Juan Filloy. Caterva.

noviembre 30, 2015

Juan Filloy, Caterva
Siruela, 2003. 414 páginas.

Juan Filloy fue todo un personaje, como se desvela en el epílogo final. Trabajo de juez toda su vida sin salir de Córdoba, Argentina. Sus primeros libros se los editaba el mismo y los repartía entre sus amigos. A pesar de todo la calidad de su prosa lo hizo tan conocido como para aparecer en un lugar destacado en Rayuela.

También era un hombre de muchas manías. Todos los títulos de sus obras tenía siete letras, y un libro suyo se compone de nada menos que 2000 palíndromos. Anécdota del epílogo:

Metódico obsesivo como Óptimus, su célebre personaje de Op Oloop (1934), Filloy se trazó un plan literario original: publicar un libro por año, que sólo podrían leer sus amigos o colegas a quienes él enviara ejemplares por correo. Y después de esos siete libros se llamó a silencio y se mantuvo casi tres décadas sin publicar.
Entre 1939 y 1967 hay una enorme pausa en su bibliografía, aunque él no dejó de escribir ni un solo día y fue guardando su obra inédita en la caja fuerte de su despacho. Durante todos esos años su labor como magistrado lo forzó al recato y le impidió hacer pública la constante impudicia de sus textos, así como sus opiniones fuertemente polémicas.
Entre 1967 y 1973 reaparecieron sus tres novelas más conocidas {¡Estafen!, Op Oloop y La Potra) en una reconocida editorial de Buenos Aires, pero, disconforme e incómodo con las exigencias del marketing, al cabo decidió no firmar más contratos y retomó su vieja costumbre de hacer ediciones de autor, semicomerciales, ahora en la imprenta de sus amigos los Hermanos Macció, de Río Cuarto.

Esta obra se publicó en 1937 y tiene una exquisitez tal de lenguaje que parece escrita ayer misma. Tomando un café con mi amiga Silvia me preguntó ¿Qué tal está el libro? y le dije que abriera por donde quisiera y que leyera: le gustó lo que leyó. Nombren de cuantos libros se puede abrir por cualquier lado y maravillarse de la escritura.

La excusa argumental para el despliegue verbal son siete linyeras, antiguos mendigos profesionales que tras el robo de un dinero se dedican a recorrer Argentina y ayudar a movimientos obreros en huelga. Lo jugoso son las reflexiones, los curiosos personajes y, por supuesto, el lenguaje.

No me extiendo más. Dejo fragmentos de sobra, en general reivindicativos. Y aquí un par de reseñas: CATERVA, DE JUAN FILLOY y Caterva – Juan Filloy . Ignoro que hilo me trajo a este libro.

Calificación: Excelente.

Extractos:

El amor es elocuente en unos, tartamudo en otros. Es un don. «Katanga» lo sabía. En su larga odisea a través del albur, había visto cómo toscos galanes persuaden y cogen las flores más finas. Y, al revés, cómo sabios notables maceran sus ansias sin llegar jamás al deleite del sexo. El instinto es igual en todos los varones: una enorme cisterna de deseos perdida en la maraña del ser. Pero los canales que desembocan en los labios se atragantan de emoción en las personas cultas.


El affiche de sus triunfos remotos pasó por su memoria como una obsesión dantesca. ¡También llamarse Doctor Inhell!… Pero tornó al tema. La concurrencia del café-concierto -mitad speak easy, mitad casa non sancta- en que actuaba esa noche no se interesó en absoluto por sus juegos. Prestidigitaba ella en nerviosos cuchicheos. Sacaba ella, de su conmoción, las apostillas más curiosas; ni más ni menos como él, de su chistera, conejos, banderas, licores y corpinos… Él, entonces, se convirtió en espectador. Y bajando del escenario a la sala, so pretexto de una chance, se mezcló en la marea de esa ralea… Databa desde tal ocasión su cariño por los gangsters. El formidable golpe de audacia, dado ese día por una de las bandas, era un episodio encalabrinante de heroísmo y audacia. La fruslería del delito individual quedaba relegada a la pifia de la justicia y a la tradición de los relapsos. Allá habían industrializado la coima, el vicio, el contrabando. Luchaban los monopolios del crimen. El trust de Al Capone con el de… Buck Moran (no se acordaba bien) en la eterna aspiración de dominio y prevalencia. Nada más. Lucha limpia. Lucha con altura desde la bajeza. Lucha épica. ¡Qué diferencia con los canallas de Wall Street, que especulan con el hambre, la salud y el honor -¡lo imprescindible!- de media humanidad menesterosa! Los gangsters, por lo mismo que explotan lo superfluo de una minoría rica, han dignificado la profesión de delincuente. Ya no incurren en el oprobio de saquear la menguada bolsa del caminante, sino practican el racketeering a los pulpos del comercio y a los tiburones de la banca: a quienes succionan y trituran precisamente los dineros del pueblo.


