Álvaro Cunqueiro. Fábulas y leyendas de la mar.

septiembre 24, 2014

Álvaro Cunqueiro, Fábulas y leyendas de la mar
Tusquets, 1982, 1998, 2003. 282 páginas.

Con la literatura pasa como con el amor. A veces un autor te deslumbra, te enamoras perdidamente de sus libros, pero con el paso del tiempo la pasión dosminuye. Otras veces, por el contrario, la pasión inicial se mantiene y se añaden otros matices cuando vas entrando en su visión del mundo. Todo esto para decir que cuanto más leo a Cunqueiro, más me gusta.

Es ésta una recopilación de artículos alrededor del tema marino. Pero decir artículo es quedarse corto, no sólo porque muchas veces aproveche para contarnos una historia, sino porque su prosa se acerca más a la del cuenta cuentos que a la del periodista. Como dicen en la introducción:

Así, pues, sus preocupaciones son antiguas y eternas, serena y dura su palabra, casi sagradas, de tan literarias, sus bizarras fabulaciones, que jamás fatigaron, ni en su prosa ni en su voz, pues fue un admirable narrador. El decía a menudo: «¿No tiene pena de la vida quien, en la larga noche, no sepa decirse un cuento?». Para él, la verosimilitud de la imaginación era un axioma. Creía en aquel refrán provenzal que dice que las canciones antiguas nunca mienten. Eran naturales y vividas las doscientas ciudades sumergidas, ahogadas en los mares, en las rías y en las lagunas de los mundos celtas; era ciudadano predilecto de ellas. O el discurso del caballo Lyofante ante el senado de la Serenísima República de Ve-necia, o el jovial y estremecedor carruaje de los muertos corriendo, estrepitoso, por las nieblas y los bosques de la Bretaña rebelde de los años de la revolución.

Con sus invenciones pretendía dar un rostro más complejo del mundo, hacer más vivaz y a la vez expresar su sorpresa ante la fauna y la flora mundanal, ante el hombre, «.el animal más extraño-», que adopta distintos rostros pero es siempre igual a sí mismo, ante los grandes y los pequeños trabajos humanos, que componen el rompecabezas de la historia. Y, sobre todo, como él decía, pretendía mantener el respeto y la rendida lealtad a las verdaderas riquezas; el pan, el pensamiento libre, el vino, los sueños y el derecho a la limosna y al trabajo…

Y no deja de ser curiosa la opinión que tenía él, un admirador de la imaginación y los cuentos populares, de las mistificaciones actuales:

Ustedes dirán que andamos perdiendo el tiempo en tonterías tratando de sirenas. Quizá. Pero por lo menos mis divertida, sabrosa cosa es que tratar de bioenergética y de extraterrestres. Ahora mismo, lunes 5 de noviembre, a las dos y media de la tarde, he visto en la «tele» a un profesor de bioenergética y a un tipo que rastreó todas las huellas posibles de extraterrestres en el planeta nuestro. La verdad, escuchando a tales «científicos», uno se pone colorado. En un país como España, donde tan poco aprecio se da a la ciencia verdadera y al estudio, donde la investigación científica gasta menos que una jornada de quinielas, es bien detestable cosa el echar esos retazos a la gente. Quedémonos con las sirenas.

Que una cosa son las sirenas, cosa seria, y otra las tonterías esotéricas.

En algunos artículos se vuelve profeta, al alertar sobre los peligros de los petroleros (pueden leer completo el artículo que dejo al final). En otros desgrana leyendas antiguas (también dejo ejemplo). Pero hable de lo que hable siempre habla bien, interesa y conmueve.

Autor imprescindible. No he encontrado reseñas, sólo fragmentos.

