Edmundo Paz Soldán. Billie Ruth.

octubre 18, 2016

Billie Ruth, Edmundo Paz Soldán
Páginas de espuma, 2012. 152 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

El acantilado
Casa tomada
Bernhard en el cementerio
Extraños en la noche
Díler
Los otros
El ladrón de Navidad
Roby
Volvo
Ravenwood
Billie Ruth
Como la vida misma
El Croata
Srebrenica
Azurduy

Que nos hablan de personajes manejados por pasiones autodestructivas, cleptómanos, cobardes, maltratadores, violentos… Muy bien escritos. Destacables Díler, niño con padres divorciados que debe acompañar a su padre en el reparto de droga. Roby, la fascinación del matón en un niño hasta entonces bueno. El genial Billie Ruth, que da título al libro, o cómo enamorarse de quien no te conviene. Azurduy, sobre un maestro en un pueblo minero del altiplano, donde adoran a El Tío, tiene un final perfecto.

Hay algunos más flojos que otros pero el único que no me ha gustado ha sido ‘Como la vida misma’, con una multiplicidad de puntos de vista que en mi opinión no aporta nada al relato, y que creo recordar haberlo leído en alguna antología.

El conjunto, sobresaliente.

Quería continuar mis estudios en una universidad grande, quizás Berkeley o Columbia.
-A mí también me encantaría irme a vivir a California. Sería alucinante conocer la Mansión de Playboy. ¿Tú crees que Hugh Hefner se fijaría en mí?
-No le preguntes eso todavía -terció una de nuestras compañeras de mesa-. Te tiene que ver más de cerca.
-Todo a su tiempo -dijo Billie Ruth, y todas explotaron de risa.
Al salir de la sorority, paramos en un Seven Eleven y ella volvió con un six-pack de Budweiser y beefjerky, unas tiras de carne seca que yo había visto comer a camioneros. Me dije que sólo le faltaba tabaco en polvo. Nos detuvimos en una licorería y compramos un par de botellas de vino tinto. Hacía el calor húmedo, pegajoso, de una noche de septiembre en Alabama; el otoño había llegado, pero el verano se resistía a irse.
Nos dirigimos a las residencias universitarias. Yo vivía con tres compañeros del equipo de fútbol y uno del equipo de hockey; Tom, el que jugaba hockey, compartía la habitación conmigo. No estaba esa noche, tenía toda la habitación para mí; me hubiera gustado que estuviera, para vengarme: más de una noche me habían despertado sus gemidos junto a los de la mujer de turno que había conocido en la discoteca, le gustaban las gordas y las feas, si era posible ambas cosas al mismo tiempo.
Billie Ruth terminó sus latas de cerveza y luego pasó al vino. Se servía una copa y la terminaba de un golpe. Me decía que me apurara. Era imposible seguir su ritmo, pero hice lo que pude: no podía negarme a esa mirada azul, franca e ingenua.
Soy virgen, soy virgen gritaba ella mientras cogíamos. Se reía de todo; creo que eso fue lo que me atrapó al principio. La contemplé cuando dormía: la luz de la luna que ingresaba por la ventana abierta de la habitación iluminaba su piel lechosa, la dotaba de un aura fantasmal, materia a la medida de mis sueños. Eso también me atrapó. Vencidos por el cansancio y el alcohol, nos dormimos en mi cama. Estábamos desnudos, habíamos apilado nuestras ropas en el piso, entremezclado mis jeans con su falda
rosada.
A las dos de la mañana, Billie Ruth me despertó con un golpe en el hombro. Iba a decirme algo, pero una arcada la venció y el cobertor de tocuyo que había traído desde Bolivia recibió el impacto. La acompañé al baño; el ruido despertó a Kimi, el finlandés que vivía en el apartamento y con el que alguna vez había peleado un puesto en el mediocampo (una lesión inclinó las cosas a su favor). Tuve tiempo de cubrir a Billie Ruth con una toalla. Kimi me ayudó a limpiar el piso herido por las salpicaduras.
Esa noche manejé su Cámaro y la dejé en la puerta de su casa. Vivía cerca del arsenal Redstone. Mientras la veía entrar, me preguntaba qué había motivado al gobierno a elegir a Hunstville como una de las sedes centrales de la NASA, un lugar para que von Braun y otros científicos alemanes desarrollaran sus investigaciones.
Hubo un sonido como el de un mueble que se desplomaba al piso. Quizás había sido Billie Ruth. Hubiera querido entrar a ayudarla pero al instante se encendieron todas las luces, escuché gritos y partí.

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