Umberto Eco. La estrategia de la ilusión.

febrero 18, 2013

Umberto Eco, La estrategia de la ilusión
Mondadori, 2012. 368 páginas.
Tit. Or. Semiologia quotidiana. Trad. Edgardo Oviedo.

El primer engaño está en traducir ‘Semiología cotidiana’ por ‘La estrategia de la ilusión’. El segundo no indicar en ninguna parte que los ensayos incluídos en este libro son de los años 70, ninguno es posterior a 1972. Yo lo hubiera comprado igual, pero me parece un truco editorial sucio, que seguramente Lumen no hubiera utilizado.

La crítica es para Mondadori, el libro es excelente y el gran número de extractos que he seleccionado lo demuestra. Reflexiones sobre el arte, América, la pena de muerte… con la singularida de que todavía no era un autor mediático.

Calificación: Muy bueno.

LA edad media no se limitó a conservar el conocimiento, también editó:

Pero es dudoso si corresponderá a estos centros monásticos la tarea de registrar, conservar y transmitir el legado de la cultura pasada, acaso mediante complicados aparatos electrónicos (como sugiere Vacca) que la restituyan poco a poco, estimulando su reconstrucción, sin jamás revelar a fondo todos los secretos. La otra Edad Media produjo, en sus finales, un Renacimiento que se divertía haciendo arqueología, pero en realidad la Edad Media no realizó una obra de conservación sistemática, sino de destrucción casual y conservación desordenada: perdió manuscritos esenciales y salvó otros del todo irrisorios, raspó poemas maravillosos para escribir, sobre su pergamino, adivinanzas o plegarias, falsificó los textos sagrados interpolando pasajes, y de esta manera escribía «sus» libros. La Edad Media inventó la sociedad comunal, sin haber tenido noticias precisas sobre la polis griega; llegó a China, creyendo encontrar hombres con un solo pie o con la boca en el vientre, y, posiblemente, llegó a América antes que Colón, sirviéndose de la astronomía de Ptolomeo y la geografía de Eratóstenes…

El terrorismo no es antisistema, es una de sus consecuencias:

Primera ingenuidad: una vez concebida la idea de los grandes sistemas, se mitifica de nuevo y se cree que dichos sistemas tienen «planes secretos», uno de cuyos depositarios sería Moro. En realidad, los grandes sistemas no tienen nada secreto y se sabe muy bien cómo funcionan. Si el equilibrio multinacional desaconseja la formación de un gobierno de izquierda en Italia, es pueril pensar que se envíe un dosier a Moro con instrucciones sobre la forma de derrotar a la clase obrera. Basta (por decir algo) con provocar cualquier cosa en Sudáfrica, perturbar el mercado de diamantes de Amsterdam, influir en el precio del dólar para que la lira entre en crisis.
Segunda ingenuidad: el terrorismo no es el enemigo de los grandes sistemas, es por el contrario su contrapartida natural, aceptada, prevista.

La confirmación de que Einstein on the beach se concibió para ir entrando y saliendo:

¿Espectáculo? Sin vacilación, ni pudor, ni amargura alguna diría que sí. Ha habido muchas épocas históricas en las que una discusión filosófica o forense constituía también un espectáculo: en París, en la Edad Media, se asistía a las discusiones de las quaestiones quodlibetales, no solo para escuchar qué tenía por decir el filósofo, sino también para asistir a un certamen, a un debate, a un acontecimiento agonístico. Y no se me diga que la multitud se apretujaba en los anfiteatros atenienses para ver una trilogía trágica más un drama satírico solo para estar sentada educadamente hasta el fin. Se acudía para vivir un acontecimiento, en el que también contaba la presencia de los demás, y los puestos de comidas y bebidas, y el rito en su complejidad de festival «cultural». De igual modo se ha ido a ver Einstein on the Beach en Nueva York, un espectáculo donde la acción teatral dura más de cinco horas y que está concebido para que el público se levante, salga, vaya a beber cualquier cosa y a discutir de la obra con otros, y vuelva a entrar y a salir cuando le apetezca. Aunque entrar y salir no es estrictamente necesario. Creo que se va a escuchar a Beethoven en un anfiteatro.abierto para escuchar la sinfonía del principio al fin, pero cuenta también la ritualidad colectiva. Como si la llamada Alta Cultura fuera reaceptada e insertada en una nueva dinámica a condición de que permita también unos encuentros, unas experiencias en común.

