Jaime Bayly. El cojo y el loco.

diciembre 12, 2016

Jaime Bayly, El cojo y el loco
Alfaguara, 2010. 148 páginas.

Vidas paralelas de un Plutarco enloquecido; un cojo apartado despreciado por su familia y violado en un barco de marineros se convierte en un sociópata musculado y un loco que no se hace entender con excesivo priapismo viven una espiral alucinada de mala vida, sexo y vida malgastada.

Me costó entrar por lo increíble de los sucesos relatados, hasta que a mitad del libro empecé a tomarlo por la vertiente humorística -hay pasajes tan desfasados que te arrancan carcajadas. Ignoro cuál es la verdadera intención del autor, pero imagino que provocar y divertir a partes iguales.

Los protagonistas apenas comparten una escena. Aventuras con un ritmo desmadrado y mucho sexo.

Dieron las seis y empezó la misa y el cojo no llegaba. Dieron las seis y diez, seis y cuarto, y nada, el cojo no aparecía. Dorita cerraba los ojos y rezaba para que el cojo llegara y nada malo le hubiera pasado. A las seis y veinte escuchó el estruendo de una moto invadiendo el templo y acallando la voz del cura, y supo, sin voltear a mirarlo, que era el cojo. El cojo no se apuró en apagar la moto, la hizo ronronear un buen rato, el suficiente para que todos los feligreses volteasen a mirarlo con aire de reprobación, porque a él le gustaba andar de chico malo, de oveja negra, ser el más cabrón de todos y en misa también. Por eso metió la moto a la iglesia, para escándalo de algunos concurrentes que lo miraron con hostilidad pero no se atrevieron a decirle nada, la apagó, desmontó como si fuera un caballo y él un vaquero entrando a un bar, y empezó a caminar cojeando con su zapatazo de taco alto por el centro mismo de la iglesia. Lo que más alarmó a los fieles no fueron el escándalo de la moto ni la mirada malévola del cojo ni el modo en que rengueaba, sino que el cojo se encargó de dejar bien a la vista las dos pistolas que llevaba al cinto, lo que a todos les pareció de un mal gusto atroz y al cura le pareció una cosa hereje pero indudablemente sexy, y la verdad es que por un momento perdió la concentración y la entrega devota al Altísimo porque no pudo evitar que sus ojos se posaran arrobados sobre ese machazo musculoso y cojo que entraba a la iglesia con dos pistolas y un buen par de cojones, un hombre de verdad como nunca había visto el curita en la misa de seis, un hombre con el que, pensó, se iría corriendo ahora mismo, en sotana, subido a la moto, abrazando al cojo y diciéndole al oído méteme tu pistola y enséñame el pecado y sálvame de este aburrimiento miserable que es dar misa
todos los putos domingos del Señor frente a cincuenta viejas muertas de miedo de morirse y un puñado de chiquillas muertas de miedo de perder su virginidad, entre ellas Dorita, que, por supuesto, escuchó los pasos desiguales y bien marcados del cojo, que retumbaban y producían un eco en el templo, y de pronto sintió que el cojo se sentaba a su lado y no le decía nada, ni la miraba, y entonces ella, sin asustarse ante las pistolas, le dijo al oído arrodíllate y saluda al Señor, y el cojo se sorprendió de que Dorita le diese esa orden pero fue tan dulce sentir su voz al oído que de inmediato se arrodilló y cerró los ojos y no supo qué rezar porque era bruto de nacimiento y no le salían las palabras y lo único que se le ocurrió decir fue Dios, dame una mano con Dorita, sólo te pido eso, que no me cagues también con ella, haz que me dé bola, que sea mi hembrita, porque si no me da bola entro un día a esta iglesia de mierda y mato a balazos al cura y a todos los mariconcitos que vienen acá a rezarte porque tienen miedo de irse al infierno, y yo no tengo miedo de irme al infierno porque ya estuve en el infierno, en ese barco donde me rompieron el culo ciento cincuenta veces, así que yo no le tengo miedo a nadie, Dios, ni a Ti tampoco, y no te estoy amenazando, sólo te pido que me ayudes con Dorita, nada más, porque hasta ahora mucho no me has ayudado, cabrón, y ésta me la debes. Dorita se quedó impresionada del tiempo tan largo que el cojo se quedó arrodillado y con los ojos cerrados, mientras todos le veían las pistolas y el zapato negro con ese taco enorme y el cura seguía suspirando desde el altar por ese machazo moreno que había venido en moto a alegrarle tanto la liturgia, ojalá todos los domingos fueran así.

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