Fabián Casas. Los lemmings y otros.

octubre 8, 2014

Fabián Casas, Los lemmings y otros
Alpha Decay, 2011. 148 páginas.

Me imaginó que me lo apunté vía Sergi Bellver (gracias, maestro): Los lemmings y otros, de Fabián Casas (Alpha Decay), en BCN Mes, e incluye los siguientes relatos:

Los lemmings
Cuatro fantásticos
El bosque pulenta
Charla con el japonés Uzu, inventor del Boedismo Zen
Casa con diez pinos
Asterix, el encargado
La mortificación ordinaria
El relator

APÉNDICES AL BOSQUE PULENTA
M. D. divaga sobre un trastorno
El día en que lo vieron en la tele

De fuerte aire biográfico, hasta el punto de que en Casa con diez pinos (dedicado a Fogwill -que aparece como personaje en el siguiente cuento- y, supongo, a su muchacha punk), anticipa la pregunta y afirma que lo que se cuenta es absolútamente verídico. El amor en la distancia por la muchacha en Los lemmings, los sucesivos amores de la madre en Cuatro fantásticos , el amigo broncas y carismático en El bosque pulenta configuran una primera parte de evocación de la infancia. La bisagra de la Charla con el japonés Uzu, inventor del Boedismo Zen. El trabajo en la editorial escoltando al Gran Escritor en Casa con diez pinos, la amistad con un extraño portero al que le cuelgan dos asesinatos en Asterix, el encargado testigo de la juventud. La mortificación ordinaria madurez otoñal de un antiguo combatiente que todavía puede dar guerra, y la ancianidad en El relator. Los apendices, el ¿qué pasó con?

Lo breve si bueno dos veces bueno, y apenas 150 páginas sonsuficientes para que el autor nos demuestre su solvencia. En la entradilla se afirma que el autor ya no escribe y se dedica al karate. Sería una verdadera pena.

Más reseñas y, como siempre, mejores: “Los Lemmings y otros”, de Fabián Casas, Reseña de Los lemmings y otros de Fabián Casas y LOS LEMMINGS y otros (de Fabián Casas) por Noelia Vera .

Calificación: Muy bueno.

Extractos:
EL BOSQUE PULENTA
Se trata de dos chicos que salen a la vez por las puertas traseras del mismo taxi y que, por miles de motivos, no se vuelven a ver más. Uno de ellos soy yo, el que cuenta la historia. El otro es Máximo Disfrute, mi primer amigo, maestro, instructor, como se le quiera llamar.
Mi mamá y su mamá trabajaban en la misma fábrica de ropa interior femenina. Lo primero que recuerdo es que estamos debajo de algo. Puede ser la mesa inmensa del dormitorio de mis viejos. Ahí jugábamos. Durante toda mi infancia Máximo venía a mi casa para que jugáramos. Como su mamá era muy pobre y vivía saltando, como una abeja, de hotel en hotel, yo nunca iba a su casa a jugar. Una vez, cuando Máximo era bebé, y su mamá alquilaba una pieza donde no querían madres solteras, se tuvo que acostumbrar a dormir en un cajón, escondido debajo de la cama, por si la dueña del lugar irrumpía de golpe en el cuarto y los echaba a patadas. Esa incertidumbre constante, ese peregrinar de pieza en pieza, aceleró la imaginación de Máximo y lo convirtió a temprana edad en un adulto. ¿Qué es un adulto? Alguien que comprende que la vida es un infierno y que no hay ninguna posibilidad de buen final. Máximo, según mi parecer, venía rumiando este conocimiento desde que estaba debajo de la cama, en la oscuridad.


Recordé el latiguillo de un amigo: «Alos escritores no hay que conocerlos, hay que leerlos».
Al rato estábamos en un taxi que apestaba a la colonia del Gran Escritor, quien parecía respirar con dificultad. Afuera hacía un calor infernal. El Gran Escritor quiso pasar por algunas librerías céntricas para ver si sus libros estaban bien expuestos. Por eso bajamos del taxi varias veces y hablamos con los encargados de algunos locales. Los libros estaban bien adelante, en la vanguardia. Normas sabe lo que hace. El Gran Escritor quiso un ejemplar del último de Conejo. Dijo que estaba escribiendo un ensayo sobre esa literatura. «De mierda», remarcó. Como para sacarlo gratis tenía que llamar a la editorial, decidí pagarlo con lo que me habían dado para viáticos. Volvimos al bendito taxi con el libro de Conejo. Salimos a los tumbos porque la calle estaba mala. El Gran Escritor hojeaba al tuntún. Murmuraba palabras en francés. Sacaba vapor por las orejas. Los vidrios del auto se empañaron.
Milanesas, ensalada, flan con crema, café. Yo lo mismo. El Gran sacó un puro inmenso. El aire acondicionado del local me cacheaba. El Gran Escritor quiso saber mi edad y si yo también escribía. Pero antes de que le pudiera contestar, se largó con un rap. Dijo que para escribir había que ser humilde, que la literatura de masas es el enemigo de la literatura seria, que uno trabaja y trabaja pero nunca se termina, que las ambiciones son enormes y los resultados son deformes, que siempre hay que preocuparse por cambiar, que la literatura de X era una mierda, que lo que escribía Z
sólo era publicable entre idiotas. Aspiró, largó humo. Se quedó callado. Me hubiera gustado preguntarle si en algún momento se había dado cuenta de que yo estaba a su lado desde la mañana. Pero en cambio le dije que leerlo me ayudó a escribir, que yo encontré mi voz hurgando en sus novelas. «¿Le gusta mi obra?», me preguntó mientras usaba un mondadientes de chupetín y me miraba de reojo.
Después de parar en un locutorio para chequear sus mails, de caminar por una plaza inmensa y de comer un helado de parado, nos sentamos en un café muy chico, con poca luz y con ventiladores enormes. Con el fondo del ruido mecánico de esos aparatos, el Gran Escritor fijó su mirada melancólica en la calle y me dijo: «Una vez, cuando era muy joven, me tocó acompañar a Borges en una visita que hizo a mi pueblo… Era un tipo muy divertido… Me acuerdo que la noche anterior casi no pude dormir… Si usted va a ser escritor tiene que leer a Borges… Sobre todo el Borges de El Aleph, Ficciones, Discusión… Después empezó a repetirse ¡y es un poeta malísimo!».

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