Felipe R. Navarro. Hombres felices.

mayo 30, 2016

Felipe R Navarro, Hombres felices
Páginas de espuma, 2016. 118 páginas.

Incluye los siguientes relatos:

Soy el lugar
Orígenes del turismo
Un modelo
Argos
Apuntes para una celebración
El orden lógico de las cosas
Amarillo limón
Tomás Rodaja se contempla, desnudo
Impermanencia
Siempre hay un momento en que un escritor escribe un cuento como este, porque todos los escritores se ven zarandeados en algún momento por una guerra o una crisis; o por ambas
Óxido
Notas para un debate sobre la arquitectura
de interiores
Tarde de circo
Simplemente Jorge
La modificación sustancial de las condiciones de trabajo
Te diré cómo lo haremos
Let’s talk about the weather
¿Hacia dónde abre esta ventana
El orden lógico de las cosas

En la contraportada se hace hincapié en la voz original del autor, que incorpora al relato elementos metanarrativos que les dan un sabor especial, aunque a veces sean más efectistas que efectivos. Pero en ocasiones (pienso en ‘Let’s talk about time’, hay otros) el saltador, después de una impresionante pirueta, hace una entrada impecable en el agua, y el espectador no puede evitar levantarse del asiento y aplaudir, con ganas.

Un hombre arranca veloz. Atraviesa llanuras, valles, colinas, desiertos de varias temperaturas, colores que van del blanco cegador al lujurioso verde pasando por el negro impenetrable, del amarillo solar al azul más intenso, a una velocidad endiablada. Avanza girando, demoliendo récords, marcas, y concluye su proeza circunvaladora en el mismo lugar en el que la comenzó.
Exhausto por su hazaña llega a casa, entra, deja las llaves sobre la mesa del recibidor. Viniendo desde el fondo del inmueble oye la voz de su mujer: Hombre, ya estás aquí, me estoy pasando las planchas y hace falta ir al súper, ¿te acercas tú?

1. Nota del personaje al narrador: Debe usted contemplar la posibilidad de una adjetivación lo más obvia posible ya que viajando a esa velocidad solo son visibles los tópicos.


Mira hacia la calle, está seria y en silencio, y la expresión de sus ojos es la de alguien que piensa en algo que no está en esa habitación, sea lo que sea no está allí. Ahora un narrador se vería quizás en la obligación, para cumplir con su trabajo, de hacer visible ese pensamiento, pero yo no lo haré: sencillamente no me atrevo. No me atrevo ahora a mentir. Lo hago todo el tiempo, es lo que hace quien cuenta, la verdad de las historias es su ficción, su ordenación, no hay nada fuera de ello; afuera hace frío. He robado los gestos de una mujer, las palabras de una mujer, he robado su vestuario y su risa y algunas de sus costumbres y gustos y manías, lo he hecho sin su permiso, me he apropiado de una parte de alguien para construir alguien distinto, alguien que no es, y como si fuésemos, como si alguna vez fuésemos, como si fuésemos de verdad, una verdad objetivable y no sujeta a interpretaciones o juegos de palabras. Le he robado porque quería su historia, lo que yo sé de su historia, lo que me conmueve y atrapa de su historia, y ahora sin embargo no me atrevo. Como con ellas, bebo con ellas, las veo caminar y las veo mirarme, leo revistas aparentemente para ellas, para una cierta imagen de ellas, bebo vino blanco mientras ellas beben cerveza, me como un boquerón mientras las oigo y les contesto con la boca un poco llena, me enamoro de ellas bajo luces artificiales o bajo la luz del sol o junto a los reflejos de los coches de policía que pasan veloces junto a nuestras manos, las beso y me besan y nuestras salivas se confunden y nuestros sudores se confunden y nuestros olores se confunden, lucho por olvidarlas y supongo que alguna lucha por olvidarme o alguna vez lo habrá hecho, y no me atrevo,
no me atrevo a mentir sobre lo que en realidad contempla la mujer que en camisón y hecha una blanda madeja mira hacia la salida al balcón y apura su café. Lo que yo contaría para que vosotros creáis que conservo el control de esta historia sería quizás mi propia historia, mi propia historia mentirosa y alterada en el género, eso haría yo para evitar el probable fracaso de esta historia. Fingiría ser otro, claro, otra. Diría por ejemplo que la mujer está pensando en sus hijos, arrumbados en una casa grande decorada al irse ella al dudoso gusto de su ex suegra mientras su ex marido ve las carreras de motos, piensa en las sonrisas de sus hijos que crecen y crecen porque han salido a su padre, en sus sonrisas cuando están con ella en esa casa que ahora tiene dos puertas cerradas y que si ella no tuviese que acabar una ponencia sobre el artículo 41 del Estatuto de los Trabajadores serían tres las puertas cerradas, y además estaría lleno el frigorífico, y habría ropa tirada en los baños que nunca recuerdan recoger hasta el cuarto aviso. Contaría, quizás después, que ahora la mujer ya se ha acabado el café aunque siga sosteniendo la taza mientras piensa en qué ha pasado, en cómo ha pasado, en cómo no vio venir el golpe por la espalda, el fuerte manotazo, en que quizás ella también soltó la mano hacia la espalda del otro, o en que quizás no fue un manotazo, no, sino un pequeño empujón, y luego otro, y otro, hasta ser tantos y tan frecuentes que la sensación era de permanente zarandeo[…]

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