Ariana Harwicz. Matate, amor.

julio 1, 2016

Ariana Harwicz, Matate, amor
Lengua de Trapo, 2012. 150 páginas.

Impresionante novela sobre una mujer trastornada -contada en primera persona- a la que la vida en el campo con su marido y su hijo acaba de llevarla a la locura. Una prosa densa y jugosa que deslumbra a cada página.

Pese a su brevedad hay que leerlo poco a poco, para no marearse por tanto exceso estilístico y emocional.

Dejo esta reseña en goodreads: El alquimista del tedio

Media hora antes de saber que la veré sentada en una hamaca con su bebé. Rubio como ella. Delgadito y largo. Lanzándolo por el aire y atajándolo con torpeza en la caída. Aunque una vez no llegó. La veré llorar, enfurecerse con la boca. No sé su nombre ni su edad, ni nada. La escuché cantando con voz grave y barroca una ópera, se nota que no nació acá, pero dónde, cuándo. Si me hubieran contado la historia en el trabajo diría que no es posible. Un hombre como yo. Responsable del servicio de radiografías del centro de salud de la ciudad. Radiólogo matriculado en la universidad pública carnada año 83. Casado y con una hija especial, de capacidades diferentes, tranquilo, hombre de su casa. Nacido y criado en la ciudad más próxima. Hombre que vivió toda su infancia y adolescencia en el mismo departamento, en el centro del país. Embobado con una mujer de polleras acampanadas que pasa sus tardes echada como un anfibio en el césped de su jardín. La veo el tiempo que la velocidad mínima me permite, esos segundos fatales. Pienso en ella y tengo arcadas de deseo. Un hombre como yo, no especialmente bueno, pero tampoco un diablo. Un hombre como yo al que le gusta acariciar el pelo lacio de su mujer, hacer el amor despacio, cuando la nena duerme, respetando sus tiempos, sus días con la regla. Un tipo despierto, entretenido, pero que no le busca la quinta pata a nada. Y ahora, con las balizas en la banquina, acosado por esta sequedad en la boca cuando de regreso a casa tengo que pasar por su portal y verla, confundida con las flores. Y esas imágenes que duran los veinte kilómetros que la separan de mi casa. Imágenes furiosas pegadas a mi paladar. Ella entre las espinas. Ella, una visión alucinada y naranja
y yo un zorro loco al costado de la ruta. Las granjas y corrales se suceden, se escucha el cacareo y luego el gallinero. Los mismos de siempre me saludan con las manos en la tierra o en las tetas de las vacas o subidos a un árbol con una cortadora. Ese ambiente familiar de herramientas, bosta, engorderos y perros de caza, corrompido por esta imagen que arrastro como un cadáver hasta el hogar, donde veré a mi bebé, mi ángel, mi diosa, apoyada sobre la ventana. Esta imagen que crece en mí haciendo estragos. El horror de este deseo. De querer arrancarle el pellejo. Le digo hola con la mano a mi hermosa mujer, que saca espinitas del jardín con guantes, pero la imagen sigue también cuando estaciono y entro. Una aureola que se expande. Mi árbol desabrido y sin hojas se torna voluptuoso. Y cuando tengo en brazos a mi hija. Incluso cuando le doy de comer en la boquita y la baño. Y más allá. Mucho más. Esta madrugada lloré por ella en el suelo de la cocina, golpeando los azulejos, deseé tener sus falanges, sus caderas, su culo conmigo. Me engañé a mí mismo pensando que era lo más bajo a lo que podía llegar. Una imagen te envenena, los ojos de un buho, y ya es tarde. La pongo contra la pared, deshago el rodete con los dientes y la ahorco con mis besos.

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