Enrique Jardiel Poncela. A 40 kms del pacífico y 30 de Charles Chaplin.

diciembre 5, 2016

Enrique Jardiel Poncela, A 40 kms del pacífico y 30 de Charles Chaplin
Rey Lear, 2011. 164 páginas.

En los años 30 un grupo de escritores españoles viajaron a Hollywood contratados como guionistas por grandes estudios. En esa época -si no recuerdo mal- todavía no se hacía doblaje, y se creaban versiones de las películas en castellano. Este libro no son anécdotas de Poncela en esa época, sino una recopilación de artículos que enviaba para publicar en periódicos de aquí.

Si un escritor hacía un viaje aprovechaba de paso para ir contando sus experiencias y se sacaba un dinerito. No muy diferente de lo que hacemos ahora con las redes sociales. En artículos breves y con gran carga de humor nos va contando como es el viaje en barco, la llegada a Nueva York, los problemas con el departamento de inmigración, el viaje en tren de costa a costa, y los entresijos del Hollywood de la época. Se añade un monólogo escrito para la actriz Catalina Bárcena, no muy diferente de los actuales del club de la comedia. Y es que está todo inventado, hasta el hacer régimen, como muy bien se queja la actriz, porque la cámara ‘te hace gorda’.

Se acompaña de varias fotografías de la época y de postales manuscritas del autor. Una edición bien cuidada y que gustará a los que, como yo, somos admiradores del escritor.

EL ULTIMO COCHE, el rabo del
express, es un club-car, un observation-car. En su biblioteca podemos leer a John Dos Passos u hojear la Biblia de Jerrerson. Y podemos escribir cartas en un papel adornado con la diminuta litografía de dos naranjas californianas. También podemos cortarnos el pelo, hacernos las uñas, darnos masaje facial, jugar al ajedrez, tomar un baño o pegarnos un tiro. Finalmente, podemos salir a la plataforma descubierta en que concluye el tren, y allí, sentados en un sillón de tijera, asistir a su fuga vertiginosa. Pero si hacemos esto, entonces tendremos también, fatalmente, que tomar el baño, cortarnos el pelo, arreglarnos las uñas y darnos el masaje facial: porque sólo así nos veremos libres del todo del polvo y del hollín. A no ser que optemos por pegarnos el tiro, en cuyo caso lo demás es innecesario.


Casas de juego anunciadas por la radio

En Hollywood existen casas de juego clandestinas anunciadas en la radio. Se anuncian condenándolas, claro. Se anuncian diciendo:
—¡Es una vergüenza! En la ciudad una casa de juego, donde van unas muchachas preciosas y donde se bebe con absoluta impunidad. La casa está en la calle de Tal, número tantos. Si no lo hubiera visto, no lo habría creído. ¡Qué bochorno!

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