Mihail Sebastian. Desde hace dos mil años.

octubre 10, 2016

Mihail Sebastian, Desde hace dos mil años
Aletheia, 2008. 252 páginas.
Tit. Or. De doua mii de ani. Trad. Joaquín Garrigós.

Libraco. Un gran descubrimiento que agradezco a quienquiera que me lo recomendara (votaría por El niño vampiro).

Es, en gran parte, una novela de ideas. Y qué ideas. Las de un judío rumano en los años 30 del siglo XX, que intenta definirse como persona y no como tipo. Alguien con ganas de matizar en una época de blancos y negros. Cada uno de los personajes que aparecen nos muestran opiniones de todo tipo: cómo es vivir en una sociedad antisemita, si hay que anteponer la lucha de clases a la identidad racial, los antisemitas que dicen no serlo… Muchos párrafos no han perdido ni un poquito de actualidad. Dejo buena muestra al final.

Pero hay más. Las historias que se cuentan están muy bien escritas, y si bien el protagonista piensa en muchas cosas el autor se cuida de que los sucesos tan solo se cuenten, sin palabrería innecesaria.

La lucha del protagonista por defender su identidad, de ser, como dice en el libro ‘simplemente un hombre del Danubio’, es la de todos los seres humanos que se niegan a ser tan solo una bandera.

El libro generó en su momento mucha polémica. Vino precedido de un prólogo antisemita y fue criticado por todo el mundo. Por los judíos a causa de este prólogo y por los antisemitas por estar protagonizado por un judío.

Muy recomendable.


«Hay algo profundo y artificial en el sistema entero de valores en que se apoya nuestra vida. No sólo en la economía política, donde las deformaciones son visibles y el mal fácil de localizar. Los trastornos monetarios son sólo los más evidentes, pero no los más agudos del viejo mundo. Hay otras desintegraciones más graves y otras agonías más tristes. No entenderemos nada de la crisis económica que estudiamos si nos centramos en sus aspectos técnicos. Estos son secundarios, absolutamente secundarios. No es un sistema financiero lo que se está viniendo abajo hoy, sino un sistema histórico. No están en liquidación unas
cuantas formas, hechos o detalles, sino toda una estructura. Si hay una crisis de la noción de valor en la economía y las finanzas, esta no es ningún hecho particular sino que se integra en una crisis general de valores en todos los planos de la vida moderna. Vivimos con muchas abstracciones, con muchas quimeras. Hemos perdido el suelo que pisamos. No sólo la relación entre papel moneda y oro se ha roto, sino también la relación entre todos nuestros símbolos y nosotros mismos. Hay una sima entre el hombre y el ámbito donde se mueve. Estas formas de vida que ustedes ven se han deshumanizado. Han perdido los rasgos propios del hombre.
»Tomen ustedes nuestras instituciones, una a una, las ideas, usos, saberes y tonterías nuestras, cójanlas una por una y denles con un martillo. Verán que suenan a hueco. La vida las ha abandonado, el espíritu se ha ido. ¿Por qué? No sé por qué. Quizá por abuso de la inteligencia. No estoy bromeando. Nos han creado una cultura y una civilización partiendo de la inteligencia como valor primario, lo que es un lujo bien caro y, además, es un atrevimiento exagerado. Entre la vida y nosotros, hemos creído que somos nosotros los que decidimos. Esto es una trágica osadía. Nosotros no somos nada y hubo un tal Descartes que creyó lo contrario. Miren, estamos pagando los platos rotos por él trescientos años después.
»Me temo que hoy haya llegado el tiempo de los tontos. Es decir, no lo temo de ninguna manera. Me alegro. Porque he visto lo que la inteligencia sabe hacer y a dónde nos lleva. Ahora, arrepentidos, apesadumbrados y con el cansancio de tres siglos, regresamos a los bosques de la idiotez y de la vida viva.
»A eso lo llamarán oscurantismo. Tanto mejor».


