Rodolfo Enrique Fogwill, Los pichiciegos,

septiembre 12, 2016

Rodolfo Enrique Fogwill, Los pichiciegos
Periférica, 2010. 218 páginas.

En la guerra de las Malvinas un grupo de soldados se esconde en un refugio, desertando pero quedando prisioneros de su situación. Sobreviviendo a base de rapiñas e intercambio.

Sorprendente primera novela con un lenguaje fresco lleno de localismos que dibuja un espacio imposible al margen de la realidad, onírico, en el contexto de una guerra terrible. El refugio se convierte en una tierra de nadie que llega a existir gracias a las grabaciones del narrador.

Allí en las islas, las ovejas corren más que los perros y dan saltos. Saltan un alambrado así como así, ¡piad Suben en el aire y saltan. Y el humano, de lejos, mira la oveja y piensa: «¡Qué animal más boludo, lo único que sabe es rajar!» Y la sigue mirando un rato, por mirar algo, a falta de otro entretenimiento mientras espera que se haga oscuro para volver al refugio y de repente el fogonazo: ¡Pac! Sucedió que abajo de la oveja había una mina y al rozarla ella se hizo como si el sol saliera, una luz fuertísima. En ese momento se la ve completa todavía en el aire, a la oveja. En el aire encoge las patas, levanta la cabeza y mira atrás retorciendo el cuello que se vuelve como de jirafa altanera y está volando alto en el aire ella y recién después revienta, justo cuando el humano escucha el ruido de la mina, esa explosión que la oveja bien debe haber oído primero. Recién entonces se empieza a deshacer la oveja: sigue la cabeza para un lado, una pata se va para el otro, un costillar con la lana chamuscada para el otro, y el lomo -la piel del lomo es lo que menos le quemó el fogonazo- queda liviana sin oveja, sigue flotando por el aire como un tapado sin dueño y tarda bastante más en volver a tocar el suelo que los otros pedazos de la oveja carneada en seco por una mina.
Y las demás ovejas -si hay- oyen, ven lo que le pasó a la amiga, y corren para otro lado, y en vez de quedarse quietas y separadas, ¡no!, se juntan y van en tropa todas corriendo. Y ése es su error, porque en cuanto se produce un nuevo fogonazo -que alguien pisó una mina- vuela ésa, se desarma como si fuera animal de juguete y después se revolean las vecinas, de a diez, de a doce, y saltan sin desarmarse -porque estuvieron lejos del fogonazo- pero igual caen muertas, la trompa contra el suelo, después de haber tratado de remontar. Y el humano se acerca, con la bayoneta en una mano y los ojos clavados en la tierra para ver si no hay minas, pues va a cargarse alguna, o a carnear a una entera, para quitarle lo mejor -trabajo difícil- y las encuentra muertas y calentitas por dentro del calor de su propia sangre y calientes de afuera, por el fogonazo y la chamusquina de la explosión.
El olor a oveja reventada por una mina es parecido al olor de cristiano reventado por una mina: olor a matadero cuando se carnean animales y llegan los peones que les trabajan en el vientre para hacer achuras.

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