Angel Wagenstein. El Pentateuco de Isaac.

octubre 31, 2016

Angel Wagenstein, El Pentateuco de Isaac
Libros del Asteroide, 2009. 318 páginas.
Tit. Or. Петокнижие Исааково. Trad. Liliana Tabákova.

Uno, cuando empieza a leer un libro, espera encontrarse con la literatura. También me conformo cuando hay solvencia, buena artesanía, y el tema es apasionante. Cuando se juntan las dos cosas es cuando viene el escalofrío.

Humanidad. A chorros. Un Iguazú de humanidad que te despelleja dejándote en los huesos. Dolor, ternura y humor, mucho humor, porque como dijo el sabio y lo entendió tan bien aquel bardo inglés la vida es reír y llorar. Porque la sonrisa y la esperanza pueden colarse en las circunstancias más adversas.

Isaac tuvo cinco patrias, vivió dos guerras y sobrevivió a tres campos de concentración. Mataron a su familia, destruyeron su pueblo y pese a todo, cuando narra su historia, deja un espacio para contar chistes y para mostrar que siempre se puede poner un plato en la mesa a todo el mundo.

Tuve el mal ojo de leer las últimas páginas en un bar y no pude llorar a gusto. Un libro hermoso.

Dejo tres citas, pero la mitad del libro es digna de ser citado. El rabino marxista Bendavid, tan parecido a los curas obreros, derrocha sabiduría en cada parlamento.

— ¡Todo es una tontería inmensa! —dijo el rabí Samuel— ¡Tontería de las tonterías! ¡Una soberana tontería! ¿Para qué estoy aquí?, os pregunto. Para ser vuestro guía espiritual, para que podáis, al morir en combate, presentaros sin problema ante nuestro Dios Jehová, santificado sea su nombre. Lo mismo tienen que hacer mis colegas —católicos, adventistas, protestantes, los del Séptimo Día, ortodoxos y musulmanes— por el honor del emperador y la gloria de su respectivo Dios. Pero decidme qué sentido tiene, cuando yo sé que al otro lado de la trinchera hay un colega mío, un rabino, que se empeña en guiar espiritualmente a nuestros muchachos —pero ¿quién es capaz de aclararme si son nuestros o no lo son?— para que luchen contra vosotros, para que os maten en nombre de su emperador y de Jehová, santificado sea su nombre. Y cuando termine la guerra y los labriegos vuelvan a arrastrar sus arados, en el campo relucirán los huesos, los nuestros revueltos con los «no nuestros», y nadie sabrá en nombre de qué emperador ni de
qué Dios habréis perecido. Dicen que a estas alturas nuestra querida patria austrohúngara ha dado más de un millón y medio de víctimas. Son un millón y medio de muchachos que no regresarán a sus casas; un millón y medio de madres que no volverán a ver entrar a sus hijos por la puerta; un millón y medio de novias que jamás se acostarán al lado de ellos para concebir y dar a luz en paz y bienestar. Os pregunto: ¿acaso Jehová no ve nada de esto? ¿O se pasa el tiempo dormitando y hurgándose las narices? ¿Es entonces Jehová —santificado sea su nombre por los siglos de los siglos, amén— un viejo chocho al que le complace que la gente muera en su nombre? No sé, hermanos, no sé daros la respuesta. En todo caso, creo que si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales.


— Busqué a Dios en esta casa, llamada la Casa de Dios, y no lo encontré. No lo busquéis porque no está aquí. Buscad, hermanos, en vuestro corazón, y si lo encontráis, dejad que éste se convierta en vuestra sinagoga, en vuestro templo, en vuestro sagrario, en vuestras Tablas de la Ley. Porque Dios es amor y sólo en los corazones se puede hallar el amor, no en las piedras. Porque ¿qué otra cosa es este edificio sino un montón de piedras? ¿Y qué sería de nuestro corazón si dejara de guardar, como un Quivot, el amor por el Prójimo, por el otro ser humano? No hablo del amor por un solo ser humano sino por todos: las tribus y los pueblos, indistintamente del color de su piel, de su lengua, de sus tierras o mares, de sus países de calor o de hielos eternos, porque todos juntos somos Dios. Éste es el único Dios. Queridos hermanos, nos esperan grandes tribulaciones y enormes sufrimientos. Bajad la mirada de los cielos hacia vuestros pies, para que no tropecéis con las penas terrenales del prójimo y para que no os caigáis en la cueva de lobos de la indiferencia. Nuestros grandes ancestros nos legaron los inmensos tesoros espirituales del Verbo, principio de todos los principios. Guardadlos, respetadlos, porque son la argamasa invisible de nuestra tribu dispersa que ha sobrevivido siglos y milenios, mientras otros pueblos nacían, tenían su auge y desaparecían para siempre. Sed respetuosos con las creencias ajenas, pero no seáis sumisos y dóciles ante la fe propia, porque es lo que tratarán de imponeros los sacerdotes a sueldo de los falsos dioses, tanto celestiales, como terrenales. Querrán hacer de vosotros esclavos y sirvientes en los banquetes de los grandes, os querrán ciegos en la oscuridad de la ignorancia y la mentira, y no gente libre encaminada hacia la Luz. Nuestro padre y profeta Moisés trajo del monte Sinaí las Tablas de la Ley que reúnen una gran sabiduría y por eso las tenéis que obedecer, pero con la razón, y no como un rebaño de brutos que puede llegar a precipitarse al abismo. No cumpláis la Ley al pie de la letra, sino observad su espíritu. No seáis siervos humildes, sino jueces valerosos. Y si vuestro prójimo posee un palacio construido con las piedras expoliadas de vuestras cabanas, entonces, hermanos, ¡desead el palacio del prójimo para hacer de él vuestra casa común! Si él posee miles de ovejas y cientos de camellos y vosotros ninguno, ¡desead las ovejas y los camellos para convertirlos en vuestro propio rebaño! Y si él seduce a vuestras mujeres, no lo aceptéis resignados, ¡sino seducid a las suyas! Amén y sabbat shalom.
¡Lástima que Karl Marx no pudiera escuchar este comentario talmúdico a los Libros de Moisés!
unus, puuics ucspujos Humanos.


Sin duda lo mismo sucedía en muchos más sitios donde, bajo el signo protector de la Cruz Roja, lucharon y se desvelaron para salvar miles y miles de vidas humanas rusos, franceses y americanos que vestían bata blanca sobre los uniformes militares. Y otros que no tenían uniformes: representantes de organizaciones samaritanas de católicos, protestantes, adventistas o ateos. Hasta donde yo sé, a nadie se le ha ocurrido hasta el día de hoy levantarles en alguna parte de Europa un monumento humilde, no menos merecido que los erigidos a los ejércitos libertadores por los que también siento gran admiración y respeto.

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