Manuel Vilas. El luminoso regalo.

julio 13, 2016

Manuel Vilas, El luminoso regalo
Alfaguara, 2013. 388 páginas.

Extravagante, exuberante, excesiva, exagerada, excelente… y más palabras con ‘ex’, como sexo, porque ese es el eje de la novela. En un momento dado una estudiante afirma que en la literatura española actual hay poco sexo, y parece que Vilas quiere arreglar la media.

Me hizo gracia la faja, que afirma que el autor se pasa al realismo. Si el choque entre una mujer nacida para el sexo capaz de seducir a cualquiera y un moderno don Juan que se acuesta con todo lo que se encuentra es realismo me gustaría saber cómo es el día a día de quien escribió el comentario. Personalmente me ha dado la impresión de un ajuste de cuentas muy pasado de vueltas.

He disfrutado cada una de las páginas.

—He pedido que nos suban la comida —dijiste.
Fuiste al cuarto de baño porque querías ponerte colonia, más colonia, la locura de la colonia, porque mezclaste tres marcas de colonia, Loewe, Kenzo y 212, porque crees en la alquimia de las combinaciones y tú mismo diseñas nuevos perfumes de hombre a base de mezclas fantásticas que se te ocurren en el laboratorio de tu olfato, tu gran olfato, el sentido más desarrollado que tienes, y todo esto lo hiciste para que Ester te encontrase más y más atractivo, para que el olor de tu cuerpo fuese una novedad inolvidable, un deslumbramiento, y en ese momento llamó a la puerta el servicio de habitaciones y fue Ester la que salió a abrir. Entraron con una mesa llena de bandejas plateadas y brillantes, llena de platos seguramente exquisitos y con un vino Rioja excelente. Os pusisteis a comer. Ella se quitó las sandalias. Comíais anárquicamente, mezclando el primer plato con el segundo, y con el postre. Una anarquía de comida que venía de la anarquía del deseo. Porque todo eran preparativos y nervios. En realidad, comíais como quien se entretiene leyendo un periódico antes de que salga su vuelo hacia el Infinito. Recordaste el verso «hacia el infinito naufragio» del poeta italiano Leopardi. Ella hablaba de su trabajo como quien habla del tiempo. ¿Cuál era su trabajo? Un excelente trabajo de periodista. Un trabajo bien remunerado. Un triunfo. España se hunde en una crisis económica imparable. Pero Ester tiene un trabajo bien remunerado, eso es todo. Pronto las calles, en unos años, se llenarán de pobres.
Besaste en la boca a Ester por fin. Y ella te metió la lengua hasta muy adentro, como siempre hace, desde que follasteis la primera vez en Madrid, hace solo cinco meses, porque su lengua es como un cuchillo de carne, un dulce estilete que entra en tu garganta con la inutilidad con

que las olas del mar llegan a la orilla, en un espectáculo carente de significación, pero sin embargo necesario. Así es el amor: no significa nada, pero es necesario. No significa nada, porque a tu edad todo abandona su significado y se convierte en oscuridad. En esa oscuridad tú eres el Caballero del Amor, un ser inerte allá abajo, en la húmeda cripta de los enamorados. Pero es una obsesión esa lengua de Ester. La regala a su amante, eso hace. Regala su lengua. Cómete esta lengua, yo te la doy, pero cómela con arte, perro, eso dice ella.
Y enseguida os desnudasteis y comenzasteis a navegar por la inmensa cama, llena de almohadas y cojines, porque tu habitación era una habitación de lujo y el lujo en España es la abundancia. Le diste una bofetada suave, y ella te dio una sonora y fuerte. Esa mano tan grande como delicada, tan elemental, tan de niña, soltando hostias enloquecidas y tan hermosas. Sus hostias eran Jesucristo, su carne. Muy fuerte. Es maravilloso pegarse. Os estuvisteis abofeteando mientras hacíais el amor a un ritmo legendario; la leyenda del golpe y de la embestida. Entrar, salir y pegar. Pensaste en esos verbos. La habitación era muy blanca. Mirabas las enormes cortinas blancas del balcón. Había amor, pero no lo había. Parecía que lo había, estaba a punto de haberlo, pero ella le cerraba la puerta al amor; había alegría, pero no amor. Tal vez la alegría y el amor no sean la misma cosa, pese a que se parecen tanto. Y era como si esas cortinas hablasen «amad más, más fuerza en el acto del amor, más hundimiento de la carne, hacedlo con más entrega, sí, no seáis perezosos, aún podéis más, sed más exigentes, la máxima exigencia, aún hay más energía en vuestros corazones y cuerpos, hasta que caigáis muertos, morid, haced el favor de morir, morid aquí y ahora y seréis dichosos», eso decían las cortinas, que se convirtieron en banderas.

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