Juan Bonilla. Tanta gente sola.

junio 30, 2016

Juan Bonilla, Tanta gente sola
Seix-Barral, 2009. 222 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Un gran día para tus biógrafos
Todos contra Urbano
El cromo de Boronat
Fregoli
Algo más que simplemente existir
Metaliteratura
En la azotea
Alma cargada por el diablo
El lector de Perec

Bonilla escribe muy bien, y los relatos se leen con gusto. Hay conexiones entre los relatos; personajes secundarios de unos aparecen como protagonistas en otros. El conjunto es consistente, pero, personalmente, ningún relato ha llegado a emocionarme.

Aquí ha gustado más: Tanta gente sola

Se subió del bar vacío un par de botellas de Havana Club. Estaba orgulloso de sí mismo: sí, había convertido una más que previsible derrota en una gran victoria, ni siquiera había de temer que para castigar su espantada las amigas de la novia callasen que habían contratado al poeta. La novia lo había visto, estaba allí, hizo hola con la mano, seguramente preguntó a sus amigas, ¿qué está haciendo él aquí?, y no habrían tenido más remedio que decirle la verdad, le contarían que habían sido incapaces de convencerle de que se metiera en la tarta para que saliese de ella en el momento convenido y recitase sus poemas, un regalo perfecto para terminar la despedida de soltera, ¿cómo se os ha ocurrido una cosa tan humillante?, les reñiría la novia, que inmediatamente preguntaría dónde habían alojado al poeta, o ni siquiera, el pueblo no debía tener demasiados lugares donde alojar a una visita ilustre. Abandonaría la fiesta, dejando plantados al gran malabarista que habría de conformarse con alguna amiga sabrosa de la novia, y sobre todo al pincha africano, ese remedo de Drogbá que vete a saber con quién acabaría cruzando la madrugada. Abandonaría la fiesta para venir aquí, a mi habitación, donde voy a leerte unos cuantos poemas y después hablaremos y me dirás cómo me descubriste y lo que significó para ti y cuánto me debes (oh, qué equivocada estás, no sabes cuánto te debo yo a ti, no sabes lo que significas, de verdad que no puedes saberlo) mientras te acaricio el pelo y al amanecer esta habitación olerá a carne cansada y saldremos a que nos dé un poco el fresco y caminaremos por una de esas callejas al final de las cuales está China o Singapur o el cementerio al que no permitiremos que nos lleven. Vamos, reloj, marca los minutos rápido, pronto se oirán sus pasos en el corredor que viene hasta esta puerta, serviré dos vasos de este ron que me está arañando el alma, y hola, has venido, diré a la sonrisa que me saludará al otro lado, como si nos conociéramos de siempre, como si los dos supiésemos ya el final de la historia y aun así estuviésemos encantados de contárnosla de nuevo.
Pero, anestesiado como estaba por la docta colaboración de alcohol y yerba, se quedó dormido sin que viniera a rescatarlo aquella princesa a la que había ido a salvar, en cuya intimidad había querido zambullirse como si en sus aguas hubiera alguien que se estuviera ahogando. Lo despertaron unos gemidos en la habitación de al lado: pensó primero en Drogbá cabalgando a la novia, luego en el malabarista con la misma compañera. Le mordió el rencor, porque los gemidos lo ponían caliente, y decidió corregir su fantasía: tal vez no fuera ninguno de ellos, o fuera alguno de los dos pero su compañera de madrugada fuera una de las muchas amigas que se habían congregado en el bar para despedir la soltería de la novia. Estuvo a punto de salir al corredor, dirigirse a la puerta de la habitación vecina y llamar sólo para descubrir quiénes estaban allí follando.

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