Matías Candeira. Fiebre.

julio 6, 2016

Matías Candeira, Fiebre
Candaya, 2015. 350 páginas.

Más de una vez he escrito en esta bitácora mi admiración por el Candeira cuentista. Tenía ganas de ver como era su primera novela.

El padre de Caníbal está a las puertas de la muerte. Su reencuentro después de muchos años de ausencia trastocará por completo su existencia.

La prosa tiene la calidad habitual en Candeira. La historia es densa y se permite el lujo de hacer una elipsis que es un verdadero salto al vacío y aumenta la profundidad de la trama. Los personajes excelentemente construidos. Queremos más.

Reseña-entrevista: Fiebre

El pensamiento me atravesó en un momento de enorme felicidad. A lo largo de mi vida lo he tenido otras veces. He aprendido cómo protegerme de él, y hasta lo he usado en mi beneficio. Sólo esa primera vez se reveló con todo su hielo y su terror. Para más detalles, yo tenía la mano bien metida en los pantalones vaqueros de Isabel D. Me extasiaba moverla despacio, dentro de esa humedad dulzona, y decirle al oído su nombre completo con su apellido. Isabel D., haz el favor de estrecharte contra el rincón de este urinario repugnante. Casi no cabíamos. Isabel D, hoy estás guapísima. ¿Por qué no me llamas simplemente Isa?, preguntaba ella; y resoplaba con un punto de fastidio. Porque, verás, las historias con nombres demasiado corrientes sirven para envolver pescado.
Isabel D., la recuerdo. Aquellos rutinarios ojos marrones que temblaban, y cómo temblaban, eso sí era vaciarse. Se atrevió a decirme que era un verdadero pedante, que por qué tenía que hablar de esa forma. Cuando volvió a mirarme, cuando escuchó aquella voz venenosa que de pronto brotó de mí, ya no lo tenía tan claro. ¿Sabes una cosa, Isabel D.? Nosotros dos valemos para algo más que para envolver pescado. Me aproximé un poco más y la levanté en brazos, y entonces nos quisimos contra aquella pared de baldosas, que unas veces estaba bastante limpia y otras tantas tenías grandes posibilidades de coger una infección si hacías lo que nosotros estábamos haciendo.
Isabel D., para más señas, hija predilecta de una de las profesoras de geografía, tenía las pecas dignamente colocadas. Desde luego, sus padres se lo habían tomado con tranquilidad para fabricarla dieciséis años atrás. Era una buena persona y era guapa y bastante lista, por lo que muy a menudo, en las clases de dibujo técnico, tenía que amenazar con el punzón del compás a algún compañero con cara de rata que intentaba propasarse con ella. No sé si la elegí porque estaba bien relacionada o si en realidad me gustaba de verdad —con esa intuición temblorosa de los dieciséis que más tarde se revela equivocada—, pero la traté bien, seguí besándola sin causarle mucho daño; y justo en ese momento, al levantarle la camiseta blanca, que tenía un dibujo de un gato atigrado demasiado infantil, se me pasó por la cabeza que podía hacer con ella lo que quisiera. El pensamiento que tuve después lo recuerdo como un estallido húmedo, parecido a sacar una mano del agua. Justo cuando el aire la enfría:
¿Quién soy yo?
Me aparté y me quedé muy quieto. Ella tenía que marcharse pronto a casa, de todas maneras. No estoy orgulloso de aquella ferocidad que podía muy bien confundirse con la manipulación. Al pensar en los próximos días con Isabel D, otra vez deshaciéndola con las manos y con mi voz ordenándole cosas prohibidas en aquel baño, sentí el cuerpo cada vez más caliente y la mancha de mi brazo endureciéndose en un relieve muy vivo, como si la piel estuviera abriéndose y cambiando. Intenté explicarme qué era lo que me estaba ocurriendo y por qué estaba nervioso; por qué tanto miedo.
¿Quién soy yo?
¿Quién?
Volvió a atacarme en un estallido.

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