Henrik Ibsen. Casa de muñecas, El pato salvaje, Espectros.

agosto 11, 2012

EDAF, 1979. 326 páginas.
Tit. or. Et dùkkehjem. Trad. Isidro Maltrana.

Ibsen, Casa de muñecas, El pato salvaje, Espectros
Drama moderno

Siempre hay que volver a Ibsen. Toda la polémica que tuvo en su tiempo hoy nos parece increíble, pero en su época cuestionar los pilares de la sociedad debió ser bastante arriesgado. Su influencia en el teatro del siglo XX es enorme.

Casa de muñecas es una de sus obras más famosas y su protagonista, Nora, es una mujer que en las primeras páginas parece superficial pero que descubrirá un carácter fuerte a medida que avanza la obra.

Un pato salvaje tiene el tema de la mentira vital, la vida bajo un autoengaño constante que permite hacer más llevadera la mediocridad de la propia existencia. El pato del título -real en la obra- se convierte en una alegoría.

Espectros, copio de la wikipedia: Su protagonista la señora Alving, siguiendo el consejo del pastor Manders, vive junto a su marido simulando ser feliz, siguiéndole en sus vicios e intentando ocultarlos, preservando la imagen respetable que la sociedad mantiene sobre él. Estrenada en Berlín fue prohibida el día de su estreno, fue igualmente prohibida durante quince años en Noruega al considerarla disoluta y revolucionaria.

Son obras que resisten sorprendentemente bien el paso del tiempo. Nos hablan de una época que ya no existe pero ¿acaso no seguimos reconociéndonos en ellas?

Calificación: Muy bueno.

Un día, un libro (344/365)

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Obras de Henrik Ibsen


Extracto:[-]

pastor manders.—¡Vivir con… la madre de esos hijos!

oswaldo.—¿Preferiría usted que la abandonara?

pastor manders.—Por lo visto, es de relaciones ilegítimas de los que habla usted, de los llamados falsos matrimonios.

oswaldo.—Nunca he notado nada falso en esa vida en común.

pastor manders.—Pero ¿cómo es posible que un hombre y una mujer, por poca educación que tengan, se amolden a una existencia de ese género ante los ojos de todo el mundo?

oswaldo.—¡Eh!, ¿qué quiere usted que hagan? Un joven artista y una muchacha pobre… Se necesita mucho dinero para casarse. ¿Qué quiere usted que hagan?

pastor manders.—¿Que qué quiero que hagan? Escuche, señor Alving; se lo diré. Han de empezar por distanciarse uno de otro en un principio. Eso es lo que quiero.

oswaldo.—Ese consejo no tendría gran éxito entre jóvenes apasionados y enamorados.

señora alving.—No, no tendría gran éxito, a fe mía.

pastor manders (insistiendo).—¡Y que las autoridades lo toleren .., que permitan todo eso a plena luz!… (Encarándose con la señora Alving.) ¿No. tenía yo razón para estar profundamente alarmado por su hijo?… En círculos donde se establece la inmoralidad con el mayor descaro, donde adquiere, digámoslo así, derecho de ciudadanía…

oswaldo.—Además, le confesaré, señor pastor, que he sido visitante asiduo de uno de esos matrimonios irregulares, en cuyo domicilio pasaba casi todos los domingos.

pastor manders.—¡Los domingos, por añadidura-

oswaldo.—¡Claro que sí! Es el día en que se expansiona uno. Pero nunca he oído allí una palabra inconveniente ni siquiera he sido testigo de cualquier actitud que pudiera tacharse de inmoral. No. ¿Sabe usted dónde y cuándo he encontrado la inmoralidad en los círculos artísticos?

pastor manders.—No, no sé nada de la cuestión, gracias a Dios.

oswaldo.—Pues bien: voy a permitirme decírselo. He tropezado con ella cuando algunos de nuestros maridos y padres de familia modelos iban allí a echar una cana al aire, y se dignaban honrar con su visita a los artistas en sus humildes figones. ¡Entonces sí que hemos aprendido lo que es bueno! Esos señores nos iniciaban en los secretos, contándonos episodios y detalles en que jamás habíamos reparado.

pastor manders.—¡Cómo!, ¿pretende usted que unos hombres honorables de nuestro país fuesen a…?

oswaldo.—¿Ha oído usted alguna vez a esos hombres honorables, de vuelta a su casa, discutir acerca de la inmoralidad que reina en los países extranjeros?

pastor manders.—Sí, naturalmente.

señora alving.—También los he oído yo.

oswaldo.—¡Y tanto! Se los puede creer bajo palabra. Hay entre ellos peritos en la materia. (Echándose las manos a la cabeza.) ¡Cuando pienso cómo se denigra esa magnífica y preciosa vida de libertad…!

señora alving.—No conviene que te excites, OsWaldo. pues no te sienta bien.

oswaldo.—Tienes razón, madre; eso no me alivia nada. Es por la maldita fatiga, ya ves. Bueno; voy a dar un paseíto antes de la comida. Excúseme, señor pastor: usted no puede ponerse en mi lugar, Pero ha sido un arrebato del momento. (Vase por la puerta de la derecha.)

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