-Sí, viejo. La humanidad es así. Al «¡Abajo el trabajo y quien lo trajo!», que vociferan los pobres, los ricos responden: «¡Viva el lujo y quien lo trujo!»… La justicia es una lechuza. Guiña los ojos, alternativamente, a la izquierda y a la derecha. Guiños de esperanza al miserable… Guiños de inteligencia al potentado… Grábalo bien en tu memoria. La justicia es una lechuza. Guiña los ojos, alternativamente, a la «izquierda» y a la «derecha». Promete consuelos a los pobres. ¡Y brinda ironías canallescas a los ricos!
Impacto.
La comparación dio en el corazón de la caterva.
«Lon Chaney» y «Dijunto» balancearon afirmativamente la cabeza.
Tenían aún el belfo estirado, cuando «Katanga» prosiguió:
-Sí, viejo. La justicia es una lechuza… Hay dos clases de seres en la humanidad: los que tienen motivos por qué quejarse y los que carecen de motivos por qué quejarse. Los que tienen motivos por qué quejarse hacen perfectamente en propugnar a que cambie el estado de cosas que les aflige. Los que carecen de motivo por qué quejarse hacen perfectamente en procurar que las cosas sigan iguales. Para unos, su miseria constituye una ignominia flagrante a los fueros de la equidad social. Para los otros, la equidad social es una patraña que no respeta el confort de sus privilegios. De tal modo, mientras aquéllos luchan por borrar las desigualdades, éstos se encastillan en el goce de sus sensualismos. Ala izquierda y ala derecha de la humanidad. Pero… la justicia es una lechuza. Guiña alternativamente los ojos. Guiños de esperanza al miserable… Guiños de inteligencia al potentado…


-Despacio. No se apure. Por lo pronto, busco la poesía del acto. Se ha hecho tanta prosopopeya, se ha alegorizado tanto la acción de arar, que procuro dar con ella. ¡Hasta hubo unas estampillas argentinas con la imagen de un labrador! Ni más ni menos como usted en este momento. A la verdad, fuera del sudor y del ritmo, de la voluntad tensa que conduce el esfuerzo de los caballos, del dolor suyo y del sufrimiento de ellos, no percibo nada que merezca respeto. La prosopopeya, la alegoría, son cuentos del tío, inventados por acopiadores de granos.
-Por’ai va la cosa. La poesía la ven los que nos explotan. Si ellos cincharan de sol a sol… ¡Pero si hubo hasta un ministro que se descolgó con unos versos camperos, de un tal Virgilio, pa’entusiasmarnos!…


-Bueno: basta de chachara.
-¿Chachara? ¡Oxte! ¡Oxte!
-En concreto: usted está caliente porque lo llamé «sobaco ilustrado». Porque dije que el hombre culto no lee diarios. Porque me gusta el lunfardo… Y bien. ¿Por eso tanto barullo? ¡Vaya a la mierda! Sepa que nos ha hinchado las…
Enmudeció. No hay como la crudeza de una puteada para cortarle el chorro a la presunción. Apabulla y zahiere de tal modo la dignidad magistral, que la boca se clausura en el acto por lock out del cerebro. Todo el pundonor del boticario se aplastó así, agachando los hombros. Pareció deplorar el caudal lexicográfico vertido inútilmente. Pero restituyó su énfasis. Y recogiendo la sarga antigua desenvuelta en su monserga, la enroscó en su cuello con el garbo de una capa.
Todos, la dueña inclusive, le vieron retirarse inflado de prosopopeya.
«Katanga» fue el único que le tuvo lástima. Lástima innecesaria, por cierto, desde que abandonaba el foro, después de la lección frustrada, con la gallardía de un retórico.
-En Colombia, en Ecuador, he encontrado muchos sujetos de su laya, con psicosis gongorina. Grandes sabedores del patrimonio lingüístico, pero poco sabios de los imperativos de la hora. Sujetos que ignoran que el lenguaje es contenido vital, no fría erudición. Sujetos que hablan tan castizamente el castellano que obligan a traducirlo… al castellano corriente.
-Pues da usted en la tecla. Don Baudilio se desvive por complicar lo simple. Jamás le escucharéis pedir: -Déme cuarto kilo de queso, sino: —Liadme cuarto kilogramo de condensación láctica. Jamás os dirá que es idóneo de farmacia, sino: -Consuelo de podrigorios… Ayer me desconcertó con el pedido de una aljofifa.
-¿Aljofifa?
-Sí señores míos: al-jo-fi-fa. Toda una patochada que significa nada menos: un trapo para fregar pisos…


Es difícil apearse de sí mismo cuando el enojo se encabrita.

Un comentario

  • Carlos octubre 15, 2018en11:39 am

    Simplemente es que no estamos debatiendo sobre lo
    mismo.
    Tu hablas del Pasado: tu libre interpretación del pasado y la
    situación actual.
    Yo hablo de Futuro: de lo que tiene probabilidades de pasar en base al contexto de disminución de energía disponible y de las semillas que se
    han plantado.
    Sobre el pasado, no me vendas tu moto. Cada cual anda con la suya.

    Sobre el futuro, no he visto que aportaras ningún argumento
    en contra del proceso de disgregación de las estructuras de gobierno durante el periodo de colapso de una civilización.
    Es un escenario que puede ocurrir y le puede ocurrir al estado español, con más probabilidades que al
    francés.
    Hasta luego. http://www.oraculodenostradamus.com/

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