Jean Claude Carrière. Las palabras y la cosa.

octubre 24, 2016

Jean Claude Carrière, Las palabras y la cosa
Blackie books, 2016. 110 páginas.

Una actriz de doblaje porno, cansada de repetir siempre las mismas expresiones en sus locuciones, le pide ayuda a un anciano filólogo para buscar alternativas. A través de una serie de cartas se va explorando la riqueza del vocabulario en estos asuntos, porque desde siempre el asunto de la jodienda no tiene enmienda.

Muy bien adaptada por Rocarad Borrás, con la ayuda del filólogo Alberto Blecua hace un recorrido por los diferentes sinónimos de los términos relacionados con el sexo: follar, joder, chingar, mojar, meter…

Me ha recordado al concurso de sinónimos de los genitales que aparece en La saga-fuga de JB y a un compañero de un amigo mío de doblaje, que según me contaba solía utilizar expresiones originales y de sabor clásico.

Simpático y divertido.

He subrayado también secuéstrame, explórame, saquéame, requísame, reviéntame, mátame, y una expresión clásica y muy nuestra: no te cortes ni un pelo.
Entre las frases de uso común que me han hecho llegar o que he encontrado en algunos librotes (mi experiencia personal es demasiado antigua, demasiado limitada y por supuesto demasiado silenciosa), he reservado para usted una expresión magnífica: ¡aleluya!
O, también: ¡hazme gritar, estás en tu casa! ¡Sobre todo no tengas miedo!¡Quéfiesta!¡Ay, Dios mío, qué aventura! ¡Qué tormenta! ¡Qué lujo! ¡Qué dulzura! Y ¡qué duro!, en tono de admiración, nunca de reproche. O como le dijo una mujer perspicaz a su pareja: ¡Sí, eres un hombre!
Una noche de verano de 1972, mientras caminaba bajo una ventana, oí como una mujer confesaba: ¡Es lo mejor del mundo, te lo juro! Y mientras me alejaba lentamente, una voz de hombre le respondía tres veces seguidas. ¡Viva el amor! ¡Viva el amor! ¡ Viva el amor!
Otro día, en otra calle, escuché como una mujer exclamaba al límite de la estupefacción: ¿Pero qué es esto? Y una voz de hombre le respondía tajante: ¡Esto es lo que es, y punto!
Un amigo mío me explicó hace poco que, en un hotel de Granada, a altas horas de la noche, y en una habitación contigua, oyó como un hombre decía en tono imperativo: ¡Dime que eres la mujer de Ramón! Y una voz femenina respondía reiteradamente: «Soy la mujer de Ramón, soy la mujer de Ramón, soy la mujer de Ramón». Le explico esta anécdota tal y como me la contaron. Si la utiliza, por favor, cambie el nombre.
De entre las frases que se dicen en pleno delirio, le recuerdo estoy perdida, lo sabía, socorro, me ahogo, piedad, me matas, me muero, oh la la, ya no sé dónde estoy.
Añadiremos es el paraíso, es divino, eres un demonio.
No me perdonaría omitir: Pero ¿qué me estás haciendo? Cuestión generalmente sin respuesta.


Yo tenía que haber escrito en principio un prólogo para Las palabras y la cosa, pero como ya lo han compuesto Carriére y Borras, me ahorran el trabajo de tratar de la génesis, elaboración y adaptación de esta curiosidad dramatizada, por la que el autor sentía especial atracción pues volvió sobre ella tres veces. Y no digamos el adaptador, o mejor, recreador estupendo del dificilísimo texto francés. Y en bilingüe, además.
Pensaba Carriére que ni el español ni el catalán podían igualar y, menos, superar el rico vocabulario francés sobre la materia. La extraordinaria recreación de Borras desmiente el tópico, que es raro que Carriére mantuviera conociendo a Buñuel, tan aragonés. Yo nací y viví en Zaragoza dieciocho años, y sé de lo que hablo. Desde las más blasfemas blasfemias —que el autor conocía por Buñuel— no ha sido el pueblo aragonés, ni el español en general, pacato en este género diccionaril de gros mots. Me refiero a la oralidad y no a la lengua
escrita, sobre todo la impresa. Y no ha sido totalmente culpable la censura —tampoco era manca en Francia, comenzando por Aymerich y acabando por Sade y sus varios, largos y terribles encarcelamientos—, pues el asunto de la jodienda I no tiene enmienda, como decían en mi tierra, expresión que todavía me ruboriza poner por escrito. El sexo ha sido fundamental para la vida humana desde los Génesis de todas las culturas. Y, sin duda, es importante y, además, imprescindible. Desde las formas geométricas —cóncavo y convexo—; la materia —dura, blanda, tamaño—; los cuatro elementos —calor, frío, sequedad y humedad—; la acción —meter y sacar, expulsar y recibir—; el tiempo —breve y largo—; y las circunstancias de persona y cosa, las quaestiones de la retórica (¿qué, quién, cuándo, dónde, cómo y por qué?), todo se presta a la creación de conceptos y agudezas. Sí: el famoso arte de ingenio en que eran muy celebrados los españoles del Siglo de Oro.
Más que censura, sería preferible hablar de autocensura provocada por la religión y, sobre todo, por las normas de la buena educación desde tiempos lejanos y que en los presentes brilla por su ausencia. Es más: están ahora muy bien

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