Antonio Blanco Freijeiro. El arte griego.

octubre 13, 2014

Antonio Blanco Freijeiro, El arte griego
Anaya, 1998. 96 páginas.

Andaba escuchando esta conferencia sobre la romanización de Hispania y como hago muchas veces si el autor me gusta busco algún libro suyo. En la biblioteca he encontrado unos cuantos, y he empezado con éste, que es de poco fuste.

Cortito, dentro de una colección Biblioteca básica de arte hace un recorrido por el arte griego explicando su origen y desarrollo, con abundantes fotografías. Ideal para un repasillo pero con poca profundidad y para estudiantes de bachillerato con poco tiempo.

Eso sí, he disfrutado mucho al leer los diferentes tipos de capiteles y las partes de los templos griegos sin la presión de tener que memorizarlos para ningún examen.

Calificación: Bueno.

Extracto:
El orden dórico
Corinto, y su amplia esfera de influencia en la segunda mitad del siglo VIII a. de C, fue la creadora del templo dórico. Al menos, en ella se encuentran sus incunables, aunque no en las grandes ciudades, sino en parajes remotos e incluso posteriormente abandonados: Thermos y Kali-dón, en Etolia; o bien Micenas y Ti-rinto, ambas en la Argólida, la primera con las más antiguas metopas de piedra y la segunda con los primeros tríglifos.
Hacia el año 500 a. de C. el orden dórico alcanza su forma clásica, hasta el extremo de que el templo de Afaia (1 y 3), levantado entonces en la isla dórica de Egina, apenas se diferencia más que por su pequeño tamaño de dos gigantes del mismo orden, erigidos cuarenta o cincuenta años después: el templo de Zeus, en Olimpia (2), y el de Hera II, en Paes-tum. Tal estabilidad en un arte en permanente y rápida evolución fue debida a que la perfección del canon se alcanzó muy pronto, hasta el punto de que cualquier modificación significaba su degradación.
El templo de Afaia tiene su celia dividida en tres naves por dos hileras de columnas superpuestas en dos pisos, formando las más altas unas galerías laterales que se abren sobre la nave central. El templo es tan pequeño y compacto que, verdaderamente, sus vigas no hubieran necesitado estas columnatas, lo que indica claramente que se encuentran allí por otro motivo: acompañar y dignificar a la estatua del culto, la cual no era más corpulenta que cualquiera de sus columnas. Esa extrema pequenez, esa falta casi agobiante de espacio interior, no le resta, sin embargo, fuerza al efecto de grandiosidad y monumentalidad que produce el edificio. Sus fachadas son hexásti-las (de seis columnas), lo cual constituye el ideal del dórico, porque traslada al exterior las líneas esenciales del interior: las hileras de columnas de la celia y las dos del pronaos y del opisthódomos, la línea de los muros y las columnatas de los pórticos laterales. Sus capiteles abandonan la forma expandida del arcaísmo y se recogen en un equino de perfil clásico. Sólo la falta de curvatura de las líneas horizontales, refinamiento que no se alcanza hasta más tarde, revela la gran antigüedad de esta obra maestra de un arquitecto por desgracia anónimo.

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