—Un fascista, eso es lo que es. Un fascista, y no me pidáis que lo tenga por menos abyecto por el hecho de ser judío. La teoría del Estado judío palestino, creado por un acto de voluntad nacional, ¡menuda aberración! Y qué burrada, al mismo tiempo. ¿Es que vosotros no veis que todo esto es una maquinación inglesa, una trampa capitalista que pagarán los árabes del lugar, que serán aniquilados, y los proletarios indios de las colonias, a los que explotarán sin piedad en nom-bre del ideal nacional? La Gran Bretaña necesita a alguien de . .i ni i. ni/, i en el canal de Suez para que se lo custodie, y he aquí que inventa el cuento del «hogar nacional judío». «Hogar» es una palabra muy bonita. Seguro que la inventó algún cuáquero o algún puritano. Y unos cuantos millones de judíos sentimentales la han tomado por buena.
»Me parece estar oyendo a vuestro Jabotinski: ‘Un país no se construye con elementos técnicos’. ¿Ah no? ¿Con qué entonces? ¿Con el espíritu? Sí que será, pero antes que el espíritu existe la geografía y este es un elemento concreto que no se puede desvirtuar con declaraciones líricas, que valen para quedarse con un auditorio de judíos de corazón blando. La geografía tiene unas terribles exigencias: tantos kilómetros cuadrados de terreno, tantas montañas, tantos cursos de agua, tanta pluviosidad y tanta sequía. ¿Cómo va a colonizar un pueblo de quince a diecisiete millones un país que equivale a la extensión de tres provincias?
»¿Y qué vas a hacer con los indígenas árabes, que también tienen derecho a morir de muerte natural y no exterminados por los sionistas? ¿Cómo dar vida a un amontonamiento artificial de gentes llegadas de los cuatro puntos cardinales y que forman un mecanismo pretendidamente nacional, ignorando los problemas más sangrantes del proletariado y de las clases sociales, los problemas provocados por una economía política falsificada? Me gustaría saber si el señor Jabotinski este ha oído hablar de los conflictos laborales palestinos, del proletariado palestino y de las finanzas palestinas. Y me gustaría saber cómo se propone resolverlos. O sea, no me gustaría, sé cómo querría resolverlos. Me parece estar oyéndolo: ‘Todas las cuestiones de lucha social están subordinadas al imperativo nacional’. Ni Mussolini habla así. Ni los contrarrevolucionarios alemanes. Ni Nicolás I, zar de todas las Rusias.
»La unidad nacional judía es una aberración. No conozco judíos: conozco obreros y burgueses. No conozco ningún problema nacional de Palestina. Conozco un problema económico y técnico de Siria, de Palestina y de Mesopotamia, que, por otro lado, no es un drama más interesante que el problema de Cuba, de Indochina o de la Rumelia Oriental. El resto es mito, idilio y camelo.


