Rafael Chirbes. El viajero sedentario.

octubre 30, 2015

Rafael Chirbes, El viajero sedentario
Anagrama, 2004. 374 páginas.

Con la cabeza llena de recomendaciones de Crematorio y teniendo a mano este libro, decidí empezar con él para ver cómo era la prosa de Chirbes. Fue un error. El libro está bien escrito, pero Crematorio -lo puedo decir ahora- es mucho mejor.

Una colección de artículos o semblanzas de diferentes ciudades. Se lee con gusto, pero si no has estado en casi ninguna -como es, tristemente, mi caso- el interés es relativo. Para amantes de los libros de viaje supongo que será excelente.

No he encontrado reseñas, sólo artículos, enlazo este: Rafael Chirbes reflexiona sobre la vida con un recorrido literario por ciudades de todo el mundo.

Calificación: Bueno.

Sorprende a quien visita la ciudad la abundancia de buena arquitectura levantada a lo largo de tantos años, el volumen de obras de arte que sigue guardando Amberes, tras tantas sombrías etapas de decadencia, tantas guerras, saqueos, incendios, mutilaciones y destrucciones patrimoniales: siniestros avatares que han hecho desaparecer retablos góticos y barrocos (Amberes se hizo famosa por su arte para tallar retablos en madera), frescos, muebles, tesoros. Leonardo da Vinci se lamentaba, no sin ironía, de la fragilidad de la música, que sólo dura un instante, mientras un intérprete la hace sonar. Oponía a dicha fragilidad la capacidad de permanencia de la pintura, de la arquitectura, de la escultura. Lo cierto es que no se mostró el genio muy sutil en su reflexión, ya que mientras que muchos de sus cuadros han desaparecido y otros apenas guardan algo de su belleza original, los músicos siguen tocando las obras que sus contemporáneos escribieron en frágiles partituras. De ese discutible punto de vista de Leonardo se acordó el viajero, cuando leía en las guías de Amberes el triste destino de los grandes frescos de la escuela de Rubens devorados por las llamas, los saqueos de los revolucionarios franceses, quienes, en su furor laico, llegaron a proyectar el desmantelamiento de la catedral; las opuestas iras de los calvinistas locales y los católicos españoles. Pensaba en todas esas destrucciones y, entretanto, oía hablar a sus vecinos de mesa, propietarios de obras de arte, y veía por detrás de las cristaleras de la terraza las viejas casas de la Grote Markt restauradas o reconstruidas. Pensaba en cómo la música de la ciudad sigue sonando fiel a sí misma, a pesar de tantas mutilaciones porque la partitura que permite a Amberes seguir siendo Amberes a través de los siglos no es otra que la permanencia de la ingrávida página del dinero que trae sobre sus aguas el Escalda. Desde ese ente de razón, que roza lo invisible, que fue grano de cacao en el imperio azteca, sal en ciertos pueblos primitivos, oro y plata en el tramo de historia europea que conocemos; que toma forma de papel o de metales desdeñables,
labrada. Comen platos de col mientras esperan un tren. Había estado allí la tarde anterior: en medio de una borrachera de espejos, flores de metal y tulipas de vidrio, cuatro mujeres comían al atardecer, y la luz del crepúsculo las mojaba con el reflejo polícromo de las cristaleras. Flotaba en el aire esa melancolía que suele apoderarse cada atardecer de los locales abandonados, y también la belleza de algo que de algún modo seguía intacto. Olía a hurno de locomotoras en el andén de la estación y el viajero había pensado en Karenina. La orilla de los fríos y grises canales -la Fontanka, Griboiedova-, entre miles de columnas de mármol, de jade, de alabastro, de estuco, sobre cuyas basas trepaban niños juguetones, a aquella hora melancólica de la caída de la tarde. Karenina -o Tolstói- conocía todo aquello, los puentes, los palacios. Todo seguía allí, intacto.


El primer día al viajero le había parecido un milagro la pervivencia de esta ciudad magnífica, situada en los confines del mundo como una gigantesca maqueta. Llegó a pensar que era sólo la inercia, la pereza soviética la que había mantenido en pie tanto palacio rojo sangre, tanta fachada de color pistacho, tanta ventana enmarcada en añiles, en amarillos, y tanta y tanta cúpula dorada y de oro. Pero luego había ido descubriendo que, detrás de la rutilante fachada del milagro, está el andamiaje de la voluntad de un pueblo que ama su ciudad porque la rescató con sangre. Fue aquí donde estalló la revolución soviética, donde los obreros, los soldados y los campesinos formaron por primera vez en la historia del mundo un gobierno suyo. En pie famélica legión. Los obreros guardaron los tesoros que habían almacenado los zares y que ahora ya eran del pueblo. Aún habrían de salvarlos una segunda vez. Un cuarto de siglo después de la revolución, durante la Segunda Guerra Mundial, el cerco de Leningrado por el ejército nazi se convirtió en símbolo de heroísmo para todo el mundo. El sitio alemán duró novecientos días, y dejó tras de sí casi setecientos mil muertos; buena parte de ellos, de hambre. Para los habitantes de Londres, de París o de Nueva York, a medida que pasaban los meses resultaba difícil creer que la ciudad siguiera resistiendo los terribles bombardeos.


[…] es una fotografía sentimental que se llevan consigo los turistas, como se llevan esas cajas de bombones de chocolate, envueltas con el papel de aluminio en el que aparece su retrato, y que ocupan los escaparates de la mayoría de las pastelerías de Salzburgo. Nada importa que el músico se pelease a los veinticinco años con el arzobispo salzburgués y que ya sólo volviera a la ciudad para visitar a la familia. Los turistas que buscan a los familiares de Mozart entre los coquetos putti de mármol del cementerio de San Sebastián —en el que también enterraron a Paracelso-, han leído en las guías que el músico no está aquí, porque murió en Viena, donde sus huesos fueron arrojados a una fosa común. Eso no importa gran cosa. Queda su espíritu entre las piedras de Salzburgo, la música de sus óperas, la belleza de la ciudad que lo vio nacer. Queda la cultura. La mentira.

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