Javier Sáez de Ibarra. Bulevar.

febrero 13, 2015

Javier Sáez de Ibarra, Bulevar
Páginas de espuma, 2013. 242 páginas.

No sé a quién oí comentar que de tanto leer ya no había nada que le sorprendiera. Que ya se conocía todos los esquemas y todo lo tenía visto, que la ficción ya no le llenaba. Desde entonces vivo con miedo de que me pase lo mismo. Cuando enlazo dos o tres malas lecturas, cosas sin gracia, pienso ‘ya está, ya me ha pasado’. Pero luego aparecen libros como éste o el siguiente que he leído y respiro aliviado. Hay muy buenos relatos en esta lista:

Defensa
Permiso
No se acaba nunca
Sacar al perro
Manda aquí
El señor Remáser
Fuerza
Hermanos
Una historia reciente
Enciclopedia occidental
Actividades de refuerzo
Ya lo entenderás
La reina
La inocencia
Bulevar
Recordatorio
Termina primero
Contarlo

Yo siempre había hecho una clasificación un tanto artificial pero que también había escuchado en algún sitio. Un cuento es una narración breve con su inicio, nudo y desenlace (muchas veces con sorpresa). Un relato es un fragmento de vida, un paisaje, una viñeta. Lo que no imaginaba es que hay textos, como estos de javier, que son ambas cosas. Son un fragmento, una ventana por donde vemos a unos personajes. Y, aunque no hay resolución, uno se la imagina. Intuímos que hay un desenlace, que el autor no nos cuenta.

Se juega además con diferentes estilos, desde cambios de lenguaje y pies de página en Manda aquí, hasta la comparación de un libro de texto en diferentes años de Una historia reciente. Mis preferidos son más clásicos: La anécdota de Fuerza o las relaciones familiares de El señor Remáser y Hermanos.

Me ha gustado mucho. Más reseñas aquí: Javier Sáez de Ibarra y su “Bulevar” , Bulevar, de Javier Sáez de Ibarra y Bulevar, de Javier Sáez de Ibarra .

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
-Conque dos hijos -dijo de pronto Esteban-. Lo felicito. -Gracias -le contestó Remáser. -Tiene suerte con ellos. Cuando se pierde a la mujer, sólo queda ese consuelo de los hijos. ¿Sabe?, yo no tuve, y eso que me casé tres veces. Quise cuidar al chaval de mi última mujer; pero no conseguí que hiciéramos migas. Además, tenía a su padre en contra… No pudo ser y decidí no preocuparme más. Soy de los que piensa que contra lo imposible es mejor no pelearse.
En aquel momento sonaba otro blues; la charla de Esteban impedía el efecto de la vez anterior.
-El mayor se parece a usted -continuó-: serio, responsable, un buen chico. Imagino que el otro saldría a su señora. ¿Lo molesto? -preguntó. La ausencia de respuesta podía significar cualquier cosa-. Suele ocurrir, es como un reparto de la naturaleza para que los padres no discutan. Así cada uno tiene su espejo… La gente se lleva mejor con el más distinto. Yo, si hubiera tenido un hijo, habría preferido que no se me pareciera…
Esteban se volvió hacia el señor Remáser, distinguía su perfil un poco de soslayo, no podía saber la repercusión de sus palabras.
-Apuesto a que Pablo es más nervioso que el otro, más independiente. Aunque no haya venido, se nota que usted lo quiere mucho. Está orgulloso de él -dijo. Esteban calló de pronto. La última canción siguió sonando todavía un rato. Un hombre que viajó en largos trenes por la llanura recordaba el color de las trenzas de una muchacha. Aunque quería volver con ella, no podía, le faltaban dos dólares… en torno a esos dos dólares avanzaban las estrofas. Al ter-

minar, se hizo el silencio sobre el que pasó como la huella de una copia fallida.
Al día siguiente, entró en la habitación un hombre viejo de mediana estatura, conservaba algo de pelo sobre las orejas y el cogote, llevaba unas gafas pasadas de moda. Su traje negro y el alzacuellos lo identificaron. Saludó a Esteban, le tendió las manos a su viejo amigo. El cura actuaba con determinación, o se diría con un exceso de energía del que quisiera librarse. Enseguida arrimó la butaca a la cama de Remáser y se puso a hablar con él en voz baja. Esteban lo veía de espaldas.
Oyó la risa breve del sacerdote; se referían a terceras personas y bromeaban. Luego cambiaron el tono; ya sólo entendía palabras sueltas como «hijo», «alma», «Dios». El señor Remáser le respondía con susurros. Esteban se quedó mirando al techo.
El sacerdote hizo un brusco movimiento para sacar de entre sus ropas una banda de tela que se echó al cuello. El gesto atrajo la curiosidad de Esteban. Entendió que Remáser iba a confesarse; entonces se levantó y fue al baño. Orinó, se aseó con calma y dejó pasar el tiempo que consideró necesario para aquellos casos.
Al salir, ya habían terminado. Con el chirrido de la puerta el sacerdote se volvió.
-Tengo la estola puesta. Si quiere puedo confesarle
-dijo.
-No, no, padre; gracias -le contestó Esteban, y empezó a acostarse-. Tengo muchos pecados.
-Por eso mismo, entonces -propuso el cura sonriente.
-Pero no se deben contar -concluyó Esteban.

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