Paula Lapido. Teoría de todo.

julio 18, 2014

Paula Lapido, Teoría de todo
Tropo, 2010. 174 páginas.

La editorial Tropo no es muy conocida, pero publica buenos libros de cuentos de autores que empiezan, como éste de Paula Lapido que incluye los siguientes relatos:

Curry muy, muy picante
Peter Parker y la crisis de la mediana edad
Yakamoz
Sisool
Las galletas Koleo son las mejores del mundo entero
El señor Blosen
La singular desaparición de Amadeo Lorenz
Balas de plata
Inverness
Setas venenosas

Los temas son muy variados. En Curry muy, muy picante nos encontramos con una bomba nuclear abandonada en un pueblo de la India, El señor Blosen vive en los servicios de una cafetería que acaba de ser traspasada y en Setas venenosas un estudiante se enamorará del estudio de las setas hasta el punto de querer hacer un estudio a gran escala.

Bien escrito y con situaciones muy originales la única pega es que no siempre el desenlace está a la altura del planteamiento. No soy de los que creen que un cuento tenga que tener un remate, pero si, al menos, un destino. Por eso los que funcionan mejor, en mi opinión, son Peter Parker y la crisis de la mediana edad, con un Spiderman abandonado por su mujer reconvertido en bebedor y mirón, Las galletas Koleo son las mejores del mundo entero, retrato de los estragos que la fama provocó en el que fuera niño del anuncio de unas galletas o La singular desaparición de Amadeo Lorenz, fragmento de una vida cotidiana llena de elementos surrealistas. Muy bueno tambián Sisool, donde la historia de un músico venido a menos transcurre en un segundo plano.

Para seguirle la pista. Más reseñas aquí: Teoría de todo – Paula Lapido y Teoría de todo – Paula Lapido .

Calificación: Bueno.

Extracto:
Las dudas existenciales parecían estar a punto de caer sobre mí todas de nuevo y de una vez, como un monzón asiático. En ese momento estaba demasiado sobrio para ni siquiera soportar esa idea, así que lancé una telaraña y salté a una ventana con luz en el piso de arriba, donde tres chicas que compartían apartamento estaban preparando la cena y hablando del tamaño de los atributos de sus respectivos ligues.
Aquella noche no llegué a ver el baloncesto, aunque luego supe que habían ganado los Lakers. Menuda ironía. Creo que desde entonces he visto muy pocos partidos, aunque el voyeurismo es bastante más entretenido. Las primeras semanas aprovechaba al regresar del trabajo para asomarme a un par de ventanas. De momento era curiosidad, una forma de sentirme menos solo. Lanzaba unas telarañas, echaba un vistazo rápido, volvía a bajar, recogía la compra y me marchaba a casa. Mary Jane no había vuelto a llamarme, aunque de vez en cuando recibía alguna carta de los niños. Lou quería teñirse el pelo de verde y Pete estaba empeñado en aprender a hacer surf. Los dos salían muy morenos y muy sonrientes en las fotos que me enviaban, sentados en la arena de una playa de California. Ni rastro de sentido arácnido, o eso me parecía. Como si fuesen dos pequeños vigilantes de la playa y no tuvieran nada que ver conmigo.

Cada vez que recibía fotos de mis hijos, me entraban unas ganas terribles de volver a la cerveza y los nachos con queso, así que salía a la calle. Me subía a las paredes y me asomaba a las ventanas de la gente. Pasaba casi toda la noche fuera, saltando de un edificio a otro. Al principio no repetía, cada vez exploraba una zona distinta. Luego empecé a aficionarme a ciertas ventanas. Visitaba a un tipo gordo que nunca salía de casa. Tenía una habitación llena de ordenadores en los que no dejaba de teclear nada más que para ir al baño o a por comida. Uno de los monitores mostraba siempre alguna película porno de lesbianas checas. El tipo no le prestaba demasiada atención, salvo un rato por la noche, cuando se masturbaba en la misma silla en la que llevaba sentado todo el día comiendo panchitos y pizza recalentada. Yo nunca había visto una película porno de lesbianas checas, así que estaba fascinado. Todas tenían la cara de Mary Jane —las rubias, las morenas, hasta las de pelo en pecho. Tal vez por eso pasé varias semanas acudiendo cada noche a colgarme de su balcón. Me entraban ganas de masturbarme a mí también, pero no quería hacer ningún ruido. Lo malo de aquello era que, cuando terminaba la película, yo estaba más salido que el pico de una mesa y no tenía con quien aliviarme. No dejaba de pensar en Mary Jane y me volvía un ser miserable, entre el priapismo y la nostalgia.

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