Mario Rigoni Stern. El sargento en la nieve.

noviembre 30, 2016

Mario Rigoni Stern, El sargento en la nieve
Pre-textos, 2007. 154 páginas.
Tit. Or. Il sergente nella neve. Trad. César Palma.

Mario Rigoni fue sargento durante la ofensiva a Rusia, y tuvo que sufrir la dureza de la retirada en un invierno desolador. Tuvo la suerte de sobrevivir y posteriormente estuvo en un campo de concentración nazi, trabajando en las minas de hierro. Ahí empezó a escribir sobre sus experiencias y también tuvo la suerte de salir vivo.

Hay personas que tienen un talento natural para la escritura, lo que unido a sus descripciones de unas experiencias únicas, dan como resultado libros que se leen con placer estético y sobrecogimiento por la crudeza de los hechos. Uno se ve atrapado en ese invierno sin fin, huyendo de las tropas rusas, con pocas esperanzas de sobrevivir.

Adelante, adelante, hemos de permanecer unidos, no hay que separarse. A mis compañeros no me atrevo a hablarles de cajas de vino, de primavera. ¿Qué conseguiría? Que se tumbaran en la nieve y durmieran y soñaran con cosas así para luego desaparecer en la nada, esfumarse, deshacerse con la nieve en primavera, en la savia de la tierra. Todo estaba oscuro y a lo lejos, en el cielo, se veían los reflejos rojos de las aldeas que ardían. Un paso más, y otro. La nieve atravesaba la manta y pinchaba la cara, el cuello, las muñecas. El viento nos dejaba sin aliento y quería arrancarnos la manta. Comí un poco del queso que me había dado Adriano. Costaba partirlo con los dientes, al masticarlo se desmenuzaba como si fuese arena y con cada trozo tragaba la sangre de mis encías y labios rotos. El aliento se me helaba en la barba y en el bigote, donde la nieve que dejaba ahí el viento se convertía en carámbanos. Con la lengua me metía los carámbanos en la boca y los chupaba. Y llegó el amanecer. Y la tormenta recrudeció. Y el frío recrudeció. Pero ahora me pregunto: si no hubiese habido tormenta, ¿habríamos escapado de los rusos?

Camino de la iglesia encontramos camiones abandonados de marca americana, hay también cañones y bombas. Llama la atención que los rusos tengan tanta artillería en un pueblo pequeño. Pero ¿por qué no nos han atacado? El reducto está bien pertrechado. Anoche la columna pasó por el borde del cerro que domina el pueblo. Ahí me quedé dormido en la nieve. No nos oyeron. Éramos auténticas sombras. Y recuerdo que vi una luz en las inmediaciones. Y que me pregunté por qué no íbamos allí. Mientras pienso en todo esto veo una isba. Cruzo el umbral sin darme cuenta de que he pasado encima de un muerto, un ruso. Escudriño el interior en busca de comida. Alguien se me ha adelantado: hay cajas y arcones abiertos, ropa blanca y encajes diseminada, por el suelo. En el momento en que me pongo a hurgar en un cajón, descubro en un rincón a unas mujeres y a unos niños llorando. Lloraban a lágrima viva, con las manos entre la cabeza y sin parar de sacudir los hombros. Entonces reparo en el muerto que había en la puerta y veo un charco de sangre a su lado. No sé explicar lo que experimenté; quizá vergüenza y desprecio por mí, dolor por ellos y por mí. Salí como si fuese el culpable.

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