Se lo pregunté a Abraham Sulitzer y, en esa ocasión, ya no estuvo emocionado ni furioso, sino triste.
—Esperaba que me lo preguntase. Me extrañaba que tardase tanto. Al fin y al cabo, usted no sabe más de nosotros de lo que sabe el último chicuelo de la calle, que sigue a los judíos que llevan caftán y, cuando alguno se pierde por aquí, le grita «O’t ve’t» y «Akiki azoi’». ¡Jerga! ¡Alemán corrompido! Lenguaje barriobajero, eso es para usted el yidis. Si yo le dijera que es una lengua ni hermosa ni fea, sino una lengua viva en la que se ha sufrido y se ha cantado durante centenares de años, si le dijera que es una lengua en la que se ha meditado sobre todo lo que hay en el mundo, se me quedaría mirando igual que lo hace ahora. ¡Jerga! ¡Hum! Es una lengua viva, señor mío, con nervios, con sangre, con sus desdichas y sus bellezas. Con su patria, que es el gueto, o sea, todo el mundo. Me dan ganas de reír cuando oigo a los sionistas estos hablar un hebreo de libro. ¿Acaso nos hace falta el hebreo? ¿Diccionarios, gramáticas y filólogos o como diablos se llamen? Pobrecillos… Tiran a un lado una lengua robusta y se van a buscar en las tumbas un habla que fue pero que ya no es. Que Dios me perdone, yo también hablo el hebreo que alcancé a aprender de los viejos, pero, ¿cómo se lo diría?, siento que en él hay algo frío, áspero, hueco, como si deambulase por un salón de piedra, largo, largo y vacío, sin nadie, sin una planta y sin una ventana. ¿Cómo diría usted en esta lengua «me duele», «me quema» o «te echo de menos»? ¿Y, si lo dijera, para qué serviría? Diga «me duele» en yidis y, cuando lo haya dicho, verá que le duele. Aquí hay sangre, hay calor y hay vida…
—No conozco bien ni la una ni la otra —le respondí—. Por consiguiente, no sé si tiene o no razón pero, no se moleste, me parece que mucha no tiene. Pese a todo, el yidis es una jerga, y eso es grave. Una lengua hecha por deformación de otra. ¿No es ese un origen humillante? Me cuesta creer que por corrupción de un idioma pueda crearse otro.
—Pero se equivocan usted y sus sionistas. No se trata de un idioma corrupto. Se trata de otro idioma, así de claro. Resulta ridículo oír el yidis en boca de los judíos ricos que tienen institutrices alemanas para sus hijos y creen que hablando mal el yidis hablan bien el alemán. Pero el yidis puro, el yidis sincero del judío sin ambiciones y sin institutriz alemana, es una lengua cálida y apasionada. Hay millones de judíos que la hablan, millones que viven en ella. Para esos millones se imprimen estos libros que usted ve, para esos millones se escribe en yidis y se representa teatro en yidis. Hay toda una vida, toda una muchedumbre que tiene su élite, y esa élite sin diplomas y sin estudios universitarios quiere estar informada, quiere conocer y quiere razonar.
»Hay novelistas en yidis, poetas, críticos, ensayistas y si supiera la cantidad de belleza contenida en esta cultura de jerga que usted desprecia sin conocerla, probablemente tendría muchos remordimientos. No hablo ya del folclore del gueto (todo en yidis), el folclore siempre vivo, siempre creador, cuyas raíces se pierden fuera de él, con cantantes anónimos, humoristas desconocidos, héroes, leyendas y mitos dos veces vivos, una por la presencia inmediata de la vida del gueto, y la segunda por el misterio más lejano de la vida de la sinagoga. El realismo del gueto, urbano, nervioso y apresurado, y el misticismo de la sinagoga se unen en ese folclore de barrio judío y generan algo por lo que, si se tienen oídos y corazón, vale la pena vivir y morir.
—Morir, sobre todo —lo interrumpí—, porque lo de vivir es un poco difícil. A los millones de hablantes de yidis yo no los veo. Ni el barrio judío tampoco lo veo ya. Sí que veo, en cambio, masas enteras de judíos que se pasan definitivamente a la cultura del país en el que viven: judíos franceses, alemanes, norteamericanos y rumanos. Hace cien años, la jerga era su lengua. Hoy la han olvidado. Mañana sus hijos no sabrán ni que una vez existió. ¿Y a algo tan frágil, por hermoso que sea, quiere usted ligar una cultura?


—¿No temes que la cosa acabe otra vez en algunas cabezas y cristales rotos? —le pregunté a Párlea—. ¿No te preguntas si en lo que esto va a desembocar de nuevo es en disturbios antisemitas, sin que pase de ahí? ¿No crees que tu «revolución» es una palabra demasiado nueva para una miseria demasiado antigua?
Frunció el ceño y me respondió:
—Oye, yo tengo sed y estoy esperando a que llegue la lluvia. Y tú estás a un lado y me dices: «la lluvia será buena y estaría bien que viniera, pero ¿y si viene con granizo?, ¿y si viene con una tormenta?, ¿y si me estropea los sembrados?». Pues bien, yo te contesto: no sé cómo será esa lluvia. Sólo quiero que
venga. Eso es todo. Con granizo, con tormenta o con rayos, pero que venga. Que haga estragos, que ahogue, que arrase, pero que venga. Del diluvio a lo mejor se escapan uno o dos. De la sequía no se escapa nadie. Si la revolución exige un pogromo, hágase el pogromo. No se trata ni de mí ni de ti ni de él. Se trata de todos. Quién muera y quién no, me tiene sin cuidado, aunque el que muera sea yo. Sólo me importa una cosa, que hay sequía y hace falta lluvia. Fuera de esto, no quiero nada, no espero nada ni pregunto nada.
Podría haberle contestado. Le podría haber dicho que una metáfora no basta para respaldar una matanza. Que la aceptación platónica de la muerte no equivale a la muy seria decisión de matar. Que, a lo largo de los siglos, siempre ha habido grandes inmundicias históricas y todas han encontrado un símbolo igual de grande para taparlas. Y que, por consiguiente, convendría andarse con pies de plomo respecto a las grandes certidumbres, los grandes preceptos, las grandes «sequías» y las grandes «lluvias». Que un poco, una chispa de desánimo no les vendría mal a nuestras efusiones más violentas.
Podría habérselo dicho. ¿De qué habría servido? Tengo la sencilla, apacible e inexplicable sensación de que todo lo que está pasando forma parte del orden normal de las cosas y de que estoy esperando una estación que vendrá y pasará, porque ya vino y ya pasó.

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