Iban Zaldua. La isla de los antropólogos.

febrero 1, 2017

Iban Zaldua, La isla de los antropólogos
Lengua de Trapo , 2002. 158 páginas.

Incluye los siguientes cuentos:

La isla
El examen del señor De Pauli
Yo, ministro de
La visita
Día de difuntos
New Manchester
La archivera
Antonio
Cambios
El hombre de la isla

Los antropólogos
Bronce
Lucius
La ciudad sitiada
La cama
Ebro
Un hombre para SECTRA
La isla de los antropólogos

Los otros relatos
Debajo de la cama
El dueño del Catastro
Noche de Reyes
Donante
Mancha
Cuentos completos

Quería leer este libro por ánimo completista y la casualidad quiso que lo encontrara en la biblioteca de un amigo. Es quizás su libro más flojo de relatos -puede que el primero- pero tiene algunos destacables. La visita donde una visita de un funcionario municipal a una pareja de adorables viejitos acaba con un giro inesperado. La archivera y Donante que comparten parecido esquema: hombre seducido por una mujer que esconde una femme fatale en el sentido literal. La dureza de Antonio, bastante diferente al tono del resto de relatos, de un matrimonio cuya mujer es casi un vegetal.

Se deja leer.


Aunque la perspectiva de las entrevistas con Elvira y la publicación del flamante volumen me habían transmitido una cierta euforia, la verdad es que no acertaba a ponerme a trabajar con un mínimo de seriedad. Mi vida había sido un caos de idas y venidas y nunca había llevado un censo exacto de mi obra: mis primeras obras, impublicadas e impublicables, se debieron de perder en alguno de los múltiples traslados; una treintena de cuentos no muy largos estaba dispersa en un parecido número de publicaciones de las que no siempre guardaba un ejemplar y que, a veces, eran casi imposibles de recuperar; y, en cuanto a los libros oficiales, estaba el problema de las diversas revisiones, arreglos o ampliaciones a las que había sometido, a lo largo de las sucesivas ediciones, a bastantes de los relatos. De algo estaba seguro, por lo menos: a partir de 1984 no había publicado ningún cuento más, aparte de dos cositas para los suplementos veraniegos de El País de 1987 y 1989 que eran refundiciones de cuentos más antiguos y que, la verdad, no considero que reúnan las condiciones suficientes para figurar en la recopilación. Aunque tuve alguna vacilación, opté por dejar de lado algunas de las columnas, alimenticias, que escribía mensualmente para algunos diarios de provincias y en las que, en ocasiones, había usado —más bien abusado— de la estructura del relato ultracorto,
con intención casi siempre alegórica. El caso es que cuando me ponía a ordenar las carpetas me entraba una desgana terrible y acababa por irme a la tele a poner por enésima vez el vídeo de El apartamento o a pasear. Cuando Elvira, en una primera visita, muy profesional, me presentó una lista provisional y cronológica de mis cuentos dispersos y resultaron una docena más de los que yo suponía, me desanimé más aún: de algunos ni siquiera el título me decía nada. Era como si los hubiera escrito otra persona. Y lo peor es que Elvira me pedía copias de quince que ella no lograba encontrar. Tuve que confesarle que yo tampoco podría proporcionárselas. No es que abandonara su tono jovial, pero la regañina me pareció un tanto fuera de lugar. Que no querían demorarse demasiado. Que era una publicación importante para la línea de la Editorial. Le dije que ya lo sabía, que lo sentía mucho, que procuraría…, todo eso. Y después de cerrar la puerta a sus espaldas me reafirmé en mi intención de empezar a trabajar en serio. A la mañana siguiente.
Los días pasaron sin mucha novedad. Siempre encontraba algo que hacer, siempre había algún compromiso ineludible, una entrevista, una visita de la familia, que me impedía ponerme a completar mi obra cuentística. Es cierto que andaba muy ocupado, aunque fuese en tonterías. Ni siquiera me di cuenta de lo que podría considerarse una primera señal. Me estoy refiriendo, claro está, a la muerte de Onetti. Habíamos coincidido una o dos veces y, la verdad, no podíamos considerarnos amigos. Es más, su prosa nunca ha sido objeto de mi veneración, aunque he de reconocer que poseyó una voz original. Recuerdo que dudé si asistir a su funeral o no, pero al final opté por quedarme a ver la tele, tranquilamente, y no volví a preocuparme del detalle. Una vez al mes, entre enfadada y divertida, Elvira me llamaba y me preguntaba por- el trabajo, o me avisaba de que me enviaba fotocopias de los cuentos que iba encontrando desperdigados por las hemerotecas de medio mundo.

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