Javier Cercas. El inquilino.

enero 21, 2015

Javier Cercas, El inquilino
Acantilado, 2002. 140 páginas.

No hay como alcanzar la fama para que te reediten. En este caso, con gran acierto. Tenía pendiente desde hace mucho retomar a Javier Cercas, del que me gustó Soldados de Salamina pese a su condición de superventas. Tiene entrada en la wikipedia: El inquilino.

Mario Rota trabaja en una universidad estadounidense y regresa de sus vacaciones. Sale a correr y se tuerce un tobillo. Como a veces las pequeñas cosas nos complican la vida descubre que tiene un nuevo vecino, el profesor Daniel Berkowicz, que parece desplazarlo en la universidad, intelectualmente e incluso con su pareja.

Me ha parecido una novela deliciosa y leo en una reseña que así la calificó también Bolaño. También que el tema del doble está muy tratado en cine y literatura, pero aquí está tratado muy bien. El ambiente onírico se va creando en base a repeticiones que dejan al protagonista en un limbo emocional hasta el desenlace final.

Seguiremos insitiendo con el autor. Un par de buenas reseñas: El inquilino y El inquilino, novela estupenda del gran Javier Cercas. De propina un cuento reseña del gran Avilés: El inquilino, de Javier Cercas. .

Calificación: Muy bueno.

Extracto:
Entonces pensó en Berkowickz.
En un primer momento le había halagado que conociera su artículo, el único que había publicado desde que se doctorara; pero el carácter insustancial de ese estudio, que Mario era el primero en admitir, así como el hecho de haber sido publicado en un trimestral de nulo prestigio, le hicieron recapacitar después. Sólo acertó a formular dos hipótesis que explicaran la curiosa erudición de Berkowickz: o bien había estado trabajando últimamente en la dirección en que lo hacía el artículo de Mario, en cuyo caso se habría tal vez sentido en la obligación de examinar todo lo que se había publicado sobre el tema en los últimos tiempos, por insuficiente o defectuoso que fuese, o bien pertenecía a esa restringida casta de estudiosos que, sin más beneficio inmediato que el placer intelectual o la satisfacción de la curiosidad, recorren con morosa asiduidad las publicaciones regulares y se mantienen al día en lo que a las investigaciones que se llevan a cabo en su campo se refiere. Mario descartó de inmediato esta última conjetura: no sólo porque no cuadraba con la impresión que Berkowickz le había producido, sino porque en tal caso el nuevo inquilino sería sin duda un personaje notorio en la profesión, y lo cierto era que a Mario ni siquiera le sonaba su nombre. Esta conclusión lo reconfortó.
De lo que en cualquier caso no cabía la menor duda era de que Berkowickz no ignoraba la plebeya catadura intelectual del trabajo de Mario—a no ser que sólo conociera el título del artículo, o que lo hubiera hojeado distraídamente sin llegar a apreciar la indigencia de su contenido. Este hecho, sin embargo, no le preocupaba: si era cierto que ante el propio Berkowickz le colocaba en una situación algo incómoda, no lo era menos que los colegas del departamento (y entre ellos Scanlan, que era en definitiva el único que contaba) no leerían nunca el artículo, como no habían leído los que había publicado con anterioridad ni muy probablemente leerían los que publicara en el futuro; no había, por lo tanto, de qué preocuparse. Por lo demás, tampoco era verosímil, de acuerdo con los razonamientos anteriores, que Berkowickz resultara ser algo más que un primerizo en la profesión; de ahí que cupiera esperar que su trabajo fuera, o bien inmaduro e incipiente, o bien de una mediocridad tan palpable como la del trabajo de Mario. Si a cualquiera de estas dos posibilidades se agregaba el conocimiento que Mario poseía de las reglas explícitas e implícitas que regían la mecánica del departamento, el resultado era que se hallaba respecto a Berkowickz en una posición ventajosa.

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