Las competiciones deportivas mejoran la raza, fomentando la mediocridad:

Soy tan partidario de la pasión futbolística como lo soy de las carreras, de las competiciones motociclistas al borde de los precipicios, del paracaidismo desatinado, del alpinismo místico, de la travesía de los océanos en botes de goma, de la ruleta rusa y del uso de drogas. Las carreras mejoran las razas, y todos estos juegos que acabo de enumerar conducen afortunadamente a la muerte de los mejores y permiten que la humanidad continúe tranquilamente sus vicisitudes con protagonistas normales y medianamente desarrollados. En cierto modo estaría de acuerdo con los futuristas en que la guerra es la única higiene del mundo, con una pequeña corrección: lo sería si se consintiera que participaran solo los voluntarios. Pero, desgraciadamente, la guerra también implica a los renuentes, y en este sentido es moralmente inferior a los espectáculos deportivos.

Para acabar un diálogo sobre la pena de muerte que suscribo punto por punto (y que merece la pena leerse):

DIÁLOGO SOBRE LA PENA CAPITAL
Eco: Te noto turbado, ¡oh, Renzo Tramaglino! ¿Qué es lo que inquieta tu ahora tan tranquila existencia, en la paz de las leyes y el orden? ¿Quizá es Lucía, que, empujada por los nuevos caprichos llamados «feministas», te niega los placeres del tálamo asumiendo su propio derecho a la no procreación? ¿O Inés, que estampando besitos demasiado intensos en las mejillas de tus retoños socava indebidamente su inconsciente volviéndoles blandos y mother orientedi ¿O el Azzeccagarbugli que te habla de convergencias paralelas embotando tu capacidad de intervenir en la cosa pública? ¿O don Rodrigo, que imponiendo el cúmulo de los réditos, te obliga a pagar tributos superiores a los del Innominado, que exporta dineros al berga-masco?
Renzo: Me turba, ¡oh, cortés visitante!, el Griso. Ahora organiza bandas de malhechores no muy diferentes a él, y con la ayuda de tramposos deshonestos, rapta de nuevo muchachas, pero para obtener pingües rescates y, en habiéndolos, las asesina bárbaramente. Y, donde los hombres de bien reúnen su fortuna, aparece él con el rostro cubierto con una media, y rapiña y saquea y toma otros rehenes y aterroriza la ciudad, hoy teatro de insensatos crímenes, mientras los ciudadanos temblamos y los esbirros, impotentes, no logran contener esta riada de delitos, y los
buenos, los honestos se preguntan afligidos dónde iremos a parar.
Y yo, que soy apacible y jovial, yo que me había adherido a las tesis de un grande de estas tierras, el Beccaria, quien había demostrado para siempre que el Estado no podía enseñar a no matar a través del asesinato legal, yo, me siento turbado. Y me pregunto si no debiera restaurarse para tan odiosos delitos la pena de muerte, en defensa del ciudadano indefenso y como advertencia a todos quienes intentaran hacerle daño.
Eco: Te comprendo, Renzo. Es humano que, ante vicisitudes tan atroces, que hurtan jovencísimas hijas a bienamados progenitores, surja el pensar en la venganza y en la defensa a ultranza. También yo que soy padre me pregunto qué haría si, con mi hijo asesinado por desconocidos raptores, pudiera dar con los culpables antes que los esbirros.
Renzo: ¿Y qué harías, vamos?
Eco: En el primer momento creo que querría matarlos. Pero frenaría mi impulso, considerando mucho más efectivo para apaciguar mi exasperado dolor una larga tortura. Los llevaría a un lugar seguro y una vez allí empezaría por trabajarles los testículos. Después las uñas, por inserción de trozos de bambú, como se dice que hacen los crueles pueblos orientales. Luego les arrancaría las orejas, y los atormentaría en la cabeza con cables eléctricos pelados. Y, después de este baño de horror y de sangre, sentiría que mi dolor, si no calmado, se habría saciado de crueldad, y me abandonaría entonces a mi destino, sabiendo que mi mente jamás podría ya recobrar la paz y el equilibrio de antes.
