Carlos Fidalgo. La sombra blanca.

febrero 9, 2017

Carlos Fidalgo, La sombra blanca
Reino de Cordelia, 2015. 190 páginas.

Recomendación de mi amiga Gloria en los meetups literarios, es una historia ambientada en la primera guerra mundial donde un extraño soldado escocés de existencia esquiva desembarcará en Francia, será testigo de los horrores del frente, y dejará un rastro de pétalos a su paso.

Impresionante la atmósfera poética que crea Carlos en un ambiente tan terrible como la guerra. Rodeadas de muerte las palabras parecen flotar. La trama es lo de menos, e incluso los episodios, descarnados, palidecen ante la exquisitez de la prosa.

Me ha encantado.

Y he visto a desertores fusilados en la retaguardia por cobardía después de un juicio sumario. Los mandos nos dicen que es lo único que podemos hacer para prevenir una desbandada, como casi sucede hace unos meses, cuando los soldados franceses abandonaron el frente, hartos de la guerra, para emprender el camino a París, y solo la energía de Pétain evitó que Francia bajara los brazos.
En noches de calma, algunos hombres cuentan historias de soldados en retirada que no llegan a su trinchera porque sus propios compañeros les disparan, para que no retrocedan. Historias de ejecuciones selectivas que castigan la cobardía de un pelotón que ha sido incapaz de salir de su agujero en medio de una refriega. Hombres con los pies pegados al barro.
Sí. MUCHOS DE LOS SOLDADOS que desembarcaron conmigo ya no están aquí. Pero yo sueño con ellos. Veo cómo hacen cola en el rancho y fuman el tabaco que les hacían llegar sus familiares. Veo cómo hablan entre ellos, como si nunca hubieran muerto. Acarician a los perros que nos han traído para que se coman a las ratas. Veo cómo lloran mientras guardan una carta en la guerrera y esperan el sonido del silbato para salir a campo abierto. Y es entonces
cuando me despierto, empapado en sudor, salto de mi litera en el agujero donde dormimos los suboficiales y asomo la cabeza para respirar un poco de aire fresco.
Afuera, estiro un poco las piernas y le pregunto al soldado de guardia si ha visto algún movimiento extraño en las trincheras alemanas.
«Nada, sargento».
Camino entre los sacos de tierra y sé que estoy despierto porque el hombre que vigila este sector del frente también me saluda. Le ofrezco un cigarro, a pesar de que va contra las normas. Y los dos fumamos en silencio.
Sé que no estoy soñando porque noto cómo el humo sale de mi boca, mientras el recluta, un campesino analfabeto, se relaja y me pide que le escriba una carta a su esposa. Está cansado, dice, de enviarle postales impresas.
Sé que estoy despierto cuando me alejo y me quedo a solas. Y sé que no sueño cuando la veo, la veo otra vez y se levanta de entre los muertos, porque escucho los disparos de algún enemigo insomne que se pasa la noche matando estrellas.
Yo también le disparé en una ocasión. Perdí los nervios y le apunté con mi pistola. «A ver qué pasa ahora», me dije. «A ver qué hace». Y lo que ocurrió fue que la bala lo hizo todo añicos.

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