Pepe Cervera. 29 cadáveres.

julio 25, 2014

Pepe Cervera, 29 cadáveres
Menoscuarto, 2013. 136 páginas.

La figura del asesino en serie nos fascina de una manera morbosa, y los cuentos de este libro exploran la figura y hechos de algunos de los más famosos. La lista es la siguiente:

29 cadáveres
Noah Yates ya sabe contar más de 100
Los últimos cinco minutos del último día en la vida de Rosalyn Marshall
Historia de un vampiro
Wonderful world
Un hombre normal
Un decorado perfecto para el verdadero Norman Bates
¡Al fin un mundo mejor!

Todos los hechos son reales y para dotarlos de sustancia narrativa el autor experimenta con diferentes enfoques, centrándose más en la parte de los asesinatos, o en la vida cotidiana, llegando al extremo experimental en Los últimos cinco minutos del último día en la vida de Rosalyn Marshall, narrado desde el punto de vista de la víctima justo antes de morir.

No son cuentos escabrosos pero tampoco ahorra detalles, en un equilibrio más difícil de conseguir de lo que parece. Se acompaña de unas breves semblanzas sobre algunos de los personajes que aparecen el libro.

A veces es difícil creer que lo que se cuenta es real. El lado tenebroso del ser humano. Más reseñas aquí: 29 cadáveres – Pepe Cervera y ’29 cadáveres’, de Pepe Cervera .

Calificación: Bueno.

Extracto:
John Wayne Gacy era un hombre de treinta y cinco años, mofletudo y propenso a engordar. De cutis blanco como el papel, un pliegue rollizo y gelatinoso en la carne fofa de la sotabarba envolvía con sus líneas opulentas todo el largo y ancho del cuello, otorgando a la cabeza una apariencia porcina. Llevaba una camisa wes-tern color azul cielo, de manga larga, con bolsillos tipo sonrisa, un cordón oscuro bordado con forma de yugo en el pecho y en la espalda, y unos botones metálicos que imitaban el cráneo de un toro con cuernos largos. El viento fresco que entraba por el hueco de la ventanilla le daba en toda la cara, aunque no parecía suficiente como para despeinarlo; solo un remolino de pelo liso a la altura de la coronilla se revelaba en la superficie de su cabello engominado. Era un hombre de aspecto hasta cierto punto repulsivo, pero alegre y dicharachero. Y de esta manera, incorporando a su personalidad una considerable dosis de simpatía, lograba contrapesar el rechazo que pudiera causar a primera vista.
Conducía repantigado, con la punta de los dedos acariciando la superficie del volante, el codo izquierdo apoyado de modo indolente en el filo de la ventanilla abierta y la mano derecha abandonada unas veces encima del asiento del copiloto, otras en la parte alta del respaldo, y otras sobre el pomo de la palanca de cambios. El automóvil —un Plymouth Duster de 1970, negro, de dos puertas— era propiedad de John Szyc, un joven de diecinueve años al que no hacía ni tres semanas había asesinado.

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