Renzo: Veamos, entonces…
Eco: Sí, pero enseguida me entregaría a la guardia, para que me encadenasen y me castigasen ejemplarmente. Porque, con todo, siempre habría cometido un delito al haber quitado la vida a un hombre, cosa que no debe hacerse. Parecería una justificación el hecho de que entre el dolor de un padre cegado y la insania hay muy poca diferencia y pediría parcial indulgencia. Pero jamás podría pedir al Estado que me sustituyese, incluso porque el Estado no tiene pasiones que satisfacer, y solo debe prevalecer el hecho de que quitar una vida es en cualquier caso un mal. Por tanto, el Estado no puede segar una vida para señalar, justamente, que es delito quitar la vida.
Renzo: Conozco estos argumentos. El retorno a la pena de muerte lo piden ciertos ambiguos individuos que querrían el orden como terror, para poder reinstaurar los tiempos del atropello y del abuso. Pero hace unos días he leído en una de las más importantes gacetas del país un extenso y pacato artículo de un severo filósofo en el que este, después de haber sopesado las cuestiones en causa, se preguntaba con sutil preterición si no sería lícito, frente a delitos tan graves, restaurar, con la autoridad del Estado, el derecho a repartir generosamente penas supremas para tranquilizar al ciudadano. De hecho, la pena de muerte tiene al menos un valor disuasorio o infunde temor a otros malvados, mientras que las cárceles actuales, lugar de amenas reeducaciones y de fáciles evasiones, no logran detener la mano homicida de nadie.
Eco: He escuchado estos razonamientos, que parecen convencer a todos. Pero quizá tú no conozcas a otro filósofo que nos ha enseñado mucho a todos y también a los filósofos que piden el retorno de la pena capital. Se trata de un tal Kant, que señaló que los hombres debían ser usados siempre como fines y no como medios…
Renzo : ¡ Sublime prescripción!
Eco: Efectivamente. Si yo mato a Cayo como advertencia a Tizio, ¿no uso acaso a Cayo como medio para advertir a Tizio, para defender a los demás de las posibles intenciones de Tizio? Y si es lícito que use a Cayo como mensaje
a Tizio, ¿por qué no sería lícito usar a Samuel para fabricar jabón para Adolf ?
Renzo: Pero hay una diferencia. Cayo ha cometido un delito y es justo que sea castigado con igual pena, no por venganza, sino por ecuánime justicia. Samuel es inocente. No así Cayo.
Eco: Pero ¿entonces ya no piensas que Cayo debe ser ejecutado para atemorizar a Tizio, sino simplemente que hay que hacer padecer a Cayo todo cuanto él ha hecho padecer?
Renzo: Ambas cosas juntas. Estoy autorizado a usar a Cayo como medio porque, al hacerse indigno de ser considerado un fin en sí mismo, su muerte sirve para evitar otras, y todos sabemos que se padece aquello que se hace padecer. El Estado es garantía para los ciudadanos, a través de la severa balanza de la ley. Y, si para garantizar seguridad parece útil la abstracta, rigurosa y sublime ley del talión, bienvenida sea, porque contiene principios de antigua sabiduría. El talión del Estado no es venganza, sino geometría.
Eco: No desdeño, oh Renzo, la antigua sabiduría. Mas dime: dado que tienes tal severa y sobrehumana visión de la ley, y admites que la muerte con que castiga el Estado no es asesinato, sino distribución ecuánime, si el Estado, por sorteo o rotación, te eligiese a ti para administrar la muerte a quien ha matado, ¿aceptarías?
