Óscar Esquivias. Andarás por el mundo.

mayo 26, 2016

Óscar Esquivias, Andarás por el mundo
Ediciones del viento, 2016. 244 páginas.

Se incluyen los relatos siguientes:

Todo un mundo lejano
Curso de natación
El Chino de Cuatroca
La Florida
El joven de Gorea
El príncipe Hamlet de Mtsensk
Los chinos
Temblad, filisteos
La última víctima de Trafalgar
La casa de las mimosas
Mambo
El mejor de los mundos
El misterio de la Encarnación
El arpa eólica

Esperaba más de este libro de relatos. Escritos con buen oficio y maestría en el retrato carecen en su mayor parte de chispa e incluso de dirección. Lo salvan los dos o tres buenos -como La casa de las mimosas- pero el resto son perfectamente prescindibles.

Un ejemplo -con spoilers- en ‘El Chino de Cuatroca’ nos plantea una historia muy bien dibujada, hijo de inmigrantes que se va de casa y vive en condiciones miserables malviviendo. Un retrato perfecto, personajes bien dibujados (incluso los secundarios). Para al final contar una anécdota, casi un chiste, sobre hacerse pasar por chino dado su parecido con esa etnia. ¿Hacía falta tanto ropaje para algo tan baladí?

No obstante, se deja leer.


No puedo explicar qué fue lo que sucedió después. Sé que desde el primer momento lo que vi en la pantalla me llenó de emoción, me puso un nudo en la garganta. Al principio se debió, creo, al aire europeo de la película, a esas ciudades erizadas de torres y campanarios, a los pueblos alpinos y las estaciones de tren con grandes marquesinas de hierro que se parecían tanto a las estampas que decoraban las paredes de casa. La película me mostraba la patria de la que nos habían arrancado, esa vieja Europa a la que algún día mi madre y yo volveríamos. Pero, sobre todo, los personajes masculinos me parecieron la encarnación perfecta de mi padre, de la imagen que yo tenía de él a través de las fotografías y de lo que mi madre me había contado: un hombre apuesto, con su exótico uniforme militar, los pantalones muy ceñidos, botas de caña alta, casaca entallada, entorchados, correajes, el sable al cinto, manos enguantadas… Así aparecía John Gilbert, así vestía Lars Hanson. A veces uno puede sentir nostalgia de lo que no ha vivido. A mi madre le sucedía con Italia. Me pasaba a mí con Europa entera, con mi padre. En aquella película había algo más, algo que estaba y no estaba en las imágenes y en la historia, una especie de melodía secreta que sólo yo escuchaba. Sentí una conmoción. Aquella tarde, con ocho años, tan pequeño, atisbé lo que significa el sexo, aunque entonces no hubiera podido formularlo así. Los dos protagonistas masculinos —Gilbert y Hanson— se miraban de una forma tan intensa que transmitían un sentimiento que iba más allá de la amistad. No eran simples amigos, no eran tampoco hermanos, había otro lazo muy distinto que los unía, algo que yo deseaba también. Entre ellos se interponía Greta Garbo, que simbolizaba una fuerza aún más poderosa a la que no se podía llamar amor porque era algo —me pareció entonces— sucio y maligno, pero irresistible. Los besos de Greta Garbo no me parecieron ridículos, corno en El torrente, sino muy perturbadores. Los hombres caían a sus pies y se sometían como perritos, se dejaban acariciar, la lamían las manos. Por primera vez deseé que alguien me tocara así, me mirara con ese mismo deseo. Me sentí mareado; más que eso: borracho, como cuando mi madre llegó por primera vez a la casa de las mimosas y perdió su voluntad. Así estaba yo.

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