Don DeLillo. El ángel Esmeralda.

mayo 16, 2016

Don DeLillo, El ángel Esmeralda
Seix Barral, 2012. 236 páginas.
Tit. or.The Angel Esmeralda. Trad. ramón Buenaventura.

Colección que incluye los siguientes relatos:

Creación
Momentos humanos de la Tercera Guerra
Mundial

El corredor
La acróbata de marfil
El ángel Esmeralda

Baader-Meinhof
Medianoche en Dostoievski
La hoz y el martillo
La Hambrienta

Mi primer DeLillo. Después de leer tantos elogios y tan desmesurados estaba nervioso como las novias de antes ante la noche de boda. Los relatos son buenos, e incluso muy buenos (La acróbata de marfil o La hoz y el martillo), pero no excelentes. Con una excepción, el que da título al libro, verdadera obra maestra tanto en la historia como en el lenguaje. Así que me quedo ligeramente decepcionado, pero contento. Como las novias de antes después de la noche de boda.

Calificación: Muy bueno.

—Agujas en el rellano —advirtió Gracie.
Cuidado con las agujas, no las pise, hábiles instrumentos que son del poco aprecio por uno mismo. A Gracie no le entraba en la cabeza que un adicto no pusiera especial cuidado en utilizar agujas limpias. Este fallo la hizo inflar de rabia los carrillos. Sor Edgar, en cambio, pensaba en el atractivo de la condenación, el mordisquito amoroso de aquel puñal de libélula. Sabiendo que no vales nada, lo único que puede gratificarte la vanidad es apostar contra la muerte.
Ismael estaba descalzo sobre las tablas sucias del suelo, con unos viejos chinos arremangados hasta las pan-torrillas y una camisa brillosa por fuera del pantalón, y parecía uno de esos cubanos felices que van con el agua hasta los tobillos chapoteando por la playa.
—¿Qué me traen ustedes, hermanas?
Sor Edgar pensó que era bastante joven a pesar de su aspecto curtido, treinta y pocos: barba rala, una sonrisa tierna entorpecida por la podredumbre de los dientes. Había gente de su peña alrededor, fumando, no muy seguros de la imagen que querían proyectar. Ismael dio orden de que bajaran dos de ellos a vigilar la camioneta y la comida. Sor Edgar sabía que Gracie no confiaba en esos chiquillos. Grafiteros, saqueadores de coches, ladrones de menor cuantía, quizá algo peor. Pura calle, cero hogar, cero colegio. La queja básica de sor Edgar era su inglés. Hablaban un inglés sin terminar, blando y atenuado, escaso de sufijos, y le habría encantado añadir a tambor batiente alguna que otra g al final de sus gerundios.*

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