Renzo: No podría decir que no. Y mi conciencia estaría tranquila. Cualquiera que se declara partidario de la pena capital debe mostrarse dispuesto a conminarla, si se lo manda la comunidad.
Eco: Ahora dime, ¿no hay otros delitos tan odiosos y terribles como el homicidio? ¿Qué dirías de quien, en vez de asesinar a tu hijo pequeño, cometiera en él, con inhumana violencia, actos de sodomía, volviéndotelo loco para toda la vida?
Renzo: Sería un delito parecido, si no peor.
Eco: Y si el principio del talión de Estado fuese válido, ¿no debería, con las aprobaciones de la ley, cometerse, y violentamente, sodomía sobre su persona?
Renzo: Ahora que me lo señalas, pienso que sí, ciertamente.
Eco: Y si el Estado, por rotación o sorteo, te pidiera que le administraras violencia sodomítica, ¿te encargarías de tal tarea?
Renzo: ¡Oh, no! ¡De ningún modo, no soy un maníaco sexual!
Eco: ¿Es que, por el contrario, eres una maníaco homicida?
Renzo: No me confundas. Lo que digo es que este segundo gesto me produciría repulsión y disgusto.
Eco: ¿Quizá el primero te proporcionaría placer y sádica alegría?
Renzo: No me hagas decir lo que no he dicho. Matando no me causo a mi mismo daño alguno, mientras que ocupándome en una acción que me repugna solo sacaré fastidio y dolor. El Estado no puede pretender que, para castigar a un malvado, sufra yo mal alguno.
Eco: Esto me dice que tú no quieres ser usado como medio.
Renzo: ¡Oh, no!
Eco: Sin embargo, usarías un hombre vivo, dándole muerte, como medio de atemorizar a otros hombres.
Renzo: Sí, pero aquel, al haber cometido el daño, es menos hombre que los demás… ¿O, no?
Eco: No. Y me inquieta el hecho de que quienes están dispuestos a considerar a este hombre menos hombre, se muestren en cambio implacables contra las prácticas abortivas, alegando que un ser humano es siempre un ser humano, aun cuando sea todavía la propuesta de un feto. ¿No están en contradicción?
Renzo: Me confundes las ideas. ¿Y la legítima defensa?
Eco: Esta considera a dos hombres, uno de los cuales pretende reducir al otro a simple medio mientras el segundo
debe evitar este atropello. Si es posible sin matar al otro, aunque si fuese necesario impidiendo al otro hacer el mal. Y, en este caso, entre el derecho del inocente y el derecho del culpable, prevalece el primero. Pero el Estado que ajusticia al culpable no le impide con eso cometer el acto y simplemente, repito, lo usa como puro medio. Y, una vez se usa un hombre como medio admitiendo que existen hombres menos hombres que otros, se anula la esencia misma del contrato con que se rige el Estado. Y, en realidad, la cuestión del aborto no contempla la pregunta de si es lícito matar a un hombre, sino antes bien si un feto es un hombre y si, propuesta informe en la profundidad del útero, está ya bajo las leyes del contrato social o solo es propiedad del seno materno. Pero un homicida, inserto en el contrato social, es un hombre a todos los efectos. Y si se le considera menos hombre que a otro, mañana se podría considerar menos hombres a quienes se atreven a defender la pena de muerte y podría proponerse su muerte para disuadir a los demás de sostener tan insanos pensamientos.
Renzo: Pero entonces, ¿qué es lo que debería hacer?
Eco: Pregúntate si don Rodrigo, en su palacio, no controla la banda de tramposos, pasando doblones al bergamasco e incitando al Griso a recaudar dinero mediante homicidios.
Renzo: Pero ¿y suponiendo que lo descubriera? ,’
Eco: Comprenderías que el Griso en el patíbulo no garantiza la vida de tus hijos. ¿Por qué no aterrorizar directamente a don Rodrigo?
Renzo: ¿Y qué es lo que podría aterrorizarle?
Eco: El tiranicidio. Pero este es ya otro discurso.

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