Extractos:
La vecindad del océano

Los gallegos estábamos tan tranquilos en vecindad y amistad con el océano, recogiendo en él cosechas de los tiempos más antiguos, y probablemente no supimos que estas oscuras rocas eran el Finisterre, el final de la tierra conocida, hasta que llegó el legionario latino con su pesado paso —dicen que lo imitaba muy bien un torero madrileño, Vicente Pastor, al que llamaron «el soldado romano»— y vio, «con religioso terror», hundirse el sol en el mar, allá donde los abismos del Tenebroso se poblaban de enormes bestias. El habitante, remoto antepasado, fabricó naves, inventó en su día la ligera dorna y, si hubiese sabido aquello que dijo el griego del océano «fértil en peces», lo hubiera podido comprobar cada día con la merluza do pincho, el rodaballo y el sardina. También era mariscador, y ahí están los cocheiros, los montes de conchas de todos los frutos de la mar que comió el gallego prehistórico y protohistórico. Fue un tipo valeroso, que se atrevió a ver si lo que tenía dentro la centolla era comestible. Y lo era. Y tuvo paciencia para la nécora. Un heleno, Aristón de Chíos, dijo, tres o cuatro siglos antes de Cristo, que el estudiante de lógica, de dialéctica, se parecía al comedor de cangrejos, que para llevar un poco de carne a la boca tiene que hacer un gran montón de cascaras. Las
rías daban todas las nécoras apetecidas y, absorto en aprovecharlas, el gallego no se dedicó a razonar ni aun a estudiar la nécora. En esto el gallego se parece un poco al chino. El recientemente fallecido Lin Yutang, dice que nunca la zoología y la botánica han adelantado mucho en China, porque lo primero que hace el chino ante un animal desconocido o una planta insólita es averiguar si animal o planta son comestibles. Así el gallego, dejando de lado los estudios de Aristóteles y los temores al kraken del hombre del Norte, que se prolongan hasta Julio Verne, ha hecho del pulpo uno de sus manjares favoritos. (Estos días anduvo por aquí un profesor de español en Tejas, oriundo de Kansas y con una abuela india cherokee, quien, al ver a una pul-peira sacar con un gancho un gran pulpo de la caldera en la que lo había cocido, se echó hacia atrás, asustado del bicho, como si acabase de aparecer ante sus ojos el terrible kraken devorador de buques, descrito por el obispo Pontoppidan en el siglo xv.)
Digo que estábamos tranquilos aquí en esta esquina de Europa, en buenas relaciones con el océano y, eso sí, pagando anuales tributos de humanos a la que Yeats llamó en un famoso verso «la asesina inocencia del mar». Nuestro don Ramón Otero Pe-drayo ha dedicado páginas admirables a describir la que él llamaba «la sinfonía atlántica», ese misterioso orden vital en el que se suman la ola marina, el granito y ciertos apetitos del alma gallega, que quizás en gran parte se resuman en la palabra saudade. Ese gigantesco animal que llaman el océano respira dos veces al día, y el gallego desde su roca lo contempla, viendo, como en Swindurne, los pies del viento brillar a lo largo del mar. El gallego antiguo, que vio
tantas ballenas costeando, nunca supo que existiera Leviatán, y, por tanto, no tuvo miedo de que con el viento del Oeste viniese el hedor de la gran bestia, creada por Dios antes de la creación —o en el quinto día de ésta; hay opiniones entre rabinos de Israel—, y con una gran marea apareciese sobre nuestra ribera su baba oscura y espesa. El mar era la claridad, la brisa vivificante, la despensa, la libertad y la aventura, y en días dolorosos, el camino de la emigración ultramarina, con el «negreiro vapor» de Curros. El mar próximo lo conocía el gallego —y lo conoce— mejor que su tierra de valles, colinas y montes. Recientemente ha sido publicado un libro de hidrotopónimos de la ría de Arosa, y el lector queda boquiabierto ante la precisión y minuciosidad, la certera mirada y la fantasía denominadora con la que el gallego ha titulado toda punta, cala, piedra. También una prueba de la antigüedad de su amistad con el mar. Todo lo peligroso que quieran, pero tajo cotidiano. Y además, limpio. El gallego lo ha dicho en un cantar:

Non te cases cun ferreiro,
que é mui malo de lavare.
Cásate cun mariñeiro,
que ven lavado do mare!

