Ana García Bergua. Edificio.

enero 13, 2017

Ana García Bergua, Edificio
Páginas de espuma, 2009. 150 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

La carta
La media hora
Levantarse y acostarse
Los aplausos
Japón
Aldana y los visitantes
¿Y si no abro los ojos?
La guerra fría
Páginas de amor
Los coches
La bolsa
El escondite
Los restos del banquete
Bigamia
Los tormentos de Aristarco

No hay ninguno mal escrito, pero hay bastantes algo flojillos. Me han parecido buenos Levantarse y acostarse, la extraña relación entre un recién despedido de una empresa y su psicólogo, que conseguirá animarlo de una manera poco ortodoxa, Los aplausos, donde el protagonista encuentra al llegar a casa a un misterioso grupo de gente que no conoce y que lo felicitan sin razón aparente y La bolsa, idas y venidas al mercado de un adolescente en el transcurso de una fiesta familiar.

En general, bueno.

En medio de su desconcierto, Andrés olvidó el problema laboral. Toda aquella gente seguía aplaudiendo y animándolo a entrar. Pensó: a lo mejor es mi cumpleaños, quizá Adelaida me hizo una fiesta. Accedió a asentarse en el sillón de orejas que le señalaban unos señores ancianos y respetables, el mismo que ocupaba para ver la televisión, y se los quedó mirando embelesado. Varios de los presentes, todos ellos personas muy bien vestidas, le sacudieron la mano efusivamente, le palmearon la espalda. Pensó en decirles que había un error, que no era su cumpleaños ese día y que, por el contrario, le había ido muy mal en la oficina, que él trabajaba en la editorial Unicornio, pero no lo dejaban hablar. No se levante, no se levante, muchas felicidades, le decían, enhorabuena. Andrés esperaba, nervioso, a que Adelaida apareciera. Ella le había avisado en la mañana que saldría a comprar tela para hacer unas cortinas y después pasaría por los gemelos a la escuela. Pensaba que cuando aquellas gentes dejaran de felicitarlo, quizá debería decirles: ahora llegará mi esposa y los atenderá. Ella sabe dónde están las botellas y los limones. Además, sentía unas imperiosas ganas de orinar, que le acometían cada vez que regresaba a casa. De repente, los señores ancianos miraron intempestivamente el reloj. Uno de ellos, que parecía tener cier-l;i autoridad, conminó al resto del grupo a callarse. Hubo mi breve silencio. Andrés temió verse obligado a decir undiscurso y comenzaron a sudarle las manos, pero el hombre se despidió. Ahora nos teñemos que ir, le dijo, y, sin embargo, no podíamos dejar de venir a darle nuestros parabienes. Muchas gracias, dijo Andrés como una máquina, levantándose. Después vio, con incredulidad, a todas aquellas personas salir aparatosamente, una a una, con sus vestidos de seda y sus trajes elegantes. Le dejaron la casa llena de perfumes y de humo de cigarrillos. Al salir el último, un hombre bajo de bisoñe y traje color mostaza que le insistió: «muy bien, muy bien», dándole palmaditas en el brazo, Andrés se los quedó mirando bajar por la escalera, en la que se cruzaron con la rubia del 5. El hombre del traje mostaza lanzó una revisión oblicua al trasero de la rubia. Andrés y la rubia cruzaron una mirada. Luego él se apresuró a cerrar la puerta; abrió las ventanas que daban al cubo del edificio, aspiró un poco de aire. Podía escuchar aún el murmullo del grupo que bajaba por las escaleras hablando animadamente.. Entró al cuarto de baño y mientras orinaba se puso a pensar en cuál sería el motivo de aquella felicitación. Quizá nos hemos ganado algún premio, pensó, quizá Adelaida me tiene una sorpresa. Luego la sombra de una broma pesada lo cubrió por un momento. Le pareció extraño que su mujer no hubiera regresado. Decidió llamar a su suegra; era frecuente que Adelaida pasara a verla de camino a la casa cuando hacía compras. Mientras registraba cajones buscando alguna agenda de su esposa, ésta llegó por fin con los gemelos, que echaron a correr a su habitación. Andrés jaló a Adelaida de la mano hasta la cocina.

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