearm por los mércaos. Y algunas veces hago maletas en el Mediodía, porque en el Norte está el Chulo Molla, que no deja a ninguno que viva.
Mínguez.—¿Y dónde duermes?
Peque.—Antes dormía en el asador.
Requena.—¿Qué es eso?
Peque.—Las rejas del Teatro Real, que sale calefacción y se está tan ricamente, pero vino el Mellao ra con una carta de recomendación palei sereno y me echaron a mí. Que uno no tié influencia. Y salí de naja pa los desmontes del Oservatorio y allí voy a la rosca con diez u doce.
Requena.—¿Y tú por qué robas?
Peque.—Hay que vivir. Pero ya ve usted, lo de hoy me ha pasao por primo. El que se mete a bueno, la paga.
Mínguez.—¿Qué te ha pasao?
Peque.—Pues náa, que anoche se nos coló en la cueva un chino de esos que hacen cosas con papeles de colores, que no nos ha dejao dormir en toa6S la noche de lo que ha tosido. Y esta mañana se quejaba y no se podía levantar, y tóos han dicho «éste se muere» y han arreao. Y a mí me hacía señas de que no me marchara y me ha explicao que tenía hambre, y claro, uno, pos no va a dejar que se muera una presona aunque sea extranjera; y me eché por ahí y dije: Yo voy a ver si doy un tirón y le llevo algo al chino ése. Pero m’han apiolao y ahora a la trena. ¡Pobre chino! ¡Qué se pensará de mí! …

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