¡Lavado del mar! Pero viene el «Monte Urquiola», se rasca contra un bajo a la entrada de La Coruña, y todo lo que el gallego dejó de soñar de las babas de Leviatán ahora está ahí, ensuciando el mar de los ártabros, destruyendo la población marina y batiendo contra las rocas y llenando de «pichi» los arenales. Y ya pueden las notas oficiales y oficiosas decir lo que quieran, que la verdad es que la pobre Galicia está sufriendo, en una parte de su mar, una gran catástrofe sin precedentes. Se lo decía hace muy pocos días a las gentes del mar: ahora deben saber que hay un monstruo, una enorme bestia imprevisible, que se llama el petrolero, que viaja constantemente hacia nuestras costas, y que hay que exigir que, desde que aparece ante ellas, sea dominado como Dios dominaba a Leviatán. (En Los mitos de los hebreos de Graves, Dios ataca al insolente Leviatán a patadas. ¡Si era necesario!) No se puede dejar entrar en una bahía gallega a un petrolero de cien mil toneladas como él quiera, sino como queramos nosotros, bien escoltado a babor y estribor, a hora de marea, y que vomite, como el perro del Gran Turco, en el pozo que le está destinado. Ahora padece Galicia la irresponsabilidad de la bestia petrolera. Y durante largo tiempo el mar que lavaba al gallego, las olas y la espuma, no existirá. Y no existirán los peces ni el marisco. ¿Y de dónde saldrá el pan nuestro de cada día?


quien a su vez le daba de beber a la madre, en memoria de lo que Guntrid hizo en Belén.
Entre estos relatos hay uno que le ha gustado mucho al poeta Phillips Mac Calvert, quien, en su libro Santos sin lágrimas, se ha referido a él en en un poema dedicado a San Olaf. Este, en el último año de su reinado, tuvo un sueño: José, María y Jesús huían de Herodes, y se encontraban perdidos a la orilla del mar. Entonces, Olaf despertó angustiado. Aunque ya era cristiano, mandó llamar a un pagano que sabía viajar por el aire y convocar espectros. Se acercó el pagano al hall del rey, con promesa de que no sería muerto. Olaf le dijo: —Suponte que unos amigos míos, que llevan con ellos un recién nacido, están huyendo de una terrible cólera, perdidos en una playa. ¿Qué podrías hacer por ellos y por mí?
—Podría enviarles una nave. —¿Y el precio?
—Tus doce mejores hombres de mar, que nunca regresarían a sus casas.
Olaf no perdió tiempo. Eligió entre sus parientes los doce mejores guerreros y marineros, y los embarcó en aquélla de sus naves elegida por el mago pagano. A una palabra de éste, la nave se hizo a la mar, llevada como en vuelo por un viento que saltó a popa. Olaf pagó al mago y se echó a dormir, por ver si en sueños veía la nave llegar a tiempo. Y se durmió y volvió a soñar, y vio llegar la nave viquinga a un arenal, y cómo bajaba de ella su sobrino carnal Skuel Einarson, y recogía a los fugitivos, y haciéndoles subir a la nave los llevaba a Egipto, donde los dejaba en un jardín que se adelantó por el mar a recibirlos, cerca del faro, es decir, de Alejandría. Y al retirarse el jardín a la cos-
ta, una gran ola volcó la nave, y los tripulantes perecieron ahogados. Salvada así la Sagrada Familia, Olaf volvió a llamar al pagano.
—¿Puedo rescatar a mis parientes? —preguntó el rey.
—Puedes. Dame doce días de tu vida por ellos, y uno más por la nave.
—En la medida en que mi Dios me permite dártelos, tuyos son.
El mago eligió doce pelos en la barba de Olaf y otro más en el centro de la cabeza. Y poco después se escucharon gritos en la ribera, y era la nave con los doce sobrinos que regresaba. Estos contaron que estuvieron seis horas en la tiniebla profunda de la mar, pero tranquilos, sin miedo a ahogarse, ya que estaban viendo sobre ellos la mirada del Rey. La nave habló y dijo que quería que su madera sirviera para el ataúd del Rey, y la que sobrase que fuese quemada en los funerales. El juez Sturia, que hizo un hermoso elogio de un bandido llamado Grettir el Fuerte, elogió también esta nave, «la primera nave que habló con los hombres, y de la que puede decirse que naufragando murió y resucitó para dar testimonio de la piedad del Rey Olaf, al que costó un pelo de su cabeza».
En memoria de este suceso, en la Noruega cristianizada, el día de los Santos inocentes se quemaban pequeñas naves de madera en las iglesias. En memoria de la nave viquinga en la que viajaron José, María y el Niño, huyendo del Rey Herodes y de la gran degollación que ordenó. Unos hombres, reyes del mar, tenían que inventar forzosamente una huida por el mar.

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