Miguel Serrano Larraz. Órbita.

diciembre 4, 2015

Miguel Serrano Larraz, Órbita
Candaya.

¿Qué hago leyendo este libro si Autopsia no me gustó nada? Hay que dar segundas oportunidades, y además el autor tiene cara de buena persona. Un libro de relatos que incluye los siguientes:

Órbita
Perspectivas
Shaman’s Blues
Y sólo del amor queda el veneno
Estrategia del aplauso
Y así sucesivamente
Cuerpo y alma
Zaragoza, a 8 de noviembre de 2002 (Segundo Premio)
Ultimas señales

Me ha gustado más que la novela aunque no me acaba de gustar -que ya sabemos que los gustos son relativos. Incluye un prólogo extremadamente elogioso de mi admirado Vilas que lo compara con la genereación nocilla y los grandes (Cortázar, Bolaño) en lo que viene siendo el equívoco habitual de las solapas- No pongan el listón tan alto que luego vienen las decepciones. No, Miguel Serrano no es Cortázar, aunque el cuento Estrategia del aplauso tenga su estilo. Tampoco es un nocillero o un mutante. Por suerte.

En general está bien escrito y hay cuentos bastante buenos (el antedicho Estrategia del aplauso, dos amigos trolls que se divierten epatando, Shaman’s Blues, historia de una cuadrilla de amigos y sus incorporaciones -que si no me equivoco vuelve a aparecer en Autopsia). Pero sigo pensando que le falta músculo narrativo, que hay poca historia detrás (en general vivencias postadolescentes) y que a los finales se les da una importancia que no convence. Como cuando te cuentan una historia diciendo ‘ya verás, ya’ y luego no es para tanto. Por ejemplo en ‘Y así sucesivamente’ me gustaría saber como llega a ese número primo haciendo la multiplicación, aunque ya se sabe que en la ficción todo vale.

Pero bueno, en general me ha gustado y quedan en el recuerdo. Más reseñas: Órbita, de Miguel Serrano Larraz y Órbita, de Miguel Serrano

Extracto:

-Y bien, ¿qué podríamos hacer nosotros?
Así que al siguiente concierto nos presentamos con sendos cronómetros recién adquiridos, y qué sensación de vértigo cuando los sincronizamos, el plan ya dispuesto y el juego acechando, qué mejor solución, para empezar, que llevar el ritmo con el zapato derecho y con la sonrisa, recuerdo que la primera vez resultó ser un pianista americano acompañado de contrabajo y batería, un tipo muy lírico, tal vez algo melodramático, y con esas inverosímiles y adamadísimas rupturas del ritmo natural, y aquel bajista de dos metros que a mí me recordó por un momento a Thelonious, a Thelonious Sphere, a Thelonious Sphere Monk, y nosotros sincronizando los cronómetros en los lavabos, casi clandestinamente, y ese minúsculo papel en el que habíamos anotado, con letra pequeña y redonda, los números que indicaban los minutos exactos en que debíamos romper a aplaudir, aunque por otra parte parecía imposible olvidarlos después de las discusiones que nos había costado la decisión, y también en aquel papel las indicaciones precisas del tipo de aplauso que convenía cada momento, algo así como
“Minuto veintisiete (27:00): aplauso breve y caluroso, con pataleo.

Minuto cincuenta y dos (52:00): aplauso ardiente intercalado con silbidos. Minuto sesenta y tres (63:00): ovación (en pie)”.
y se añadía una posdata que indicaba que, de superar el concierto la hora y cincuenta y tres minutos (lh53:00), abandonaríamos la sala protestando airadamente de la intolerable monotonía del programa.
Nos situamos estratégicamente, yo en la fila tres y tú en la cuarenta. Habíamos decidido hacer ver que no nos conocíamos en previsión de vigilancia y por eso fue la sincronización en los lavabos, a mí casi me entró la risa en el último segundo y un señor con barba nos miró con inusitada furia melómana, y después, ya sentados en las butacas respectivas, nos buscamos con la mirada, y mientras empezaba el concierto, que aquella vez tardó en comenzar más de lo usual, yo me entretuve leyendo El idiota y tú Humilladosj ofendidos, las manos ya calientes y dispuestas para el recital de aplausos in crescendo, aunque el juego no permitía, por supuesto, aplaudir fuera de los minutos tan trabajosamente establecidos, y así empezó todo, el ritmo con el pie, la sonrisa constante (que habíamos ensayado frente al espejo del recibidor de mi casa), y también la certeza de que nos encontrábamos ante algo grande, ante algo realmente grande.

Un comentario

  • M.C. Mendoza diciembre 6, 2015en2:34 pm

    Yo solo leí su libro-parodia de Stieg Larsson, y me reí bastante, jaaj, pero claro, era una parodia. No me llaman mucho sus temas serios.

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